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Santa Teresa de Jesús (1515-1582) nació en Ávila, España; desde joven mostró una profunda vocación religiosa, ingresando en «Las Carmelitas» a los 20 años. Su vida, marcada por enfermedades y visiones místicas, es un ejemplo de disponibilidad absoluta a la voluntad divina. Fue canonizada en 1622 por Gregorio XV y declarada «Doctora de la Iglesia Católica» en 1970 por Pablo VI.

En su tiempo, en España se vivía una grave crisis espiritual, debido principalmente al deterioro en las costumbres de vida, tanto en el clero secular como en las órdenes religiosas. «Las Carmelitas» del monasterio de la Encarnación habían decaído mucho de su primitivo fervor a principios del siglo XVI. Las religiosas podían salir de la clausura con el menor pretexto, por lo que el convento era el sitio ideal para las mujeres que deseaban una vida fácil y sin problemas; por otra parte, su locutorio se había convertido en una especie de «salón de sociedad» de damas y caballeros de la ciudad.

Teresa sufría intensamente por la situación de su convento y por la Iglesia: «Fatiguéme mucho -escribió- y como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba que remediase tanto mal». Así las cosas, sintió la llamada divina a comenzar con un monasterio de mayor austeridad y fundó la «rama reformada de la Orden del Carmen», con el propósito de retornar a la vida contemplativa, conforme a la Regla primitiva de oración y contemplación inspirada en el profeta Elías. En 1562, pese a fuertes oposiciones, con fortaleza de ánimo y mucha confianza en Dios, fundó en Ávila el «primer convento reformado de clausura de carmelitas descalzas», que puso bajo la advocación de San José.

Dios le sigue pidiendo más fundaciones, que no duda en llevar a la práctica. En la realización de tal empresa, sufre persecuciones y se ve obligada a viajar con las incomodidades propias de la época y muchas veces bajo condiciones climatológicas muy adversas; pero, sobreponiéndose a sus limitaciones de edad y de salud, obedece, llegando a fundar 17 conventos. Además, con la colaboración de San Juan de la Cruz, lleva la reforma a los conventos de varones, estableciendo la «Orden de los Carmelitas Descalzos (OCD)» en 1568.

Despojada de apegos terrenales, se entregó totalmente a esta misión, fundando conventos de vida estricta y guiando almas hacia la oración contemplativa. Su lema: «En fin, soy hija de la Iglesia», revela su vida de entrega a los planes de Dios y resume su herencia espiritual: una llamada a todos a vivir como hijos fieles de la Iglesia, escuchando la voz de Dios con total disponibilidad.

Es evidente que Teresa de Ávila pudo sacar adelante todos estos trabajos porque, además de contar con la imprescindible ayuda de Dios, le animaba una «muy determinada determinación» de hacer lo que hay que hacer, expresión acuñada por ella misma: «Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar…», que expresa una actitud radical y decidida          —firmeza inquebrantable— por la que se entrega totalmente, en cuerpo y alma, a la tarea de alcanzar una meta, superando cualquier obstáculo; es decir, a una decisión valiente y perseverante de no rendirse, enfocada en cumplir la voluntad divina.

Una hermosa anécdota de la vida de Santa Teresa de Jesús ilustra su autodisciplina para llevar a buen término lo que se le pide de parte de Dios. Sucedió en 1571 con ocasión de la llegada a España del dominico Pedro Fernández como «visitador apostólico» enviado por el Papa san Pío V para reformar las órdenes religiosas. Éste encontró graves abusos en el monasterio de la Encarnación en Ávila. Para remediarlo, ordenó a Teresa —que ya dirigía su primer monasterio reformado de San José— que tomara el cargo de prior de ese gran convento con 150 monjas.

Este mandato supuso una gran contrariedad para ella por doble motivo: el primero era que la alejaba de sus «hijas»descalzas de San José, y el segundo, porque la ponía al frente de una comunidad celosa y hostil; de hecho, las monjas de la Encarnación se rebelaron, negándose algunas de ellas a obedecer. No obstante, Teresa, imponiéndose disciplina interior por obediencia, respondió con humildad: «Madres y hermanas, nuestro Señor me ha enviado a esta casa por voz de obediencia, a un oficio del que estaba muy lejos de pensar y para el cual estoy del todo inepta… Vengo solo a serviros… No temáis mi gobierno».

