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En portada blasón de autor con fondo de dos cuadros de Ignacio Fernández Candela referenciados en Wikipedia

Hay vidas que no se explican desde la normalidad, sino desde la ruptura con ella. La de Ignacio Fernández Candela es una de esas trayectorias que no se recorren, se atraviesan. Escritor, ensayista, novelista, poeta, orador,  pintor artístico profesional, analista sociopolítico y crítico literario, su obra de calidad no nace de la teoría, sino de la experiencia vivida en primera línea: conflicto, búsqueda, pérdida, reconstrucción y conciencia.

En esta conversación, lejos de cualquier relato complaciente, se despliega un recorrido donde la verdad no se adorna y donde la dimensión espiritual —“Dios en mi vida, primero y siempre”— no es una consigna, sino el eje que ordena toda una existencia marcada por la lucha, la justicia y una mirada propia difícil de encasillar por su carácter singular, prolífico y profundamente personal.

Para comprender esa trayectoria, es necesario situar al hombre y su recorrido:

Ignacio Fernández Candela 2026

Ignacio Fernández Candela (Madrid, 1963) es escritor, ensayista, pintor, articulista, orador y analista sociopolítico con décadas de trayectoria. Autor de más de una decena de libros, miles de artículos y una extensa obra pictórica, su recorrido no se ha construido desde la teoría, sino desde la experiencia directa, la confrontación con la realidad y una reflexión crítica sostenida en el tiempo.

Lejos de una trayectoria convencional, su vida responde a una evolución singular en la que pensamiento, vivencias —en ocasiones extremas— y expresión se entrelazan de forma inseparable, configurando una obra marcada por una constante búsqueda de la verdad, tanto en su dimensión terrena como espiritual. Su trabajo —literario, artístico y analítico— no se limita a describir la realidad, sino que aspira a interpretarla desde una conciencia que integra justicia, experiencia y trascendencia, consolidando así una voz propia, reconocible y ajena a cualquier marco preestablecido.

¿En qué momento toma conciencia de que su vida y su obra no iban a discurrir por los cauces habituales?

No hay un momento concreto. Hay una acumulación de experiencias que te colocan frente a la realidad sin posibilidad de evasión. Uno empieza intentando encajar en lo establecido, pero llega un punto en el que la propia experiencia desborda cualquier marco previo.

Ahí es donde empieza realmente todo. No como una decisión, sino como una consecuencia. Porque cuando lo vivido entra en contradicción con el relato dominante, lo que se impone no es la comodidad, sino la necesidad de comprender. Y en ese proceso, tanto la escritura como el pensamiento dejan de ser opciones para convertirse en una exigencia de conciencia.

En su trayectoria hay muchas facetas: escritor, ensayista, pintor, articulista… ¿qué las une?

Las une una misma mirada. No son disciplinas separadas, sino distintos lenguajes para expresar una misma inquietud. La pintura, por ejemplo, no es una evasión, es otra forma de decir lo que no siempre se puede formular con palabras. El ensayo intenta ordenar, la narrativa explora, el artículo reacciona… pero todo responde a una misma raíz.

Al final, uno no cambia de registro: cambia de herramienta. Pero la mirada es la misma. Y eso es lo que da coherencia a todo el recorrido.

Además de su obra propia, ha desarrollado una actividad constante como presentador de libros y crítico literario. ¿Cómo vive esa faceta?

Es una prolongación natural de lo mismo. A lo largo de los años he presentado mis propios libros, pero también los de otros autores, y ahí ocurre algo interesante: uno deja de estar en su propio discurso para entrar en el universo de otro.

No me ha interesado nunca hacer una crítica convencional. Más que juzgar una obra, intento comprenderla. Y, en la medida de lo posible, comprender también a quien la ha escrito.

Quizá por eso, con el tiempo, se ha ido generando cierta percepción —no buscada— de que mis reseñas no se quedan en la superficie del texto, sino que tratan de ir más allá, de acercarse a lo que podríamos llamar el núcleo creativo del autor.

No siempre es fácil, porque implica una forma de lectura más exigente, más atenta, pero también más honesta. En el fondo, tanto al escribir como al leer a otros, lo que me interesa no es la apariencia, sino aquello que hay detrás.

El autor en la presentación de uno de sus libros en La Casa del Libro de Madrid

También ha participado en numerosos debates sobre la situación de España y del mundo. ¿Cómo entiende esa dimensión de su trayectoria?

