15/08/2026 10:20

La noche del 21 de junio de 1791 la fuga de Varennes cambió el curso simbólico de la monarquía. El rey y la reina, disfrazados y a hurtadillas, intentaron escapar de París; la ciudad que antes los sostenía ahora se convierte en escenario de su captura. No es casual: aquel episodio condensó la pérdida de legitimidad real y la emergencia de nuevas formas de orden —entre ellas, la Guardia Nacional— que reclamaban para la ciudadanía la seguridad y la soberanía.

La Guardia Nacional, nacida en julio de 1789 como milicia ciudadana, fue la encarnación de una idea simple: los ciudadanos organizados podían defender el orden público y la revolución sin depender de cuerpos monárquicos. A lo largo de 1790–1791 la Guardia se convirtió en fuerza real, con comandos locales que, en muchas ocasiones, actuaron como árbitro entre la calle y el Estado. Su aparición no es accidente sino respuesta a la fractura del pacto político: cuando el rey pierde credibilidad, la ciudad arma a sus hijos.

Pero para entender plenamente lo que estaba en juego hay que mirar más atrás: al feudalismo y a la lógica del vasallaje. El sistema que emerge tras la caída del Imperio Romano se asienta sobre la propiedad de la tierra, la agricultura y la ganadería; sobre relaciones personales de dependencia donde el juramento no es formalidad sino fundamento jurídico y moral. El vasallo recibe tierras o protección y a cambio jura lealtad al señor; esa entrega se formaliza en ritos que hacen el vínculo visible y permanente.

Tiempos Convulsos. Cuando se decidió el futuro del mundo. Por Santiago García Lucio

Entre los ritos más potentes estaban el inixtio manum y el beso. El inixtio manum —poner las manos entre las manos del señor— es el gesto de entrega ritual: la mano se convierte en legalidad; lo que se entrega con la mano se retiene en fidelidad. El beso que sigue es la clausura íntima del pacto: no es sólo gesto afectivo, es sello jurídico. En escena dramatizo ese momento: François, temblando, coloca sus manos; el rey las cubre; el beso sella la juramentación. Es espectáculo y constitución a la vez.

Estos ritos son útiles para comprender por qué la Revolución tuvo que desmontar más que tributos: desmontó una red simbólica que ordenaba el día a día. Cuando la milicia urbana reclama soberanía, no solo desafía un ejército: confronta un régimen de lealtades personales y ritos públicos. La Guardia Nacional es, en ese sentido, la instrumentación ciudadana de una nueva soberanía: sustituye juramentos de vasallaje por un supuesto deber colectivo hacia la nación.

Por último, la historia militar —de batallas, retiros y enseñas— nos recuerda el sustrato de violencia que siempre ha acompañado las transformaciones políticas. La metáfora de la batalla (Alea iacta est) sirve aquí para mostrar que, en ese verano de 1791, la suerte estaba echada: no quedaba ya espacio para los viejos gestos que bastaban para ordenar el mundo. La política moderna exigiría nuevas formas de legitimidad y defensa: la Guardia Nacional sería una de ellas.

Concluyo invitando al lector a mirar el rito no como anécdota sino como estructura: desmontar la ceremonia es desmontar el poder. En el próximo capítulo estudiaremos el importante papel de uno de los grandes personajes de la Revolución Francesa: El Ministro de Finanzas.

feudalismo vasallaje
feudalismo vasallaje

Autor

Santiago García Lucio
Santiago García Lucio
Experto en Revolución Francesa de relevancia Nacional e Internacional, (Argentina, Colombia, Venezuela, México, Chile).

Propietario y Editor de ÑTV ESPAÑA. Periodista y corrector editorial.
Cuenta con una colección de libros (Tiempos Convulsos - Historia de la revolución francesa).

Cuenta, además, con un Podcast especializado ubicado en Youtube (Tiempos Convulsos - Historia de la revolución francesa).
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