Con paciencia y espíritu de servicio, ganó su afecto y, tomando las medidas pertinentes, logró restaurar el espíritu propio de la clausura, transformando así el caos en orden y aprovechando la obediencia como principal argumento de ofrenda a Dios y unión con Él.

La autodisciplina es parte de la virtud de la fortaleza:

La RAE enseña respecto a la fortaleza, en una de sus acepciones: «En el cristianismo, una de las cuatro virtudes cardinales, que consiste en vencer el temor y huir de la temeridad». La autodisciplina es la parte de la virtud de la fortaleza que nos ayuda a acertar en las decisiones que tomamos, a perseverar en el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones y nos empuja a no retrasarnos en su realización, manteniéndonos firmes ante las dificultades.

La autodisciplina es la disciplina que nos imponemos internamente a nosotros mismos, guiada por nuestra propia voluntad, nuestro convencimiento y sentido del deber. Esta es más eficiente para nuestro crecimiento personal que la disciplina impuesta desde el exterior por    «la autoridad competente» o por las normas sociales. Ayudar a las chicas y a los chicos a ejercitarse en ser autodisciplinados en sus responsabilidades y en sus aficiones es facilitarles recursos personales para superar las dificultades que se interpongan en el camino hacia sus metas. San Josemaría lo expone de manera muy clara en el punto 11 de su libro Camino:

Voluntad. —Energía. —Ejemplo. —Lo que hay que hacer, se hace… Sin vacilar… Sin miramientos… Sin esto, ni Cisneros hubiera sido Cisneros; ni Teresa de Ahumada, Santa Teresa…; ni Íñigo de Loyola, San Ignacio… ¡Dios y audacia! —«Regnare Christum volumus!»

Esta fue la conducta habitual de San José, esposo de la Virgen María, quien tenía muy claro que su misión era cuidar y proteger a Jesús y a María, en cuantas ocasiones se le pidió que actuara con diligencia; por ejemplo, cuando Herodes representó una grave amenaza para la vida del recién nacido Niño Jesús.

Cuando se marcharon [los Reyes Magos], un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: «—Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. [San Mateo 2, 13-14].

Razones para esforzarse por adquirir la autodisciplina:

El logro de conseguir las metas y los objetivos que nos proponemos no depende sólo de la motivación, sino que también exigen un esfuerzo continuo para hacer lo que toca, incluso cuando no apetece. Además de la fortaleza, el orden y la responsabilidad son dos virtudes fundamentales para alcanzarlos.

Una persona disciplinada está mejor entrenada para alcanzar metas académicas, deportivas, profesionales o personales porque sabe organizar su tiempo. Aprender de los errores y perseverar en el cumplimiento del deber, también ante las dificultades, es ser fuerte.

El fuerte deseo de posesión que todos llevamos dentro, en todos los sentidos, es de lo más insaciable. Sólo tiene una solución: aprender a decir que no, y en esto debemos ejercitarnos desde la más tierna infancia.

Somos fuertes cuando sabemos valorar una tarea, no tanto por los beneficios que proporciona, sino por el servicio que prestamos a los demás. Ser constante es más importante que ser perfecto; es inevitable que tengamos fallos, pero lo importante es volver a intentarlo. Lograr una meta nos satisface y aumenta nuestra autoestima.

Ideas para ayudar en el desarrollo de la autodisciplina:

– Debemos asumir responsabilidades y actuar consecuentemente, incluso cuando la motivación decae o desaparece. Ser puntual en el cumplimiento de los plazos que nos fijan (entrega de trabajos o acudir a una cita, por ejemplo) o que nos fijamos a nosotros mismos.

– Es conveniente establecer los horarios, asignando tiempos concretos por actividad (serán aproximados, por lo general). Esto nos ayuda a mantener la concentración en lo que hacemos y a perseverar en el esfuerzo.

– Si la tarea que tenemos por delante es de cierta complejidad, ayuda dividirla en otras más pequeñas, sencillas y manejables; eso nos facilita avanzar paso a paso sin sentirnos abrumados.

– Si podemos elegir por dónde empezar, suele interesar hacerlo por las tareas más costosas; así, una vez realizadas, nos quedan buenos ánimos para afrontar el resto, ya más asequibles. Postergar las tareas difíciles para más tarde supone casi siempre una carga mental.