Ha sido una constante a lo largo del tiempo. He participado en numerosos debates. Guardo especial cariño por los que participé con el gran periodista Josele Sánchez, que en Paz descansa después de lidiar con el demonio de la pederastia sobre la tierra española. Debates donde no se trataba solo de analizar la actualidad inmediata, sino de situarla en un contexto más amplio, histórico y también espiritual. Porque lo que ocurre en una sociedad no es solo político o económico: responde a un estado de conciencia.

Publicidad de una tertulia dirigida por el periodista Josele Sánchez

España, como otros países, ha atravesado momentos de evolución, de afirmación, pero también de pérdida de referencias. Y en ese movimiento, a veces de avance y otras de clara involución, se van generando nuevas etapas que no siempre se comprenden en el momento en que se viven.

Lo que me ha interesado siempre es intentar leer esos procesos más allá de lo superficial. No quedarme en el hecho, sino tratar de entender qué lo sostiene y hacia dónde apunta. Porque, en el fondo, las sociedades no solo cambian por decisiones externas, sino por transformaciones más profundas que tienen que ver con la conciencia, con la verdad y con la capacidad de reconocerla.

¿Se puede escribir sin haber vivido?

Se puede escribir, pero no se puede decir verdad. La diferencia entre quien escribe desde fuera y quien escribe desde dentro es enorme. La experiencia no garantiza lucidez, pero sí te obliga a confrontarte con la realidad sin filtros.

Líneas Vivas, plumilla y tinta china

 

En mi caso, muchas de las cosas que he escrito no habrían sido posibles sin haberlas vivido antes. Y eso marca una diferencia que el lector percibe como la emoción inspirada.

¿Qué papel ha tenido Dios en su vida?

Dios en mi vida ha sido primero y siempre. No como una idea aprendida ni como una formulación teórica, sino como una presencia que se va revelando en el tiempo, muchas veces en los momentos en los que todo lo demás deja de sostenerse.

Hay etapas en la vida en las que uno puede apoyarse en certezas externas: proyectos, relaciones, expectativas, incluso en la propia capacidad de construir. Pero llega un momento —y en mi caso ha ocurrido más de una vez— en el que esas estructuras se resquebrajan. Y ahí es donde se ve con claridad qué permanece y qué no.

Yo he vivido experiencias donde la lógica humana no alcanza para explicar lo que sucede. Situaciones de pérdida, de ruptura, de incomprensión, de lucha sostenida en el tiempo. Y en medio de todo eso, hay algo que no desaparece. No es algo que uno construya, ni algo que dependa de su voluntad. Está ahí. No hablo de una fe cómoda. Hablo de una fe que se pone a prueba precisamente cuando no hay consuelo inmediato, cuando las respuestas no llegan, cuando incluso la justicia humana parece ausente o incompleta.

En esos momentos es donde uno descubre si lo que cree es una idea o una realidad. Y en mi caso, siempre ha sido una realidad. Hay una experiencia que lo resume bien. Después de reencontrarme con mi mujer tras casi treinta años, de casarnos y empezar una nueva etapa, la muerte de mi padre a los pocos meses, seguida casi inmediatamente por la de alguien tan cercano como Enrique Castellón Vargas, en el contexto de un confinamiento que impedía incluso el gesto más básico de despedida… eso no se puede encajar desde una lógica ordinaria.

Enterrar a un padre sin poder velarlo, sin poder acompañarlo como corresponde, sin poder siquiera llevarle flores… eso te coloca en un lugar donde las palabras ya no sirven. Y sin embargo, en ese lugar, no hay vacío absoluto. Hay presencia.

No como consuelo superficial, sino como algo más profundo: una certeza difícil de explicar, pero imposible de negar. A lo largo de mi vida también he estado en situaciones donde la confrontación, la injusticia o la incomprensión han sido evidentes. Y en esos momentos, la tentación de responder desde el mismo plano es grande. Pero hay algo que te obliga a mirar más allá.

Obra pictórica del autor: Mundos Comunicados. Óleo sobre lienzo.

Para mí, esa referencia ha sido siempre Dios. No como un argumento, sino como un punto de apoyo que no depende de las circunstancias.

Eso no significa que uno entienda todo. Muchas veces no entiende nada. Pero sí sabe que hay un orden que no se agota en lo visible, y una verdad que no depende del reconocimiento inmediato.

