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España continúa avanzando con la misma candidez suicida de quien cree que las instituciones son eternas y que la democracia funciona por inercia aunque se le hayan arrancado las piezas esenciales, como si la arquitectura del Estado pudiera sostenerse sin los pilares que garantizan la convivencia y la protección del ciudadano frente al abuso del poder. Esa ingenuidad nacional, que se aferra a la apariencia de normalidad mientras la estructura se desmorona, ha permitido que la desintegración institucional se ejecute con una precisión quirúrgica contra los propios españoles, convertidos en objetivo de un traidor aparato estatal que ya no responde a su función sino a la voluntad de una facción que ha decidido que el país es un territorio a reconfigurar y no una nación a preservar.
La confrontación civil no declarada avanza sin necesidad de uniformes ni bandos visibles porque se libra desde dentro, desde los despachos donde se dinamitan los contrapesos, se colonizan los órganos de control y se sustituye la ley por la arbitrariedad, mientras la población, y la misma oposición sobrepasada constantemente por el juego sucio, sigue creyendo que todo es parte del ruido político habitual y no la demolición programada de las bases que sostenían la libertad, bases que ahora se manipulan como si fueran piezas intercambiables de un mecanismo que ya no sirve al ciudadano sino a quienes han decidido que España debe ser rediseñada desde sus entrañas.
La ingenua España no percibe que el despertar de los odios guerracivilistas no es un accidente emocional ni un brote espontáneo de resentimiento histórico, sino una estrategia deliberada para dividir, señalar y fracturar, reabriendo heridas que estaban cicatrizadas para convertir al disidente en enemigo moral y al ciudadano crítico en sospechoso ideológico. La memoria democrática, convertida en arma arrojadiza, seguramente inspirada por pactos de Zapatero con ETA, ya no busca comprender el pasado sino manipular el presente, y mientras se agita el fantasma de la guerra civil para justificar la hostilidad institucional, se ejecuta una sustitución demográfica bajo apariencia legal que altera el censo, reconfigura la representación y convierte la democracia en un trámite administrativo al servicio de una ingeniería política que pretende moldear el país a conveniencia. La identidad nacional se diluye en un mar de concesiones ideológicas, y la ingenua España sigue creyendo que todo responde a políticas sociales cuando en realidad es una operación de reordenamiento del cuerpo electoral, una transformación silenciosa que se presenta como reparación histórica pero que actúa como palanca para alterar la voluntad popular sin necesidad de convencerla, solo sustituyéndola.
A la vez, se ataca sin pudor a los valores históricos que daban cohesión a la nación: la familia, la tradición, la fe, la cultura, la memoria compartida. Se ridiculiza lo que unía, se demoniza lo que daba sentido, se destruye lo que articulaba la identidad, y mientras se desarraiga a la sociedad, se suceden catástrofes que no admiten la explicación del azar, tragedias que aparecen con una sincronía demasiado perfecta como para atribuirlas a la casualidad, incendios simultáneos, anomalías repetidas, fallos masivos de gestión que siempre benefician a los mismos y perjudican a los españoles que aún creen que el Estado vela por ellos.
La ingenua España observa el desastre sin ver la mano que lo provoca, contempla la hilvanada tragedia sin percibir la oportunidad política que se extrae de ella, y acepta la narrativa oficial sin sospechar que detrás del telón se ejecuta una estrategia que utiliza el sufrimiento como combustible para consolidar un poder que ya no oculta su hostilidad hacia la nación que debería proteger, una hostilidad que se disfraza de gestión mientras se practica la demolición moral de un país que aún confía en quienes lo están empujando hacia el abismo.
Mientras todo esto sucede, se escenifica un falso escenario democrático, una representación teatral donde se finge normalidad institucional mientras se dinamitan las bases del sistema desde sus mismas entrañas, y la ingenua España, confiada en la apariencia, no comprende que está siendo confrontada desde dentro, que la guerra silenciosa que se libra no necesita declaración porque ya ha sido asumida por quienes la ejecutan, y que la ingenuidad, como siempre, tiene un precio que se paga demasiado tarde, cuando el daño ya es irreversible y la contienda civil no declarada ha avanzado lo suficiente como para que el país se encuentre dividido, desorientado y sometido a una hostilidad institucional que no admite disidencia ni resistencia moral. España, en su ingenuidad, aún cree que todo esto es política; pero lo que se está librando es otra cosa, más profunda, más corrosiva y más devastadora: una confrontación civil sin declaración, ejecutada desde el poder y dirigida contra la nación misma.
RES NON VERBA
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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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