1. La confusión y su síntoma principal.
«Si me pedís un símbolo del mundo en estos tiempos, vedlo: un ala rota», escribió José Martí en sus Versos libres. Por su parte, Agustín de Hipona apuntó a su vez en La ciudad de Dios: «A veces Satanás, según la Escritura, se transfigura en ángel de luz para tentar a aquellos que o tienen necesidad de ser así probados o merecen ser engañados». Vayan ambas citas delante para aludir al hecho de que vivimos en una época donde los valores están ofendidos, desdeñados, desordenados y difusos.
Ciertamente, todo lo que sucede en el mundo es digno de risa o de llanto. Lo cómico, lo trágico o lo dramático dependen de la perspectiva y de la circunstancia. Pero, dicho esto, malo anda el tiempo cuando lo que no se puede alcanzar por justicia, se alcanza por dinero y, si no lo tienes, no lo alcanzas nunca. Porque la justicia, tal vez el bien social más necesario, está hoy en entredicho; o en almoneda. Lo cual es gravísimo; más aún porque las multitudes no son conscientes de ello en toda su enorme dimensión. Y es precisamente esa inconsciencia o indiferencia hacia la injusticia, el síntoma más relevante de la confusión que envuelve a la humanidad.
Nadie debería tener por modelos o amigos fingidos a delincuentes o a diablos, enemigos tanto más dañinos cuanto más astutos y falaces. Pero gran parte de la sociedad de hogaño es miseria humana, que se ve oprimida por un desconocimiento tan craso que la disimulación de los malvados la engaña fácilmente. La muchedumbre es culpable de esta ignorancia voluntaria, de su negligencia en aprender lo que debe saberse. Es decir, culpable de ignorar lo que puede y debe ser conocido.
Por ejemplo, ante unas conjeturales elecciones próximas, y a pesar de los ingentes datos de corrupción institucional acaecidos no sólo en los últimos meses, sino a lo largo de toda la Farsa del 78, las hipótesis electorales muestran que la línea ideológica de la masa de votantes se mantiene prácticamente inalterable. Es decir, a la vista está que los sacrilegios con que los electores de anteriores comicios rindieron culto a los inmundos gobernantes, esas nefandas fidelidades a las aberraciones e ignominias, volverán a repetirse con muy escasas variaciones, sirviendo de justificación a los crímenes del poder.
2. La confusión como herramienta de dominación.
Ahora bien, si dejamos al margen a la culpabilidad plebeya, ese dejarse caer de las muchedumbres en la trampa de los nuevos demiurgos, dominadores de la empresa, de la ciudad, de la patria y del mundo, y fijamos la vista en estos enemigos de la sociedad, comprobamos que el desconcierto no es casual, sino inducido o tolerado por sus agendas. Porque el capitalismo y el socialcomunismo, dueños de un poder casi absoluto y confabulados en una maquinación siniestra, hace tiempo que decidieron controlar el planeta para defender y ampliar sus privilegios. Lo que les obligó a fomentar la confusión y la inseguridad del individuo como herramienta de dominación, desarraigándolo y desnaturalizándolo, hasta transformarlo en masa.
Los ejemplos que confirman lo antedicho son numerosos y están a la vista de los más avisados o de los menos fanatizados. Para no hacer oneroso el catálogo de los objetivos globalistas, me limitaré a nombrar, compendiándolos, los más significativos:
*Ataques a la soberanía de los pueblos: Desprecio del idioma. Fraudes electorales. Presión y negocio inmigratorio. Disolución de las fronteras.
*Ataques a la vida: Aborto. Eutanasia. Genocidio (Excusa: superpoblación)
*Ataques a la familia: Matrimonio tradicional. Relaciones de pareja. Tráfico feminista o neofeminismo. Matrimonio homosexual. Pedofilia, tráfico infantil o sexualización de la infancia. Lóbis LGTBI. Imperio de la droga y de la perversión sexual (el sexo sólo como goce genital)
*Ataques a la religiosidad, a la virtud y a la Cruz, creando una sola religión: la Prometeica.
*Ataques a la justicia.
*Ataques a la belleza y a la verdad. Cultura de la fealdad (feísmo).
*Ataques a los símbolos y tradiciones en general.
*Avaricia, avidez, rapacidad, ruindad, sordidez de los Grandes Señores del Poder, con el consiguiente desprecio al pueblo. Economía de especulación y dinero rápido de capitales opacos.
*Catástrofes (naturales y provocadas). Guerras injustas o innecesarias.
*Cultura de la muerte o ideología tanática.
