«Si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados. En consecuencia, los que murieron con la fe en Cristo han perecido para siempre» (I Co 15, 17-18).
Por ello, es esencial, vital, creer que Jesucristo resucitó. Muchas cosas diferencian nuestra Santa Fe de cualesquiera otras creencias; que no religiones, porque de éstas sólo puede haber una verdadera, pues es imposible que Dios, que sólo puede ser uno, permita que se llegue a Él por caminos que se contradicen.
Así pues, la Resurrección es la clave de todo como bien señala San Pablo en el párrafo inicial de este artículo.
Ahora bien, cuán difícil se hace para tantos creer en… lo increíble, cuántos tropiezan con lo increíble, cuántos se desesperan y alejan por no ser capaces de creer lo increíble.
Para todos ellos nada mejor que lo que San Agustín nos dejó escrito y que podríamos titular Los tres increíbles:
«Increíble es que un hombre haya resucitado de entre los muertos».
«Increíble es que todo el mundo haya creído ese increíble».
«Increíble es que doce hombres rústicos, sencillos y plebeyos, sin armas, sin letras y sin fama, hayan convencido al mundo, y en él a los sabios y filósofos, de aquel primer increíble».
«El primer increíble no lo queréis creer; el segundo increíble no tenéis más remedio que verlo; de donde tenéis que admitir el tercer increíble».
«Pero ese tercer increíble es un portento tan asombroso como la Resurrección de un muerto».
Creamos, y con absoluta rotundidad, y propaguemos a los cuatro vientos, con ocasión y sin ella, a tiempo y a destiempo, que Jesucristo, Nuestro Señor, resucitó, y démosle mil veces mil gracias por todo lo que hizo por nosotros, por nuestra salvación eterna, es decir, por Su venida, predicación, pasión, muerte y resurrección, sí, y por Su resurrección, el hecho increíble que nos diferencia y, al tiempo, nutre y desborda de esperanza al saber, por creer en lo increíble, que la muerte no va a ser nuestro final, sino el principio y por toda la eternidad.
Ah, y por esa misma creencia, creamos que seremos juzgados, que hasta los cabellos de la cabeza tenemos contados, que allí arriba saben todo de nosotros, que hay una balanza y que nos lo estamos jugando todo a cada minuto de nuestra vida. Aviso a navegantes, que somos todos, y allá cada cual. Al menos que nadie pueda decir que no se le dijo.
¡Feliz Pascua de Resurrección!
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