La retrospectiva sobre la Reina Victoria Eugenia que tiene lugar estos días en la «Galería de las Colecciones Reales de Madrid», donde se exponen, entre otras valiosas piezas, la carroza de caoba de su boda con Alfonso XIII, el majestuoso manto de terciopelo rojo y armiño o la tiara de la Flor de Lis, me ha traído a la memoria la última visita de Ena a España, de la que tantas veces me había hablado mi madre.
Y es que ella tuvo el honor de cumplimentarla en Barajas aquella tarde invernal.
Ciertamente, por aquel entonces la monarquía en España no dejaba de ser una extravagancia, y los monárquicos una especie en peligro de extinción.
Por eso, para ellos el miércoles 7 de febrero de 1968 se convirtió en una efeméride ya que apenas una semana después del nacimiento del infante Felipe, y tras treinta y siete años de ausencia, volvía a nuestro país la Reina Victoria Eugenia de Battenberg para asistir al bautizo de su bisnieto, del que Ena sería la madrina.
Desde primera hora de aquella desapacible tarde, fría y lluviosa, numerosos automóviles se estacionaron en los arcenes de la autopista, junto al aeropuerto.
En Barajas le aguardaban impacientes, su hijo, don Juan de Borbón, que consultaba el reloj sin cesar, y su nieto, el Príncipe Juan Carlos, apurando un cigarrillo tras otro, arropados por la flor y nata de la aristocracia.
A partir de las tres comenzaron a llegar al concurrido vestíbulo diversas personalidades:
El presidente del Consejo Privado de don Juan, José María Pemán; el jefe de la Casa Real de don Juan, el duque de Alburquerque; el único ministro vivo de la monarquía de Alfonso XIII, José Yanguas Messía; la duquesa de Alba —que ofició de anfitriona de la reina Victoria Eugenia en el Palacio de Liria donde se hospedó aquellos días—; Joaquín Calvo Sotelo, Carlos Sentís, Ramón Serrano Suñer… y Luis María Ansón, que cubrió la crónica para «ABC», dirigido entonces por Torcuato Luca de Tena, cuyo periódico se hizo eco de la noticia al día siguiente en portada a la vez que denunciaba en un recuadro la escasa cobertura dada por «TVE» al ofrecer apenas diecisiete segundos en el telediario de las nueve de la noche.
Aunque por razones de protocolo, por parte del Gobierno sólo tenían que estar presentes en Barajas, el ministro del Aire, teniente general Lacalle Larraga, y el de Justicia, Antonio María de Oriol, también acudieron —para disgusto de Franco que había querido poner sordina a la visita de la Reina a fin de que Don Juan no capitalizara el acto—, el de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella; el de Educación y Ciencia, Manuel Lora Tamayo, y el de Hacienda, Juan José Espinosa San Martín, padre del autor de estas líneas; todos ellos acompañados por sus respectivas esposas.
Al sobrevolar los Pirineos, el piloto de «Air France» de la línea regular «Niza-Madrid», anunció por el micrófono que se estaban adentrando en territorio español.
En ese instante, la Reina, embargada por la emoción, se asomó por la ventanilla.
Y poco después las azafatas le sorprendieron trayendo una botella de champán con la que brindó con su séquito y la tripulación del avión.
Nada más aterrizar la nave, la aparición de la Reina y la presencia de don Juan en la pista, levantaron una ovación de la multitud que se cobijaba bajo los paraguas, al tiempo que crepitaban los flashes de los fotógrafos.
Millares de pañuelos y banderas de España tremolaron en el aire.
Al descender de la escalerilla del avión, tras hacer una reverencia a su vástago, Ena se fundió en un abrazo con él, mientras se redoblaban los vítores de la muchedumbre.
Luego ambos dirigieron al salón de honor, donde se hallaba el Príncipe Juan Carlos y demás autoridades.
La mayoría de los señores lucían corbatas de color verde (acrónimo de Viva el Rey de España), el código con el que se identificaban los monárquicos.