Y eso cambia la forma de vivir, de escribir y de posicionarse. Porque cuando uno tiene esa referencia, ya no puede conformarse con lo aparente. Ni en la vida personal, ni en el ámbito público. Hay una exigencia interior que no permite mirar hacia otro lado.                                                                                                                                             

Luz y Silencio. Óleo sobre lienzo

En ese sentido, todo lo que he hecho —la escritura, la pintura, incluso las controversias— no nace de una voluntad de protagonismo, sino de esa necesidad de coherencia entre lo que uno percibe como verdad y lo que está dispuesto a sostener. Dios no ha sido para mí un refugio para evitar la realidad, sino precisamente lo contrario: el punto desde el cual no se puede evitar y el apoyo para afrontarla.

Y por eso digo que ha sido primero y siempre.

Porque cuando todo lo demás cae, lo único que no desaparece es aquello que no depende de uno mismo. Y en mi caso, eso ha sido —y sigue siendo— la presencia de Dios.

Ignacio Fernández Candela posando en su exposición

¿Cómo influye esa dimensión espiritual en su obra?

No como un discurso explícito, sino como un fundamento.

No escribo “sobre Dios”, pero escribo desde una conciencia que está atravesada por esta Presencia primera. Eso cambia la forma de mirar, de juzgar, de interpretar.

También introduce un elemento importante: la responsabilidad. Porque cuando uno es consciente de que hay Verdad, ya no puede refugiarse en el relativismo.

¿Qué está ocurriendo hoy con la verdad en la sociedad?

Vivimos un momento en el que el relato ha sustituido a la verdad en muchos ámbitos.

No es que la verdad haya desaparecido, es que ha sido desplazada. Y eso tiene consecuencias muy profundas, porque cuando la verdad deja de ser el referente, todo se vuelve manipulable.

El problema no es solo informativo, es moral.

Ha tenido una etapa como propietario y editor en ÑTV España. ¿Qué le enseñó esa experiencia?

Me enseñó algo que no siempre se ve desde fuera: cómo funcionan realmente los medios digitales.

Hay una diferencia entre lo que se proyecta y lo que sostiene esa proyección. Y esa diferencia es clave. Más allá de lo visible, hay estructuras, decisiones, dinámicas que condicionan completamente el resultado.

Ha sido una experiencia que, sin duda, ha aportado comprensión inmediata y desde la perspectiva la identificación de las personas que con su actitud te obligan a la atención y el deseo de la justicia para dejar todo en el sitio de rectitud que a cada cuál le corresponde en el ejercicio del periodismo.

Ha escrito miles de artículos, muchos permanentemente posicionados en Google y otros buscadores, que son referentes de una intuición prodigiosa, siempre actualizados de la realidad sociopolítica y más de una decena de libros. ¿Qué hilo une toda su obra?

La búsqueda de coherencia.

No en un sentido teórico, sino vital. Intentar que lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno vive no estén completamente separados.

Es un camino difícil, porque implica confrontarse constantemente con uno mismo y con la realidad que no responde a criterios de valores elementales ante la que hay que plantar batalla de conciencia.

José María Ruiz-Mateos mostrando un libro de Ignacio Fernández Candela

 

Firma de libros del autor en La casa del Libro

 

¿Cuál fue el origen de su primer libro, una novela documental única en el mundo por la temática y las características propias de la obra,  y qué le llevó a escribirlo?

Mi primer libro nace de una experiencia directa que me obligó a posicionarme.

La afilada navaja de Ockham. Contra el abuso policial, en defensa de los derechos del ciudadano de bien (2010) no surge como un ejercicio literario, sino como una respuesta a una situación concreta en la que viví lo que se constató un error y posteriormente un abuso de autoridad en el ámbito policial. A partir de ese error que derivó en una acusación injusta, me vi en la necesidad de defender algo que considero esencial: los derechos del ciudadano honrado frente a la corrupción de cuatro policías conchabados para engañar a una juez. Fue una victoria muy singular frente a cuatro principios de veracidad falaces que nada pudieron contra mi argumentación: «Señoría, ante el principio de veracidad de estos agentes del orden que paradójicamente intentan engañarle a Usted, quiero contraponer las palabras de Rees Wilson, premio Nobel de Física en 1926, quien decía que la conducta es la única prueba de la sinceridad de nuestro corazón, y con la misma conducta de integridad que ha dirigido mi vida con valores hasta mis 45 años, me dirijo a su Señoría con pruebas para demostrar mi inocencia». Nadie esperaba una argumentación de sinceridad que desarmó uno a uno a los policías que recibieron un tremendo varapalo saliendo yo exonerado de toda imputación.