– Es una buena ayuda para crear un entorno libre de interrupciones, tranquilo y ordenado que favorezca mantener la concentración, eliminar posibles distracciones (teléfono móvil, redes sociales, revistas, etc.) .

– Procuremos mantener un entorno de trabajo ordenado y tranquilo que reduzca el estrés. El orden exterior influye en el orden mental.

– Para el estudio personal, está demostrado que «la técnica Pomodoro» mejora el rendimiento, reduce el estrés y afianza la autodisciplina. Se trata de un método de gestión del tiempo para estudiar que, tras delimitar el temario a estudiar y disponiendo de un cronómetro, se aplica del siguiente modo:

  1. Dedica 25 minutos a estudiar y luego descansa 5.
  2. Repite esta secuencia 3 veces más.
  3. Completadas cuatro secuencias, ampliamos el descanso a 20 minutos.

Y así sucesivamente hasta terminar el temario prefijado de antemano. Si completas cuatro ciclos (dos horas), se hará necesaria una pausa más larga.

Flexibilidad mental:

Antes de finalizar, una breve reflexión para prevenir el posible peligro de la rigidez si somos demasiado exigentes e inflexibles en la práctica de la autodisciplina. Como en todas las virtudes, la prudencia modera y pone límites a las exigencias de nuestra autodisciplina para evitar que nuestra conducta cause malestar a quienes conviven con nosotros.

La flexibilidad cognitiva nos facilita captar las variadas informaciones que nos llegan del entorno, lo que nos permite adaptarnos a las diferentes situaciones y nos facilita responder de forma más acorde con los cambios y exigencias de la situación; es decir, nos dota de una cierta agilidad en nuestras actuaciones que nos ayuda a estar más pendientes de las personas que de cumplir nuestras propias reglas. La flexibilidad nos previene del defecto de la rigidez.

Las personas rígidas, por lo general, carecen de empatía, lo cual puede causar aislamiento y sentimiento de soledad. Por otro lado, suele ser difícil la convivencia con quienes se empeñan en imponer siempre su criterio —salirse siempre con la suya— o son incapaces de aceptar otra forma de ver las cosas distinta de la suya.

Consideraciones finales:

El Papa Francisco, en su catequesis del miércoles, 10 de abril de 2024, en la Plaza de San Pedro, afirmaba que uno de los desarrollos de la virtud de la fortaleza «se dirige hacia el interior de nosotros mismos. Hay enemigos internos a los que tenemos que vencer, que responden al nombre de ansiedad, angustia, miedo, culpa: son todas fuerzas que se agitan en lo más íntimo de nosotros mismos y que en alguna situación nos paralizan». Estas fuerzas paralizantes se cuelan en nuestro interior por muy diversas causas, por ejemplo, por querer aparentar más de lo que somos y podemos; pero, sea cual sea su procedencia, tenemos que superarlas; y para ello es fundamental poseer un buen nivel de autodisciplina.

Particularmente, es muy importante luchar contra el desaliento, porque cualquier señal de vejez prematura y cualquier signo de claudicación son, de forma muy directa, contrarios a los resultados que se están buscando. En este sentido, unas palabras de aliento y poner en primer plano las cosas positivas pueden ser de gran ayuda para salir de un bache en la motivación.

Una autodisciplina bien desarrollada nos ayuda a controlar los impulsos momentáneos, a perseverar en los objetivos principales y aporta equilibrio emocional, lo cual favorece el crecimiento personal. Además, es imprescindible tener señorío sobre nosotros mismos, nuestros actos, nuestras decisiones y su repercusión social y personal. Eso sí, es importante que cultivemos la flexibilidad para evitar la rigidez en nuestras relaciones sociales.

Desarrollar la autodisciplina en la vida cotidiana requiere paciencia y constancia, entre otras virtudes. No se trata de mejorar todo de golpe, sino de crear hábitos que te acerquen poco a poco a tus metas. Ser fuerte es ser paciente, no tener prisa por recibir el premio.

Película recomendada: 

«Capitanes intrépidos», Victor Fleming, 1937. Spencer Tracy ganó un óscar .

Adaptación de una novela de Rudyard Kipling.

Autor

Fundación Enraizados
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