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La normalización del abuso como fase avanzada de la contienda civil no declarada
Ceuta ha sido masivamente invadida, nada más quemarse media España. Ningún exabrupoto es casual. Nada es casualidad.
España entra en una fase en la que el abuso deja de ser percibido como anomalía para convertirse en un elemento estructural del paisaje político, y esta normalización es quizá el síntoma más peligroso de la contienda civil no declarada, porque revela que el país ha sido sometido a un proceso de desgaste emocional tan profundo que ya no distingue entre lo excepcional y lo cotidiano. La población observa cómo la arbitrariedad se repite con la cadencia de un trámite administrativo, cómo la injusticia se ejecuta sin rubor, cómo la propaganda sustituye a la información y cómo la mentira se instala en el discurso público con una naturalidad que habría sido impensable hace apenas unos años. Este fenómeno no surge de la improvisación, sino de una estrategia que utiliza la saturación moral como herramienta de sometimiento, porque un país que ha perdido la capacidad de indignarse es un país que ha perdido la capacidad de defenderse, y esa pérdida es el terreno donde germina la resignación que permite que la ingeniería política avance sin resistencia.
La contienda civil no declarada se sostiene precisamente en esta aceptación pasiva del abuso, en la sensación de que nada puede hacerse, de que todo está decidido, de que la ley ya no es un refugio sino un arma que se utiliza según la conveniencia del poder, de que la justicia ha dejado de ser un mecanismo de equilibrio para convertirse en un instrumento de intimidación selectiva. España vive en un estado de vulnerabilidad emocional que se ha normalizado hasta el punto de que el ciudadano ya no percibe la gravedad de lo que sucede, porque la repetición del abuso lo ha convertido en rutina, y la rutina es el disfraz perfecto para la demolición institucional. La población, saturada y desorientada, empieza a aceptar como inevitables decisiones que antes habrían provocado una reacción colectiva, porque el cansancio moral ha erosionado la voluntad de resistencia y ha transformado la indignación en un susurro que apenas se escucha en medio del ruido mediático que se encarga de amortiguar cualquier señal de alarma.
A medida que esta normalización del abuso se consolida, surge un fenómeno aún más inquietante: la interiorización del miedo como mecanismo de supervivencia. No es un miedo visible, no es un miedo declarado, no es un miedo que se exprese en voz alta, sino un miedo íntimo que se manifiesta en la autocensura, en la prudencia excesiva, en la renuncia a opinar, en la evitación de conversaciones que antes eran naturales, en la sensación de que cualquier palabra puede convertirse en un riesgo. Este miedo silencioso es la prueba de que la contienda civil no declarada ha alcanzado una fase avanzada, porque revela que la población ha asumido que el poder actúa como facción y no como institución, y que la protección ya no es un derecho sino un privilegio que se concede según la utilidad política del momento. España empieza a vivir en un estado de tensión moral que se ha infiltrado en la vida cotidiana, y esa infiltración es el síntoma más claro de que la fractura emocional se ha convertido en estructura.
La normalización del abuso no solo afecta a la relación entre el ciudadano y las instituciones, sino a la percepción que la sociedad tiene de sí misma. La convivencia se ha transformado en un terreno minado donde cada gesto puede interpretarse como una declaración política, donde cada opinión puede convertirse en motivo de señalamiento, donde cada discrepancia puede ser utilizada como arma para dividir, fracturar y desgastar. La contienda civil no declarada avanza precisamente así: sin disparos, sin barricadas, sin enfrentamientos visibles, pero con una presión emocional constante que convierte la vida cotidiana en un campo de batalla silencioso donde la hostilidad se disfraza de normalidad y la fractura se presenta como diversidad. España, en su ingenuidad, aún cree que todo esto es política, pero empieza a intuir que lo que se está librando es otra cosa, más profunda y más corrosiva: una guerra silenciosa que no necesita declaración porque ya ha sido asumida por quienes la ejecutan, y que se sostiene sobre la normalización del abuso como fase avanzada de un conflicto que el país aún no se atreve a nombrar.
RES NON VERBA
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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