Aquella experiencia no la viví desde el resentimiento, sino desde la responsabilidad. Por eso el libro no es un ataque, sino una llamada a la conciencia personal y colectiva. De hecho, lo dediqué a las Fuerzas de Seguridad del Estado, precisamente porque soy plenamente consciente de la enorme responsabilidad —no solo profesional, sino también humana y espiritual— que recae sobre quienes ejercen esa función.

Existen grandes profesionales que entienden ese compromiso con integridad. Pero también es cierto que, cuando se producen desviaciones o abusos, las consecuencias pueden ser devastadoras para personas completamente inocentes.

En mi caso, aquello fue un punto de inflexión. No solo por lo que tuve que afrontar, sino porque me llevó a comprender que hay situaciones en las que uno no puede permanecer en silencio.

También ha abordado cuestiones de gran calado político.

Ensayo sobre el 11-M Usar el sentido común ante la evidencia criminal

Sí. Uno de los trabajos más significativos en ese sentido fue mi ensayo sobre el 11-M, que escribí en 2010. En él intento analizar lo que considero un punto de inflexión en la evolución social y política de España.

No solo por los hechos en sí, sino por las consecuencias que se han proyectado en el tiempo. Desde mi perspectiva, aquel acontecimiento marcó una desestructuración cuyos efectos, de una u otra forma, siguen presentes.

Ese trabajo responde a la misma necesidad que atraviesa toda mi obra: no quedarme en la superficie del acontecimiento, sino tratar de comprender su alcance real.

Ignacio Fernández Candela con el empresario y banquero José María Ruiz-Mateos, el jurista Antonio García Trevijano y el abogado Marcos García Montes

Usted ha estado cerca de figuras muy relevantes en momentos complejos e históricos. ¿Qué ha supuesto esa experiencia en su trayectoria?

Ha supuesto, sobre todo, una inmersión directa en una realidad que rara vez se comprende desde fuera.

Tuve la responsabilidad de desempeñar funciones como portavoz y director de comunicación junto a José María Ruiz-Mateos, en una etapa especialmente compleja. Aquello no fue solo una experiencia profesional, sino también profundamente humana.

Ignacio Fernández Candela con José María Ruiz-Mateos

Conviví con una situación marcada por procedimientos judiciales, decisiones institucionales y una enorme controversia pública. Con el paso del tiempo, se produjeron resoluciones que matizaron profundamente el relato inicial, y sin embargo muchas de sus consecuencias quedaron abiertas durante años.

Estar ahí, en ese contexto, te obliga a ver las cosas de otra manera. No desde la distancia, sino desde dentro. Y eso cambia completamente la percepción de conceptos como justicia, responsabilidad o verdad.

Recuerdo también los años posteriores, el proceso vinculado a Nueva Rumasa, el contacto con abogados, con representantes de inversores, el esfuerzo por que determinadas cuestiones pudieran aclararse en sede judicial. Son etapas largas, complejas, donde uno entiende que la realidad rara vez es simple.

Más allá de cualquier interpretación, lo que sí puedo decir es que aquella experiencia me dejó una huella profunda. No solo por lo vivido, sino por la relación personal que se genera en ese tipo de circunstancias. Hay vínculos que nacen en momentos difíciles y que ya no se disuelven.

Comida de Ignacio Fernández Candela con José María Ruiz-Mateos y Antonio García Trevijano

Y, en mi caso, todo eso forma parte de una trayectoria que no se ha construido desde la comodidad, sino desde la implicación directa en procesos complejos. Al final de esa trayectoria ha quedado la satisfacción de un deber de conciencia y de moral cumplido.

¿Hasta qué punto asumió usted un compromiso personal tras esa etapa? Recuerdo haberle entrevistado antes de conseguir su objetivo cumplido, del que ya anunció firmemente la intención de conseguirlo.

Reunión de trabajo junto al empresario José María Ruiz-Mateos

Hubo una continuidad. No entendí que todo terminara ahí. Me impliqué en la defensa de los intereses de inversores afectados en el proceso de Nueva Rumasa, en contacto con abogados y representantes, con el objetivo de que se celebrara el correspondiente juicio y se pudieran esclarecer responsabilidades.