*Democracia impostada. Democracia liberal: violencia ideológica.
*Gobierno universal y moneda e idioma únicos.
*Manipulación del lenguaje.
*Manipulación de los Medios Ambientales y Naturales: Ecologismo. Cambio climático. Animalismo. Modificación alimenticia. Control de los recursos. Contaminación de la biodiversidad.
*Manipulación de la Enseñanza, de los Medios Educativos y Culturales: Adoctrinamiento, Abducción. Alienación.
*Manipulación de los Medios Informativos: Desinformación. Bulos. Manejo emocional en redes sociales. Imperialismo informativo/digital. Propaganda (agitprop). Leyenda Negra. La posverdad.
*Manipulación de los Medios Legislativos. Leyes de Memoria Histórica/Democrática y de Sociedad Nacional.
*Manipulación de los Medios Químicos y Fraude Farmacéutico: Exterminio vírico. Pandemias artificiales.
*Manipulación de los Medios Sociales/Sexuales/Sanitarios.
*Relativismo. Buenismo. Pensamiento débil, único o correcto.
*Transhumanismo (H+ o h+): Transformación tecnológica de la condición humana.
La relación podría alargarse extensamente, pero aunque nos dejamos otros muchos ejemplos sin detallar, lo irrebatible es que el Consistorio Supremo y sus esbirros han decidido, en definitiva, desnaturalizar al individuo tal como lo conocemos, sustituyendo a la humanidad por seres posthumanos, para lo cual sería preciso desarraigarle, debilitar sus características como persona, como ente con dignidad y arbitrio, debilitando o cercenando sus raíces e identificaciones (familia, terruño, símbolos y tradiciones, historia, etc.) y embotando su solidaridad y su civismo.
Todo ello con el fin de reconstruir un «orden feliz», una «sociedad mejor», ajustada a las visiones distópicas de los nuevos demiurgos, unos psicópatas que libran esta nueva lucha de clases embozados en su atroz perversión (lo perverso es aquello que va contra el orden natural de las cosas). Y menospreciando, ignorando o mutilando nuestros dones privativos y los de la naturaleza, es decir, las perfecciones dadas por la Creación a nuestra calidad de personas, bienes eternos no sólo para el alma, curada por la religiosidad y la sabiduría, sino también para el cuerpo, renovado por la peculiar y permanente resurrección o renacimiento.
Esta sociedad ficticia indeseable en sí misma, ideada por una nobleza negra, por una aristocracia financiera de inteligencia satánica, de la mano de su intelectualidad áulica, se caracterizaría primordialmente por la deshumanización. El Gobierno Universal tiránico y sus subgobiernos correspondientes, siempre al borde del colapso, se vería en consecuencia precisado a la vigilancia y control poblacional y al yugo sanitario: vacunaciones obligatorias, implantaciones de microchips, altercados permanentes, instalación masiva de 5G Networks…, todo ello con efectos nocivos en la salud mental y física.
3. Los enemigos de la sociedad: sujetos y actitudes.
Estos oligofrénicos orgullosos de serlo, enemigos de la sociedad, han conseguido, gracias a su poder y a la barbarie de excitar la venalidad de los seres humanos, trascender lo personal y convertir también en enemigos sociales a las actitudes. En la izquierda, por ejemplo, no existen hoy sino socialcomunistas visa-oro, y estos rojos de doctrina impostada y de iniquidad auténtica, han abandonado sus reivindicaciones tradicionales, para integrarse en el capitalismo y oportunismo más abyectos, defendiendo esa nueva idea que se conoce como diversidad. Un barullo doctrinal que acoge en su ideario todo un entramado de conductas disolventes y protervas: cinismo, buenismo, relativismo, codicia, lobismo o fanatismo comercial, nihilismo… Comportamientos sumamente peligrosos que son más corrosivos aún porque sobre ellos se han montado estructuras sustentadoras: corporaciones extractivas, elites políticas corruptas, ideologías fragmentarias y centrífugas…
Otro ejemplo: es sabido que el grito primero y supremo de la naturaleza es que el hombre se ame a sí mismo y huya, como consecuencia, naturalmente de la muerte. Todo ser busca la propia conservación. Es la primera tendencia del sujeto y la máxima lucha que el ser libre dirige contra su destrucción, contra la nada, que quiere sumirle también a él en su seno. Aun los suicidas aman su ser, porque prefieren terminar su miseria creyendo que se acabará. En este sentido, hay una gran violencia en los gestos y posiciones derivados de las agendas de la casta dominante que hostilizan el sentido de la naturaleza, que lleva a evitar la muerte a toda costa y por todos los medios.
