15/08/2026 07:42
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El Gobierno aprobó el pasado martes la Ley de Memoria Democrática, a la mayor gloria de don Pedro Sánchez, el guerracivilista mayor del reino; el digno sucesor del psicópata Rodríguez al que quiere dejar pequeñito. Es lo que ocurre con los dictadores megalómanos, con los delirantes mesiánicos y con los asesinos en serie imitadores: que quieren superar a su referente, quieren llegar más lejos, quieren ser más que su antecesor.

Si Zapatero estuvo tan empeñado en resucitar la guerra civil que ni se olió la crisis económica que estuvo a punto de hundirnos, y de la que aún no nos hemos recuperado, Sánchez ha rizado el rizo y -mientras la gente se ha muerto a chorros por la pandemia y por el abandono del Gobierno de sus obligaciones-, se dedica a iniciar una guerra civil vieja de 80 años, pero prohibiendo que uno de los bandos se defienda.

Porque él, como Domiciano, se ha proclamado «Dominus et Deus«, señor y dios, y sus devotos lameculos, sus fieles voceros, sus canallescos cómplices, le animan a luchar contra su molino de viento: el recuerdo y la memoria de un anciano que falleció de viejo, no en clínicas privadas famosas -como el viejo profesor Tierno o la vieja activista Bardem-, sino en un hospital de la Seguridad Social que bajo su mandato se había creado; el recuerdo y la memoria de un joven abogado que los rojos -Zapatero dixit– asesinaron en Alicante tras una farsa de proceso.

Y como tal «señor y dios«, mientras los hospitales arden -metafóricamente- con la enésima ola de la pandemia que la laxitud del Gobierno ha propiciado al no impedir los botellones genéricos a granel y los específicos de los -ellos se lo llaman, señor fiscal, vea la foto si gusta- «marikonazos«, de la misma forma que propició la primera al permitir actos públicos -mitin de VOX, partidos de fútbol- con tal de no poner trabas a las manifas feministas; mientras los hospitales arden, la economía -la de la gente que se gana el pan honradamente, no la de sus acólitos, evidentemente- se hunde; mientras el Tribunal Constitucional le sentencia que ha secuestrado a los españoles durante cerca de un año por no saber cómo se aplican las leyes y por no ser capaz de someter sus anhelos dictatoriales a la fiscalización del Parlamento, este nuevo Domiciano combate contra su particular Neptuno y -como dios de su panteón de energúmenos- ordena que la memoria, la Historia y la verdad se sujeten a su gusto por Ley.

Este nuevo Domiciano –dominus et deus de la canalla- ordena por ley que la Constitución no se aplique a quien piense diferente a lo que manda el Gobierno comunista, porque para los dictadores megalómanos su voluntad es la realidad, por más que la realidad sea tozuda y persista fuera del círculo de los cortesanos del nuevo zar. Y en esa nueva legalidad que deja fuera la realidad, Domiciano Sánchez establece la extinción de entidades de pleno derecho como la Fundación Nacional Francisco Franco porque -dice la prensaensalzan a dirigentes de la dictadura y lo hacen «con menosprecio a las víctimas» del golpe de estado de 1936, la Guerra Civil o el franquismo.

Llega a tanto la paranoia, la psicopatía de este «señor y dios» Domiciano Sánchez y su corte de aduladores, llega a tanto su necedad, su ignorancia, su incapacidad mental y moral, que aún no se han enterado de que la principal característica de las tropas nacionales -las que ganaron la guerra- fue la de respetar a los combatientes enemigos, la de acercarlos a su victoria, la de reconocer su valía como soldados y la de abrazarlos en cuanto dejaban de cantar las armas.

Tampoco verá usted, señor Domiciano Sánchez, ningún menosprecio a los combatientes del bando contrario en los escritos de quienes llevamos muchos años en ello. No lo verá en las obras de Rafael García Serrano, que siempre fue reconocido -incluso por los adversarios- por su afán de hermanamiento con los vencidos; no los verá en los artículos de los que usted llama «fachas», que jamás hemos menospreciado a los combatientes del otro bando.

A los combatientes, digo; y evidentemente el término no se aplica a los chulos, los vagos y maleantes de la ley azañista, los socialistas, comunistas, anarquistas e izquierdistas sin filiación pero con cheka propia, que se quedaban en la retaguardia para asesinar y robar a mansalva.

Pero ¿sabe usted, señor Sánchez, lo que ocurre con los «dominus et deus» de pies de barro, simples idolillos, hombrecillos cobardes, taimados y pequeños? Que acaban hartando incluso a sus esclavos, sus adoradores acojonados, sus paniaguados y sus devotos. Y acaba viniendo la reacción del pueblo sojuzgado, y cuando se derrumban entre el resto de la mierda, maldice su memoria.

En cambio, la memoria de los grandes hombres; de los que levantaron a su pueblo de entre las ruinas y la miseria económica y moral; de los que nunca se consideraron «dioses», sino servidores de su Patria, siempre volverá, limpia, cuando pase la ola de encanallamiento de los «dominus et deus» de pacotilla y las mujeres y los hombres vuelvan a ser libres.

Autor

Rafael C. Estremera
ÑTV España
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