Era, ante todo, una cuestión de justicia. En paralelo, las circunstancias vividas en años posteriores me llevaron a la necesidad de dar voz a muchas situaciones no atendidas.

En ese contexto se inscribe también la adquisición de ÑTV España, entendida como una herramienta orientada a la búsqueda de verdad y de justicia. Todo responde a una misma idea de coherencia.

Su trayectoria es amplia y muy diversa. ¿Cómo definiría su recorrido en conjunto?

Nunca lo he entendido como una suma de actividades, sino como distintas formas de expresar una misma inquietud.

He escrito más de una decena de libros, miles de artículos a lo largo de décadas, y en paralelo he desarrollado una trayectoria pictórica con más de quinientas obras y medio centenar de exposiciones, tanto individuales como colectivas. Es una faceta que ha ido creciendo de forma constante y que, con el tiempo, ha encontrado también su espacio en circuitos internacionales.

Inauguración de una exposición de Ignacio Fernández Candela con la bailaora profesional Marina Rodríguez actuando delante de sus cuadros (2016)

Pero más allá de los números, lo que me interesa es la coherencia entre todo ello. No son compartimentos estancos: la escritura, la pintura, el análisis… responden a una misma necesidad de interpretar la realidad.

Usted ha protagonizado algunas controversias relevantes a lo largo de su trayectoria. ¿Hubo alguna especialmente significativa?

Sí, hubo una etapa que, con el tiempo, ha adquirido un significado especial para mí.

Durante años mantuve una controversia pública con Luis María Anson a raíz de mi salida de El Imparcial, en unas circunstancias que yo viví como profundamente injustas. Aquello no se quedó en un episodio puntual, sino que dio lugar a una respuesta sostenida en el tiempo.

Demostración de la epopeya ético-periodística narrada por el autor

Decidí entonces plantear esa situación en el espacio público de El Imparcial, con un blog llamado llamado La Guarrada de El Imparcial. Ética según Anson que se posicionó con severa eficacia durante dos años hasta que cesé en la denuncia. No lo desarrollé desde la descalificación, sino desde una reivindicación de coherencia absolutamente indignada. Fue una lección de humildad épica que bajó los humos de la solemnidad a no pocos hipócritas con apariencia de dignidad. El periodismo restante  hizo mutis por el foro ante la épica gesta. Una vergüenza para lo más granado y financiado de la profesión. Porque ocurrió algo que no era previsible: un blog que prácticamente surgió desde la nada llegó a alcanzar más de cinco millones de visitas en tiempo record de meses, situándose en los buscadores inmediatamente por debajo de las referencias al propio medio que presidía el académico Anson soportado por el IBEX 35.

Más allá de lo cuantitativo, lo relevante fue el sentido de esa experiencia. No se trataba de una confrontación personal, sino de algo más profundo: la convicción de que quienes ocupan posiciones de referencia social deben responder no solo con palabras, sino con actos.

Aquella etapa fue, en cierto modo, una forma de poner a prueba ese principio. Y también de entender que, en el ámbito digital, la coherencia puede encontrar su propio espacio, incluso frente a estructuras más consolidadas.

No lo viví como una victoria ni como una derrota, sino como una experiencia que reafirmó una idea: que la justicia, cuando se entiende como exigencia interior, no depende del tamaño del interlocutor.

Actualmente mi desempeño es denunciar por el bien social a quien sin público ejerce la más feroz hipocresía con apariencia falaz de adalid del reino de España, Josué Cárdenas. Lo dicta la conciencia y un profundo afán de justicia después de conocer al personaje fuera del escenario, entre las bambalinas; un escenario público donde engaña a los incautos. Así compensar el daño que ha procurado arbitrariamente desde que inició su meteórica carrera, pisando a los semejantes sin el menor escrúpulo, como demuestra el libro que arremetió generalizadamente contra quienes trabajaron y le brindaron una confianza traicionada con saña. Justicia, llámese romántica, si cabe. No se puede ir por la vida avasallando y dejando almas en la cuneta como si la gente no existiera. Tarde o temprano esa siembra sin escrúpulo se recoge. Hay que saber diferenciar al cordero de la serpiente y tratarlos por sus méritos, o por el contrario, deméritos morales. La disculpa del imprudente ha de ser pública.

