15/08/2026 07:45

 La libertad no es la ausencia de poder.

Es la banalidad del poder

El caso sobre la imputación de ZP: El auto de 18 de mayo de 2026 de la Plaza núm. 2 de la Sección de Instrucción del Tribunal Central de Instrucción de Madrid (en la nueva terminología), DP 77/2024, ofrece un magnífico lugar y una perfecta narrativa literaria donde se describen las prácticas de la influencia política para obtener ayudas públicas. Magnífica, sin duda, la narrativa minuciosa con los hechos que tejen el entramado de sujetos, sociedades, prácticas «normalizadas» de una sociedad política que ya no vive en el mundo de los humanos sino en el de sus veleidades y conturbaciones crematísticas. Pero no es una excepción lo que describe el relato judicial si no el funcionamiento normal y ordinario del poder político en la democracia en su fase disoluta final.

Estamos frente al mismo ejemplo antológico de la banalidad, la insignificancia, la misma insustancialidad política, expréselo como quiera, donde el hurto del botín ya no tiene límites y en la que sus protagonistas, presuntos, actúan desplegando prácticas ordinarias, banales de delincuencia de enésima categoría dentro del seno de las administraciones públicas (no descartamos a las grandes empresas, pero eso es otro asunto). Estamos frente a la lucha despiadada entre grupos lobistas y comisionistas, todos de procedencia política.

No debe de sorprendernos su falta de originalidad que raya con la vulgaridad. La práctica delictiva es casi siempre mediante el empleo de la influencia política y  de las interrelaciones personales, de partido, ideológicas, es decir, aprovechar el abuso patológico, penal, de la capacidad política de decidir desde las instancias del poder y de sus instituciones. Estamos ante el sintagma conforme al cual se vincula a un acto de poder político una disposición patrimonial pública a favor de un particular… de 53 millones de euros. Los casos son millares y pocas las bandas que operan en los entresijos de las instituciones políticas.

Reflexionemos un poco, un poco solo y evitemos el esqueísmo que impera por doquier poniendo siempre excusas en vez de asumir los errores. Después de más de 40 años de dictadura democrática ¿no nos habremos habituado ya a las prácticas más obscenas y vulgares de extorsión del y al Estado?

Mucha democracia la del 17 de mayo de 2026 en Andalucía. Muchas elecciones. La fiesta de las urnas y de los orates alrededor de los parlamentos preconstituidos. Todo responde a una falsa ilusión y a la nula profundidad política. Lo sorprendente es que el acceso al poder ejecutivo, por ejemplo al Gobierno de la Nación, ya no se hace mediante el resultado de unas elecciones. Se toma la vía indirecta del fraude entre los mismos partidos participantes: una moción de censura triunfal, una dimisión o renuncia inapelable, una coalición de ambiciosos con pacto de reparto de competencias, prebendas y disposiciones del presupuesto, etcétera. Momentos mágicos en los que contemplamos el desfallecimiento del poder sin poder aseverar nunca su defunción.

Esos ultras demócratas, que constituyen esa alianza perfecta y cerrada de electores y de elegidos, integristas todos ellos de la democracia fundamentalista como fenómeno a-histórico, no se los comerá la historia sin antes haber mordido, como lobos, cuantos pedazos puedan obtener de las rentas del Estado, infiltrándose en él y aprovechando las componendas que ofrece y que despliega soberanas las fuerzas corrompidas de las altas élites sobre el gasto público en todas las administraciones del Estado.

¿Cómo explicar los fenómenos autonómicos y, los más extremos, del independentismo, que gobierna de facto en vastas regiones de España, sin este fabuloso y asentado negocio político de la captación de rentas y de su distribución relevante del presupuesto entre los afines?

Todo se reduce, cuándo lo vamos a aprender, a cómo se reparte el botín de riqueza extraído a la población partiendo de un doble movimiento táctico para buscar un fin estratégico: en primer lugar (táctico), consiste en convencer a los de abajo de que hay que contribuir al sostenimiento de los gastos públicos en la consideración de recibir una dádiva futura: de que en el futuro el extorsionado disfrutará también de su correspondiente contribución para sus hijos (la educación), para su vejez (con las pensiones), para la enfermedad (con la asistencia sanitaria), para su seguridad (las fuerzas del orden público), etcétera. Y, en segundo lugar (estratégico), activar ese dispositivo milagroso del Estado, cuyo secreto es de titularidad exclusiva de las élites tecnocráticas de los altos cuerpos selectos de la administración del Estado, que es capaz de convertir en privado lo que es de naturaleza pública… una verdadera alquimia política al margen de cualquier control interno o externo.