En el momento en que la tuna interpretó un pasodoble —Suspiros de España—, la Reina no pudo contener las lágrimas.
Y a renglón seguido las esposas de los ministros le entregaron varios ramos de flores.
Fue entonces cuando mi madre tuvo la oportunidad de departir unos segundos con la Reina que jamás olvidaría, porque siendo una niña se le había quedado grabado en la retina el día en que cayó la monarquía.
Posteriormente, Victoria Eugenia se dirigió al Palacio de la Zarzuela, donde fue recibida por la Princesa Sofía, sus bisnietos y la Reina Madre de Grecia, Federica de Hannover.
Esa misma tarde,
Franco y su esposa, Carmen Polo, acudieron a tomar un té a la Zarzuela, una costumbre que importó de Inglaterra la Reina, así como la tarta nupcial, que se tomó por vez primera en España el día de su boda.
A la mañana siguiente, la Reina dio un paseo en coche por las calles de Madrid, guiada por la duquesa de Alba, que ejerció de «cicerone».
— ¡Uy! —exclamó Ena que iba de respingo en sobresalto—, si todavía sigue ahí la Platería Meneses…
Por la tarde, asistió al bautizo del infante Felipe, oficiado por el arzobispo de Madrid, Casimiro Morcillo, con aguas del Jordán, como dicta la tradición en la familia real.
Fue entonces cuando Victoria Eugenia, en un aparte, se dirigió a Franco:
— General —le dijo—, sólo le pido una cosa, designe cuanto antes Rey de España. Por favor, que no sea demasiado tarde. Ya tiene tres donde escoger.
Y Franco le respondió:
— Los deseos de su majestad serán atendidos…
A la mañana siguiente, la Reina visitó el hospital de la Cruz Roja, que tanto había impulsado; de igual modo que otras obras de carácter benéfico y humanitario, entre ellas, los comedores sociales y los sanatorios para tuberculosos.
Esa misma tarde recibió en el Palacio de Liria a cuantos madrileños quisieron saludarla.
Y aprovechó el sábado, último día de su estancia en la capital, para visitar Los Jerónimos, donde la soleada mañana del 31 de mayo de 1906 contrajo matrimonio con Alfonso XIII, en la que fue considerada la boda del siglo, pero que se vio trágicamente empañada por el atentado del anarquista Mateo Morral, quien arrojó una bomba Orsini camuflada en un ramo de flores desde lo alto de un balcón de la calle Mayor, cuando la comitiva regresaba de la lglesia al Palacio Real —los novios iban en el interior del carruaje tirado por ocho caballos bayos—, ocasionando casi una treintena de muertos y alrededor de cien heridos.
Ena salió de la carroza milagrosamente ilesa —el artefacto explosivo se desvío al golpear en los cables del tranvía—, aunque con el vestido de satén blanco salpicado de sangre por la masacre; lo que tenía visos de un negro presagio.
La Reina Victoria Eugenia —ya octogenaria— moriría en Villa Fontaine, su residencia de Lausana, a orillas del lago Lemán, en 1969, concretamente un 15 de abril, fecha fatídica en su almanaque puesto que fue el mismo día que inició su exilio en 1931, tras pasar la noche en vela en una estancia del Palacio Real, mientras oía aterrada como una turbamulta profería gritos e insultos contra la monarquía, temiendo correr el mismo destino que «los Románov».
El 22 de julio de 1969, Franco cumplió su palabra y designó a don Juan Carlos su sucesor a título de «Rey», puenteando a su padre, pero para Ena ya era tarde.
Demasiado tarde…

Autor
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Miguel Espinosa García de Oteyza es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha desarrollado su actividad profesional en la Bolsa, la Banca y la Empresa.
Hijo del que fuera ministro de Hacienda de Franco, Juan José Espinosa San Martín, Miguel es también autor de tres libros. El más reciente, "Mi tío robó los diarios de Azaña y otras historias familiares".
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