Algo similar podría referirse sobre el manoseo del lenguaje. Dijo Aldous Huxley, en Un mundo feliz (uno de los ejemplos más famosos de obras de ficción sobre sociedades distópicas, junto a 1984 de George Orwell y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury), que «las palabras pueden ser como los rayos X si se emplean adecuadamente: pasan a través de todo. Las lees y te traspasan». Ciertamente, puede decirse que la más espléndida estructura intelectual creada por el hombre ha sido la palabra, la capacidad de nombrar y de comunicar, y, sobre todo, la capacidad de alumbrar nuevas realidades a partir de la realidad primera que nos presenta el lenguaje.
Por eso, conscientes de su importancia, el sofismo implícito en dichas agendas trata de que el lenguaje termine convirtiéndose en un instrumento de manipulación, afirmando que tanto las instituciones políticas como las normas e ideas morales vigentes son convencionales. Saben bien que el primer foco de separación entre los hombres es la diversidad de lenguas. Y los enemigos de España, en concreto, han trabajado para hacer del idioma un escollo separador. La unidad se protege con la comunicación de sentimientos. Sentir lo mismo, basados en los principios comunes que todos tenemos, es el lema que puede superar las deficiencias humanas. Y ese lema es el que los enemigos de España -y del mundo- han tratado y tratan de destruir.
4. La pérdida de referentes y la crisis de fe.
Y así nos podríamos extender sobre cada capítulo de ese repertorio de horrores que constituyen los programas de las grandes corporaciones tecnológicas transnacionales, con su reata de potentados financieros, esos seres humanos en versión diabólica que están embarcados en el viaje de los gobiernos tiránicos, de las perennes posguerras y de los conflictos de grandes dimensiones (como una guerra nuclear), de los desastres ambientales u otras características asociadas con el declive cataclísmico de la sociedad, del mundo. Hecatombe que lejos de ser una hipótesis o un relato de ficción, constituye el futuro, si no varía la tendencia actual, y cuyos indicios estamos comprobando diariamente en sociedades existentes, muchas de las cuales son estados totalitarios o colectividades en un estado avanzado de colapso. Y España es un ejemplo.
También, desde una perspectiva más espiritual o ética, la realidad nos advierte de que esta confusión programada por el capital-socialcomunismo fundamentalista, ha afectado incluso a las instituciones morales tradicionales, como la Iglesia, generando en sus fieles indiferencia y desorientación. En este siglo perverso, en estos días amargos, el catolicismo ya no busca, a través de su humillación actual, una exaltación futura, sino que se acomoda y acepta tanto los aguijones del delito y del terror como las arrogancias del vicio y los peligros de las tentaciones. Su único objetivo parece ser la esperanza de sobrevivir en un nuevo orden materialista y desnaturalizador, donde muchos réprobos se mezclan con pocos virtuosos.
La Iglesia católica, que ha sido siempre inflexible en sus dogmas, con la obediencia y la humildad como las dos grandes virtudes del católico ferviente, es ahora una institución así mismo confusa, flébil y abierta a las provocaciones y seducciones del mundo. En vez de acatar la corrección evangélica, como sería de rigor, sigue y reconoce las doctrinas de los Señores Oscuros, observando -o no oponiéndose a ellas- las erróneas posturas de éstos y apartándose de su seno tradicional y carismático. De este modo, deja de participar, al menos con la convicción y credibilidad precisa, de la vida íntima de la sociedad cristiana.
En todo tiempo, la Iglesia -y por consiguiente sus miembros- se ha formado la conciencia de que el Mal y sus persecuciones han de durar tanto como la vida humana; y de que, en medio de ellas, la Providencia envía sus consuelos, soluciones y recompensas. O sea, ha sabido no aceptar al diablo para sobrevivir, sino luchar contra el infierno para denunciar sus crímenes. Algo que, como digo, en esta época parece haber olvidado.
En general, se ha olvidado, por ejemplo, la religiosidad intrínseca; que el alma humana no es colectiva, sino individual. Y que, aunque tarde o temprano todo intento colectivista acabará en fracaso, cuanto más tiempo se malgaste en esclarecer la confusión y en regresar a la senda del sentido común, más dolor acarreará a la humanidad. El ser humano forma parte de la naturaleza, que es la fuente de todo conocimiento verdadero y, ambos, naturaleza y sujeto, han de ser respetados; una ley natural ésta que los demiurgos multimillonarios infringen. Éstos podrán desafiar las leyes humanas, pero no podrán resistirse a las naturales. Y a pesar de que traten de alterarlas con sus avances tecnológicos y su abusiva soberbia, sólo conseguirán agigantar el caos.
