15/08/2026 06:56

En el constante esfuerzo  de intentar ganar la sepultura lo menos necio posible, entre los manjares recetados por los más afamados nutricionistas, las fórmulas magistrales preparadas por los más expertos boticarios, las recomendaciones interesadas y engañosas de los políticos respecto a la emisión del voto, los consejos de eminentes sociólogos en relación con los comportamientos individuales y colectivos en la sociedad, o las insidias perpetradas por los medios dependientes del poder, a modo de paradigma moral y económico,  uno solo ha habido, que me convenciese, que estuviese en armonía con mi descreído, trágico y justiciero natural, y este, ha resultado ser, «el libro».

Sentadas las bases, sin ánimo de engaño ni de utilizar cualquier tipo de embeleco, como los que usan los abogados con su florida jerigonza para embrollar los pleitos y aligerar los bolsillos; debo decir al que tenga la santa paciencia de seguir leyendo, que prosiga y juzgue lo que le parezca.

Decíamos que el libro tendía, cuando menos, a hacer al hombre, si no más inteligente, sí, menos necio, menos «Bobo de Coria», menos execrable, como, lo es, fuera de toda duda, Zapatero y su delfín Sánchez; en estos últimos días mis envejecidos ojos han reposado en uno, intitulado Memorias de las Reinas Católicas de España escrito por el agustino Enrique Florez de Setien, en su lectura me han impresionado la vida, andanzas e industrias de Dña. María de Molina, mujer del Rey Sancho IV de Castilla, llamado «El Bravo», madre de Fernando IV de Catilla y abuela de Alfonso XI; esta mujer, y Reina en tres reinados diferentes, en su determinación, jugó un papel fundamental en la defensa del trono y de la integridad de sus dominios territoriales, actuando con una prudencia, inteligencia y valor, que el satírico y universal D. Francisco de Quevedo jamás hubiera hecho burla, como él solía hacer de la mujer, cuando escribía de esta guisa: «De todas las cosas hablan y no entienden ninguna», o de esta otra, en que se señala, lo que entendía su merced como defecto insufrible: «Que no sea tan necia e ignorante que no tenga uso de razón, ni tan bachillera que quiera gobernar su marido y mandarle».

¿Acaso, incluso, sin afán de crítica mordaz, podríamos conjeturar que cualquiera de las mujeres, dirigentes de la política actual, pudiera recordarnos en lo más mínimo a las recias y honestas virtudes de María de Molina?

De esta colección de embaucadoras, ¿quién de ellas es defensora del trono, de la monarquía parlamentaria, o de la integridad territorial del Reino, es decir, de España?

Los españoles, ya, no nos sorprendemos ante los intentos, cada vez menos sutiles, y sí, más ásperos y destemplados, cargados de acrimonia desleal contra el orden constitucional.

Los enigmáticos albedríos de la diosa Fortuna, han puesto en circulación, han castigado a España con dirigentes de la altura moral de una de las máximas responsables del gobierno, de la menguada inteligencia de una comunista recalcitrante, de la simpleza estúpida de una de sus ministras, o del «agitprop» incendiario, excluyente, sectario y guerracivilista de algunas otras participantes de la astracanada gubernamental.

Esta ejemplar mujer ha conseguido unanimidades en los cronistas, historiadores y literatos, en haber sido una de las más extraordinarias reinas de España, siempre presta a acuerdos y complejas  negociaciones contra las ambiciones y recelos de los nobles y parientes, teniendo como «guía el seso natural».

El autor del libro manifiesta: «Unos y otros cuando la seguían acertaban; tropezaban al apartarse de ella; era pues como pauta del acierto».

Contribuyentes, que no sois aliados de aquellos que manejan las monedas de oro recaudadas, españoles, observadores de la corrupción, prestad atención a como se llenan las faltriqueras ajenas, reparad en el expolio de las arcas del procomún, y tomad nota de la avaricia de los socio-comunistas cuando os acerquéis a las urnas. Nos  están robando.

Lector, ¿cree de verdad, que las charlatanas del ámbito gubernamental actúan de buena fe, inducidas por su seso natural o por las exigencias de su fervor a la España constitucional?

Apartémonos un instante de los tiempos medievales y de nuestra sabia reina; pronto y «si nadie lo remedia», van a consumarse las elecciones generales, ¡vaya años que llevamos!, ¿quién me podría conceder una subvención para una cura de reposo en una clínica de renombre?; y llegado el caso, ¿a quién votar?, alguno de vosotros, tendríais la bondad de orientarme, ¿existe alguien que pueda ser un émulo/a, aunque sea un vulgar remedo de Dña. María?; de no recibir noticias de algún avezado lector, tendré que sufrir el calvario de lo que intuyo, va a ser un rosario de mentiras, provocaciones, engaños, promesas para no cumplir y malhadadas ideas de lo que se pretende hacer de España.

Deseo descansar en el regazo de la verdad absoluta de España; sí, ya se, lo absoluto no existe, solo mi Dios lo es, pero los que intentan por todos los medios desmembrar la Nación, incapaces de mantener la herencia recibida, para conducirnos a las tinieblas vergonzantes del caos y las zahúrdas sanchistas, esgrimirán cualquier argumento de bastardía, ladeándose hacia el norte de sus inmorales y traidoras conveniencias.

El semáforo está en rojo, volvemos al gran Quevedo: «Son grandes estadistas de la vida, cobardes en extremo; tienen rufianes que riñen sus pendencias y los saquen de afrentas; rinden vasallaje de miedo a los desalmados y zainos… juran a fe de hidalgos»; mentira sobre mentira, engañadores/as profesionales, granujas de postín, sanguijuelas que nos chupan la sangre, la calma y el reposo.

«Al fin tienen la costumbre del reloj de sol, que muestra y no da».

Estoy en la opción, creo, la más digna, o estos pájaros de cuenta se definen, o el que esto escribe se queda en casa, y si tiene que salir el sol, que salga por Antequera o por donde diablos quiera.

Debo precisar que alguna de estas aves de rapiña, está más cerca que otras, de definir su programa electoral, así como, de elegir la ponzoña con que alimentarse.

Estamos en verde, seguimos, nuestra reina, moderadora y pacificadora, no dada a utilizar la violencia, en situaciones de urgencia nunca tuvo reparos en acogerse al acero de un pecho varonil, que sometiese los conciliábulos y traiciones de sus enemigos con el objetivo de «guardar al Rey de peligro e la tierra de guerra e de daño». (Crónica de Fernando IV).

Nos toca esperar, van pasando con vapores nocivos estos monstruos tan fáciles de conocer cuanto difíciles de enmendar, los que se llaman andana de sus responsabilidades y de sus vicios, chafarrinones indeseables que lo que no consideran suyo lo destruyen, tomajones, que toman prestadas las esencias de la Patria, para devolverlas en su caso, emponzoñadas, inficionadas y desvirtuadas.

Este espectáculo provoca dolor, «Dolor sin ayes ni gritos, sin mesar de cabellos; dolor profundo, incurable, que sólo haya término en el olvido y en el reposo de la sepultura». ( Ricardo León- Casta de Hidalgos).

Autor

Antonio Cebollero del Mazo
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