Ha hablado de la importancia de Dios en su vida. ¿Qué papel han tenido las personas cercanas en ese camino?

Un papel decisivo. Porque, al final, Dios también se manifiesta a través de las personas que pone en tu camino. Y en ese sentido, mi mujer ha sido, sin duda, una de las presencias más importantes en mi vida junto a mi padre.

No solo por nuestra historia —que ya de por sí es singular— sino por lo que representa. Lola Castellón, mi esposa, es una psicoterapeuta extraordinaria, con un conocimiento profundo de la mente humana, de la Hipnoterapia Clínica y de los procesos interiores, pero lo verdaderamente relevante en ella no es solo su formación, sino el alma que pone en todo lo que hace.

Lola Castellón

He visto sin perder el asombro cómo ha ayudado a muchas personas a salir de situaciones muy difíciles, a despertar, a reconstruirse, a resucitar, literalmente. Y eso no se logra solo con técnica. Se logra con una entrega que va más allá de lo profesional. Es pura alma que comulga con el don de lo divino.

En ese sentido, muchas veces he pensado que es, literalmente, un ángel en la vida de otros. Y también en la mía.

Porque más allá de su labor, ha sido un apoyo constante, alguien que no solo ha estado, sino que me ha ayudado a evolucionar, a ver cosas que uno solo no siempre alcanza a comprender.

Nuestra historia, además, tiene algo que la hace aún más significativa. Después de no vernos durante casi treinta años, la vida nos vuelve a cruzar, retomamos el vínculo, nos casamos… y, a pesar de todo lo que vino después —momentos muy duros, pérdidas, circunstancias extremas—, ahí sigue.

Eso te hace entender el valor real del amor. No como emoción pasajera, sino como permanencia, como decisión, como acompañamiento incluso en las etapas más difíciles.

Y junto a ella, también hay personas que han sido especialmente importantes en ese camino, como Sonia y Óscar. Ellos saben bien quiénes son en mi vida. Amistades que no aparecen por casualidad, sino en momentos concretos, cuando uno necesita entender algo más profundo.

Son esas personas que Dios pone en tu vida en determinados momentos para que tomes conciencia de algo esencial: del valor de la amistad, del apoyo sincero, de la lealtad sin condiciones.

Con el tiempo, uno comprende que incluso las experiencias más duras —las pérdidas, el sacrificio, las situaciones límite— pueden transformarse en algo distinto si hay un sentido, si hay una evolución interior.

Y en ese proceso, no caminas solo.

En mi caso, siempre ha estado esa doble presencia: la de Dios, como fundamento, y la de las personas que Él ha puesto en mi camino.

Y entre ellas, mi mujer ocupa un lugar central. Porque ha sido, y sigue siendo, alguien que no solo acompaña, sino que eleva.

¿Hay alguna experiencia especialmente significativa que haya marcado su vida y su forma de escribir?

Sí, hay una que durante mucho tiempo no he contado, y que probablemente explica muchas cosas.

El autor con Enrique Castellón Vargas

Mi mujer y yo fuimos novios siendo muy jóvenes. Estuvimos juntos casi cinco años. En aquella etapa yo monté una tienda de motos con mi hermano Javier junto a una de las peleterías de Enrique Vargas, el Príncipe Gitano. Era otra vida, otro tiempo.

Después nos separamos. Y no por poco tiempo: casi treinta años.

La vida siguió, cada uno por su lado, hasta que en 2018 volvimos a encontrarnos. Y ahí ocurre algo que uno no puede prever ni explicar del todo: retomamos la relación, nos casamos… y apenas tres meses después murió mi padre, ser de mi ser. Y prácticamente al mismo tiempo, con menos de un mes de diferencia, murió también Enrique.

Tumba del padre del autor a quien enterraron en soledad y sin poder velar durante dos confinamientos ilegales

Todo eso sucedió en el contexto de los confinamientos. Es decir, no solo fue la pérdida, sino la forma en que se produjo: sin velatorios, sin despedida, sin la posibilidad siquiera de acompañar a los tuyos como corresponde.

Enterrar a un padre en soledad, sin poder velarlo, sin poder llevarle flores… eso deja una huella difícil de describir. Cuando uno vive algo así, entiende que hay experiencias que no son solo biográficas, sino que te atraviesan por completo. Y, en mi caso, inevitablemente, acaban apareciendo en la forma de mirar, de escribir y de entender la vida. Sin Dios en mi vida la Luz que lo alumbra todo no sería tan vital, significativa y esperanzada en la certeza de que algún día retornamos a abrazar nuestros Seres Queridos. Su Amor es Infinito más allá de la pariencia de la evolución del espíritu en libre albedrío.

