Un año más, y ya van cuarenta, que se dice pronto, pero en realidad como cada día, cuando llega el de los Santos Inocentes, nos embarga una tristeza, al tiempo que un temor, sin par. Un año más, y se cumplen cuarenta, España se ahoga en sangre y, además, en la sangre más inocente que se puede derramar. Un año más en el que la sangre no ha dejado de chorrear a borbotones. Cuarenta años ya de la institucionalización del genocidio, holocausto y crimen más horrible que España, como nación, y los españoles como pueblo y sociedad, podamos cometer.
El aborto, voluntario y provocado, no sólo despenalizado, sino elevado a la categoría de derecho, es el peor de nuestros males con diferencia, es la raíz de nuestra destrucción como nación y pueblo. Mientras no se acabe con tamaño crimen, nada, en ninguno de los otros aspectos en los que vamos a la deriva, podrá mejorar. El aborto es la mayor de todas las ofensas contra Dios que hoy cometemos como nación y pueblo. Por el aborto nos ahogamos en sangre sin remedio y sin perdón.
Del aborto todos tenemos la culpa, unos más, por supuesto, y otros menos, sin duda, pero todos de alguna manera estamos manchados por semejante atrocidad; la Iglesia también, pues faltó a su obligación en 1985 de excomulgar, y públicamente, a los que lo aprobaron, Juan Carlos I incluido, y a sus seguidores desde entonces sean cuales sean y hasta la actualidad; y sigue faltando a la de no cejar de gritar contra semejante barbaridad, pues callando, como calla, otorga. Lo de «por la vida» no deja de ser un cínico y cobarde eufemismo políticamente correcto.
En estos cuarenta años se calcula en cerca de tres millones de asesinados fría y salvajemente conforme a la ley del aborto, una cifra que nos acusa sin posibilidad alguna de justificarla ni en uno solo de ellos. Lo peor es que se silencia, y mediante el silencio sistematizado, alevoso y premeditado de parte de todos, se ha logrado que parezca, que se crea, que no existe, y se ha llegado a asumir como natural, incluso como lógico, beneficioso y solidario, así como a creer que nadie tiene responsabilidad, ni aún considerar lo más mínimo su terrible realidad; lo mismo ocurre con el Diablo, de ahí el gran triunfo que supone para él el aborto, como ningún otro antes jamás, hasta el punto de que ya no precisa de sangre de mártires pues se baña en la de los más indefensos.
La sangre de tantos inocentes viene cayendo desde hace cuarenta años sobre nosotros, y lo hace y seguirá haciendo sobre nuestros descendientes si no acabamos de una vez por todas y radicalmente con el aborto; lo mismo que la sangre del Santo de los Santos, del sin pecado, del más inocente, de Jesús, cayó y sigue cayendo, como ellos proclamaron que así lo querían, sobre los descendientes de los que Lo crucificaron.
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