Es manifiesto que, además de perder la fe en lo trascendente, caminando como ovejas sin pastor, también se ha desestimado la esplendidez de la naturaleza. Se ignora, a propósito y por incultura, que, como apuntó Copérnico, hace ya cinco siglos, su sabiduría «es tal que no produce nada superfluo e inútil», lo que le hace merecedora de absoluto acatamiento. Como se ha olvidado, así mismo, que la tradición es criterio de inspiración y de canonicidad, y que la verdadera virtud consiste en hacer buen uso de los bienes y de los males y en referirlo todo al bien último, que nos pondrá en posesión de una paz perfecta.
5. Conclusión: Recuperar la lucidez mental y moral.
En consecuencia, la frustración que define al ser humano actual tiene su origen en el olvido deliberado de la elegancia de lo natural, en el desprecio por su dimensión espiritual y en la traición a la dignidad que le constituye. Esta triple desconexión -con la tierra, con el alma y con la esencia- ha alimentado una existencia más técnica que auténtica, más funcional que significativa, y le ha empujado a integrarse en una sociedad de adoradores del Mal, que ha de sufrir bajo la bota del NOM, ese engendro plutócrata-marxista, un suplicio indefinido mientras no decida rebelarse. Una vida hedonista -dinero, sexo, consumo- puede satisfacer los instintos más bajos y primarios, pero no pueden proporcionarle lo preciso para vivir de acuerdo con su destino de persona con decoro. De ahí que sea inevitable apelar a la claridad, al juicio ético, a la recuperación de los valores fundamentales.
Es esencial reconciliarse con la naturaleza, que es como volver a pertenecer. Pero ese reencuentro con el entorno natural, que no solo es estético, sino también simbólico, ha de hacerse mediante profundos actos de humildad y restauración. No mediante la desaforada arrogancia de esos magnates y señoritos enemigos de la humanidad que ven a nuestro planeta como un objeto a explotar, y al ser humano como el instrumento necesario para dicha industria. Como es fundamental reconectar con lo trascendente, más allá del yo. No se trata necesariamente de religión, sino de religiosidad, de reconocer que hay algo ilimitado, muy por encima del propio ego. Aceptar el valor de lo inmaterial, la práctica de la contemplación y del silencio interior, actitudes antagónicas a las que hoy se estilan, y que pueden abrir espacios donde la lucidez se revela como intuición.
Muchos discursos de los políticos demagogos, con independencia de la ideología que defienden, tienen éxito entre el pueblo porque les sugiere la posibilidad de una vida distinta. La vida de la masa no suele estar iluminada por la agudeza ni por el saber. La vulgaridad y la ignorancia les impide manifestarse, además, de una manera inteligible. La adhesión a cualquiera de esos grupos tramposos que prostituyen la política, es un modo de gritar su resentimiento. Pero quien reencuentra el sentido deja de perseguir el ruido. En la quietud, la mente se afina; en la dignidad, el alma se recuerda.
Esos comportamientos hedonistas y ruidosos, ajenos a la meditación y al encuentro del hombre consigo mismo, son los que deben transformarse, y es en aras de su logro en lo que están obligados a incidir los líderes sociales y los políticos íntegros. Porque sólo desde la trascendencia podrá Occidente -podrá España- ascender hasta las cimas de lo universal. La vida es elegir, y el hombre puede elegir el bien y el mal, la autenticidad y la patraña, considerando siempre que hay personas sin decencia, como los que roban, condenan injustamente e incluso asesinan a repique de decretos, contra las que es obligado combatir día y noche.
¿Es posible derrotar a los mundialistas, que están dispuestos a todo para llevar a cabo sus planes genocidas? Es posible, pero hay que entregarse a ello con convicción y sin demora. Lo que no se puede es seguir comportándose como burros de reata, sin iniciativas propias y siguiendo dócilmente las ideas de los poderes culturales y político-sociales esclavistas. Creyendo, por un lado, que esto es Jauja, o, por otro lado, que los males que nos acaecen son porque un chino se comió un murciélago. Hay remedio, sí, pero la salida de este pozo oscuro en el que nos han recluido pasa por entender definitivamente que quienes nos gobiernan y dicen protegernos -los nuevos dioses de un Olimpo corruptocrático– son en realidad nuestros exterminadores.
Autor
- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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