¿Cómo conecta todo esto con su trayectoria global?

De forma natural. La experiencia personal, la obra literaria, el análisis político, la pintura… todo forma parte de un mismo proceso. No son compartimentos separados.

Cada experiencia, incluso las más difíciles, ha sido también una forma de evolución. No solo humana, sino espiritual. Y esa evolución es la que, de una manera u otra, termina expresándose: a través de la palabra, del pensamiento o de la creación artística.

Ignacio, se percibe en su pluma una severidad casi mística, una oposición al sanchismo que trasciende la simple discrepancia ideológica para situarse en un plano de combate moral. Conociendo el desgarro de aquel 2020, donde la gestión de este poder le arrebató la posibilidad de despedir a su padre y a su suegro en la soledad de un 2020 dantesco, y viendo cómo hoy trata la situación de España como una expansión holística de la lucha del Bien contra el Mal… ¿Es su profunda y severa crítica al actual Gobierno el cumplimiento de un deber sagrado hacia la memoria de los que se fueron y una defensa de la dignidad humana frente a lo que considera una diabólica arquitectura de la mentira?

Mi crítica indignada no nace de una sigla, ni siquiera de una discrepancia administrativa; nace de una herida sagrada que supuró en la soledad más absoluta de aquel dantesco marzo de 2020. Cuando este poder, envuelto en una ingeniería de la mentira, nos arrebató la posibilidad de cerrar los ojos de nuestros padres, de sostener sus manos en el tránsito final y de ofrecerles el consuelo de una flor en el Día de los Santos Inocentes, rompió algo más que un protocolo sanitario: quebró el contrato moral entre el gobernante y el alma de la nación. Fue un asesinato masivo con protocolos de sedación hasta la muerte.

Crónicas del Fango Sanchista

En mis artículos y ahora en el espacio Crónicas del Fango Sanchista lo expreso sin ambages. El sanchismo, aseguto taxativamente, no es un modelo de gestión, es una arquitectura del vacío que se alimenta de la desmemoria y del desprecio al dolor ajeno. Es la expansión de un Mal que se disfraza de progreso mientras desmantela los pilares de la dignidad humana. Mi oposición es, por tanto, un deber de justicia hacia la memoria de quienes se fueron en silencio, víctimas de una soberbia que prefirió el escaparate a la compasión.

Entiendo esta lucha desde una perspectiva holística: España no solo se enfrenta a una crisis institucional, sino a una ofensiva espiritual. Estamos ante el combate del Bien —entendido como la lealtad a nuestras raíces, el respeto a nuestros muertos y la defensa de la Verdad— contra un sistema que ha hecho de la traición y el narcisismo su única bandera. La batalla es contra variopintos demonios y por sus obras son conocidos. Mientras ellos ajustan sus corbatas en los platós de la amnesia, yo mantengo encendida la llama de la memoria. Porque un pueblo que olvida cómo enterrar a sus padres con honor, es un pueblo condenado a ser pasto de los lobos. Mi pluma no descansará mientras la sombra de esa injusticia pretenda dictar el futuro de los que quedan

A tenor de las experiencias tan intensas  que no caben por su extensión en esta entrevista ¿En qué momento vital se encuentra ahora?

En un momento de síntesis. Después de muchos años, uno empieza a ver las cosas con más perspectiva. No porque tenga todas las respuestas, sino porque entiende mejor las preguntas.

Y también en un momento de continuidad. Porque, en el fondo, todo lo vivido no termina, se transforma siempre con Dios como norte y razón absoluta de mi existencia. Dios en mi vida, primero y siempre.

Dios no ha sido para mí un refugio para evitar la realidad, sino la base infinita que la consolida como evolución ante las adversidades y la certeza para afrontarla en la forja del espíritu.

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Ignacio Fernández Candela no es un analista político al uso; es un hombre cuya pluma está forjada con la inspiración del espíritu, muchas veces a contracorriente-porque este mundo se engaña con sus propias hipocresías-siempre con Dios.

Entrevista por Javier Navascués

Info Católica:

Entrevista de Ignacio Fernández Candela en Info Católica.

Web de Autor

Wikimedia Commons

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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