El caso ZP pone de relieve, en su crudeza, el fabuloso desnortamiento sin paliativos de la inteligencia de la nación, lo que debe extenderse como modelo sui géneris también al resto de las naciones occidentales. Que el poder no es solo una sustancia política neutra que rige un ámbito jurisdiccional definido por un territorio y su población. Que el poder político se articula como totalidad y que se erige en una urdimbre fabulosa de interrelaciones complejas (influencias) que implica a élites de toda condición (y a sus súbditos degenerados), a una clase de capital dominante, a los dueños de las tecnologías de información y de comunicación, a las potencias de las ideologías, a los modos de vida asentados, a la fe y a la creencia… tanto el poder político cuanto el económico no son más que la sustancia cristalina de esta nueva nomenklatura democrática creadora y organizadora del mundo perverso que pretende alcanzar las riquezas, los patrimonios y el erotismo del poder del Estado y de sus Instituciones. Simplificando: mediante actuar, apropiándose, de la capacidad de decisión y de poder orientar el destino arbitrario de los fondos obtenidos del botín del robo. Eso son los Presupuestos.

¿Cómo es posible que nuestra oligarquía mediática no haya constatado que el poder político no es más que una red espesa de intereses, do ut des, doy para que des, de una nomenklatura de altos cargos dentro del Estado democrático? Sencillo: forma parte de la misma esencia del poder político que trata de cuestionarse.

Ya carece de sentido en la actualidad conceder a la supuesta izquierda la capacidad teórica de pensar y de cuestionar el poder porque, como ya hemos visto a través de los últimos dos siglos, no sabe definirlo, mejor dicho, desconoce qué es y cómo opera. Su frustrada labor de descripción y de análisis posiblemente haya culminado en un fracaso teórico arrastrando a la academia, a las doctrinas políticas y a los intelectuales todavía contaminados por el poder concebido como el poder del dinero o, en peor de los casos, como una estructura represiva o violenta de exclusión cuando podría concebirse también como una estructura positiva y de producción (M. Foucault).

Estamos ante un terreno abandonado, el de la búsqueda teórica sobre el poder, un camino dejado de la mano de Dios, yermo y sin esperanza. El poder, seguramente, se habrá escondido demasiado bien y, seguramente, carecemos de rastreadores eficaces y es la inercia de todos los días, en los que hay que comer y pagar las facturas, la que alienta el declive de una inteligencia mordaz, crítica, incorruptible como la figura de un Robespierre ante el patíbulo antes de ser decapitado por su propia sombra autodestructiva.

El poder (político) se muestra huidizo porque no funciona dentro de los parámetros de los pensadores liberales, de los cuestionamientos marxistas o de los diluyentes anarquistas. Y cuando topas con excelentes discursos sobre la política o el poder te percatas, sin remedio, de que se trata de una apuesta apologética y de una teoría analógica en proceso de disolución.

La más reciente y máxima expresión analógica del discurso sobre el poder sería Marshall Mcluhan y la mínima la de todos aquellos que le siguieron después el rastro que dejaron sus elaboraciones sobre los efectos de la «electricidad» en los medios de la vida (los mass media no fueron nunca el centro de su especulación aunque sí la más atrevida, ver su libro La comprensión de los medios como las extensiones del hombre).

Ahora estamos en otro nivel de desvelamiento donde las formas analógicas ceden en beneficio de la conversión de la existencia por un efecto total de las tecnologías de vanguardia que inundan los ordenadores, las aspiraciones existenciales sin trascendencia y los procesos de producción sin productores.

El gran reto ya estaba previsto con el balbucear inicial de la explosión tecnológica que llevó al hombre estadounidense a la luna en 1969. Desde entonces el orden digital, eso de la conversión del mundo en bits (en información pura) no ha dejado de producir sino impactos múltiples, fisuras irresolubles, grietas en el alma misma y rupturas salvajes y turbulentas sobre las pasiones, los sentidos, las emociones, las certezas, las formas de producción… y sobre la concepción de un mundo analógico que ahora empieza a disolverse.

