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Hay líneas rojas que, una vez cruzadas, no conducen a la discrepancia política, sino directamente al terreno de la patología criminal y la descomposición civil. Lo vivido en el canal de YouTube Círculo TV a manos del activista de izquierdas Antolín Pulido no es una salida de tono ni un exabrupto propio del acaloramiento ideológico. Que un individuo se atreva a pedir públicamente que cada militante de izquierdas que decida acogerse a la eutanasia se convierta en un verdugo selectivo y liquide a «siete u ocho de derechas» antes de morir, trasciende el Código Penal.
Es la manifestación descarnada de una radicalidad demoníaca y una conciencia completamente atrofiada.
Para comprender cómo hemos llegado a este abismo, conviene recordar de dónde venimos. En el despertar de su democracia, España vivió un ejemplar consenso civil donde la ideología no dinamitaba la convivencia diaria. El único y sanguinario punto y aparte en aquella oportunidad de convivir en paz lo ponía el terrorismo. Sin embargo, ese pacto sagrado de reconciliación fue dinamitado conscientemente cuando José Luis Rodríguez Zapatero, tres años antes del 11-M, comenzó a urdir el pacto de la cizaña con la banda terrorista ETA.
Aquel fue el huevo de la serpiente. Tras años de sembrar división y resucitar fantasmas, el sanchismo ha recogido el testigo madurando una aberración semántica perversa: el uso indiscriminado de las etiquetas «fascista» y «ultraderecha» para deshumanizar a la mitad de los españoles. Es un calco exacto de la justificación que esgrimía la banda terrorista para excusar el asesinato cobarde. Ayer se señalaba como «enemigo del pueblo» para justificar el tiro en la nuca; hoy se fabrica el relato del «fango» desde los ministerios para que perturbados como Pulido legitimen el crimen político entre risas de complicidad.
Asistimos a una auténtica metástasis moral. Mientras la Justicia cerca los despachos del poder y los sicarios del relato intentan blindar una corrupción sistémica, en las cloacas del activismo se asoma el monstruo del guerracivilismo más rancio. Tipos como Antolín Pulido son el resultado lógico de un Gobierno que secuestra las instituciones y dinamita los puentes civiles. Son almas podridas por el sectarismo que, tarde o temprano, se revolverán en la tumba de su propia ignominia por haber intentado enterrar la paz de una nación.
Frente a esta penumbra que pretende normalizar el odio, el silencio es una rendición. Denunciar esta deriva no es una opción ideológica; es un deber de higiene democrática. A esta siniestra desquiciada, moralmente en quiebra y nerviosa ante el fin de su impunidad, hay que responderle con la fuerza implacable de la verdad. La locura no gobernará nuestro futuro.
Ignacio Fernández Candela
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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