Por tanto, ya no podemos hacernos las mismas preguntas ni exponer las mismas dudas ni cebarnos con los mismos interrogantes: cómo conquistar el mundo entero y someterlo a las premisas de una apuesta teórica de sociedad futura (el idealismo de la nueva sociedad y del nuevo Hombre), eso sí, desde la perspectiva de las élites que operan convulsas dentro de un ámbito reducido, casi secreto, del Estado y del capital, modelando las percepciones, los comportamientos, las aspiraciones, los deseos y los placeres. Todo eso, tan físico y material, diría que tan corporal, sí, ha terminado.

El mundo real ya no está ahí como presupuesto para un sujeto, el mundo no está esperando un programa de acción idealizado, ni como medio final para materializar las transformaciones en nuevas sociedades utópicas y edénicas. El mundo ya no aspira absolutamente a nada, ni siquiera al sepulcral silencio de los cementerios ideológicos.

El mundo real se ha difuminado ante nuestros ojos ciegos y lo sustituye una pléyade de informaciones articuladas en redes y nodos que transmutan los sentidos. En efecto, el mundo queda reemplazado, milagrosamente, por la inteligencia artificial y el mundo virtual, una nueva realidad insospechada que tiende hacia la transcendencia de lo real (lo ontológico) reemplazado por la inmanencia de lo virtual (lo metafísico) de los algoritmos y de las informaciones en formato bit y qubit.

Es ese nuevo mundo, no el analógico o real sino el mundo virtual o digital, al que nos tendremos que enfrentar y comenzar a adaptarnos y analizar antes de que perdamos completamente el sentido de la realidad y la perspectiva de la razón que constituye su fundamento. Estamos en una especie de etapa de transición donde se baten enormes colosos que configurarán nuestra existencia como especie en el mundo terrenal y tendremos que abrirnos, además de las carnes, a los retos de pensar el nuevo orden digital del mundo, del poder, de las potencias de la conciencia, de las consideraciones técnicas y energéticas, con nuevas perspectivas antes de que se estrelle contra nuestra vanidad la ola gigantesca de la irrupción de lo digital y se apodere de todos nuestros recovecos.

Es un problema falso e innecesario. Nunca he planteado, porque es un sublime disparate, que las máquinas tengan o tendrán conciencia o algo equivalente. Ese no es, ni de lejos el problema.

La cuestión está en la sustitución, el desplazamiento o la licuación del Hombre por la Máquina. Lo diré con un ejemplo: el trabajador fordista carece de sentido en una cadena automatizada regida por robots.

¿Quieres más? Una mujer queda eliminada frente a la eficacia de una máquina de placer limpia, disponible permanentemente… porque la reproducción de nuevos seres biológicos o bien no son necesarios o bien serán producidos por placentas artificiales.

La cuestión derivada de esos ejemplos y de otros muchos, infinitos, que puedan exponerse podría quedar expresada en síntesis en estos términos: qué función tiene el Hombre en ese medio ultra tecnológico dominado por las máquinas (la realidad virtual) y sustanciado por una cadena de algoritmos infinitos (la inteligencia artificial).

Todo lo demás, incluso cuestionar a ZP como incorruptible, proponer un derrocamiento del gobierno de coalición de la PESOE, ensalzar al PP como la nueva solución que surge del mismo sistema partitocrático…  la verdad son lucubraciones y tonterías. La cuestión está, a mi modo de ver, en entender cómo funciona el poder y de qué modo las nuevas tecnologías de vanguardia (el nuevo poder que irradia del funcionamiento de las máquinas digitales) nos condicionan.

No sé si me he explicado.

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Jose Sierra Pama
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Enzo Coll

Buen diagnóstico lúcido, aunque radical, sobre el determinismo tecnológico. Porque el verdadero poder actual no reside en la política partidista tradicional —a la que aquí se reduce acertadamente a una distracción superficial—, sino en el tecnocapitalismo y el control algorítmico de nuestras vidas.
Sin embargo, el argumentario incurre en un severo reduccionismo antropológico y laboral. Al afirmar que la máquina «liquida» al ser humano, se adopta una postura nihilista que equipara las relaciones afectivas y el trabajo con la mera eficiencia biológica o mecánica. Sin embargo , la tecnología es una herramienta creada por el ser humano y su impacto depende de decisiones políticas. En definitiva, el texto es una sólida advertencia sobre el biopoder digital, pero peca de un pesimismo excesivo que anula la capacidad de resistencia y agencia humana

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