15/08/2026 04:52

La lectura de los artículos que publica en su blog el Sr. Fernando del Pino proporciona luz y son un dechado de fecundas ideas. Es una pena que no haya repetido, con algún otro artículo, su colaboración en ÑTV España. En  cualquier caso, lo importante es lo que nos evoca su lectura y para ello vamos a comentar su último artículo publicado en su blog titulado “La decadencia de occidente” con fecha 2 de septiembre del 2025 (https://www.fpcs.es/la-decadencia-de-occidente/).

No estamos, para empezar, en ninguna fase de ‘decadencia’. Se trata de un hábil recurso del historiador (o del filósofo) con el que sembrar ideas cuestionables sobre el agotamiento de una civilización (la romana, la cristiana, la capitalista, la soviética, la europea u occidental, etcétera). Solo así puede concebirse que el momento actual, desde la perspectiva de la fuerza originaria que lo impulsó, resulte en un producto final, agotado, de todas las fuerzas embrionarias que le sirvieron de antecedente.

La historia no es biología y, por tanto, no sigue las edades del hombre, aunque sea humana (como relato, como ficción o como saber). Si entendemos que se ha alcanzado cierto momento final donde las fuerzas que originaron las civilizaciones están agotadas, no le quepa la menor duda, tanto al lector como al autor, de que todo eso no es más que un ejercicio metafórico, un modelo de interpretación y de representación retrospectivo.

Las civilizaciones no se agotan, ni tienen una evolución etaria pasando desde la infancia a la senectud, fase final en la que mueren. El juego histórico del universo de las civilizaciones pudiera ser perfectamente otro: entran en competencia las civilizaciones, unas contra otras, son asimiladas o destruidas por civilizaciones más potentes (que disponen de una o varias ventajas sobre las primeras), se generan nuevas formas técnicas, de dominio, de producción o de comportamientos que someten a aquellas civilizaciones coexistentes pero que resultan incapaces para adaptarse a las nuevas circunstancias.

La matriz de toda civilización no es otra que el recurso e invención de nuevas técnicas (por ejemplo, militares), nuevas formas religiosas, nuevas modalidades de producción, etcétera que comportan la reorganización de las matrices societarias que son configuradas por esas innovaciones, o mediante la conjunción de varias de ellas. En cualquier caso, las civilizaciones más provechosas y con mayor éxito, en términos históricos, no han sido aquellas que han resuelto problemas inéditos sobre la capacidad del medio para extraer recursos sino las civilizaciones de guerreros resultado de la conquista de otras civilizaciones o grupos humanos mediante la guerra de pillaje del botín o de gestión (apropiación) de los medios y recursos del vencido.

La invención del Estado, de la moneda, de la escritura, etcétera son otros tantos inventos que proporcionaron ventajas en el ámbito de las competencias civilizatorias. No hay decadencia, pues, si no una  sucesión incesante de civilizaciones  singulares distinguidas y prevalentes por una ventaja técnica respecto de otras a las que derrota o somete.

El Estado del que habla Fernando del Pino, el Estado occidental, está concebido como una metáfora decimonónica de la que, por cierto, se ha hecho un uso abusivo por el marxismo y el leninismo (véase el Estado y la revolución): es decir, esa concepción del Estado como un aparato de poder que, con todo, constituye una metáfora prestada, y así lo podemos verificar cuando Fernando del Pino nos habla del “…Estado y su maquinaria burocrática.”

Sin embargo, lo que nos quiere poner de relieve Fernando del Pino no es tanto el Estado en sí mismo considerado (que es un aparato, una máquina según su visión) sino el tamaño del Estado hipertrófico que ha alcanzado en occidente: “el Estado Gigante o Estado Leviatán, en acertada expresión del profesor Dalmacio Negro”. Y que sería el objeto de disertación de su primer artículo y de los tres restantes que con expectativa esperamos leer próximamente.

Podríamos cuestionar la metáfora inicial, la del Estado concebido como máquina, si se demuestra que no es ni nunca ha sido tal mecanismo físico de poder y de dominación, para discutirse y desecharse después la consideración misma de la dimensión del Estado, la de un Estado concebido como una máquina que se ha instalado y propagado en todas las dimensiones de las sociedades.

Pero el Estado, como tal, en su consideración ontológica y política, no es un aparato, una máquina automática ni siquiera un artilugio de precisión. El Estado pudiera ser una forma de estructurar (consagrar, ampliar y reproducir) las múltiples diferencias materiales en el seno de la sociedad donde opera, de crear fuerzas y energías para sostener orden interior y defenderse del exterior dirigido por una banda organizada. El Estado, al menos en su configuración más simple, se diferencia de otras formas de organización de los grupos humanos por su tendencia a monopolizar las formas de violencia a favor de un grupo elitista extractor (normalmente guerrero o militar hasta épocas recientes) y los fines de ese Estado responde a los requerimientos de los grupos de ladrones y criminales que lo constituyen (Tilly, Marcun Olson, etcétera).

Que mucho después toda esa organización se dotará de fórmulas jurídicas sobre la legitimidad/ilegitimidad o lo público/privado y que se dotara, asimismo, de ciertos límites sobre el ejercicio de la violencia arbitraria (entre los grupos de extractores, primero, pero que se expandió con el tiempo al resto de la sociedad) no quita ni un ápice a la cuestión de fondo: el Estado no es un aparato singular, sino una técnica de organizar, mediante la violencia ejercida por una élite depredadora, la extracción de la riqueza de la población sometida y vencida de un territorio.

Pero el Estado debe ser concebido utilizando las metáforas dominantes de cada momento histórico. En el siglo XIX, la era de las máquinas y de la ingeniería mecánica, del primer capitalismo de producción en serie, etcétera, proporciona las metáforas apropiadas y así le corresponde al Estado de la era del capital decimonónico un modo de expresión fabril: el Estado concebido como máquina o aparato de poder. Muchos olvidan su carácter metafórico y se pierden en la propia imagen que proporciona (como también de aquella otra célebre metáfora marxista de infraestructura/superestructura).

Pero tal concepción predispone a pensar que como tal máquina el Estado puede ser destruido y sustituido por otra nueva maquinaria, montada y desmontada, en todo o en parte, porque todo sería cuestión de disponer del utillaje adecuado (verbi gratia, la acción política revolucionaria o una fracción del ejército, etcétera). Lo que se destruye, en realidad, no es tanto la estructura del Estado (su principio de razón) como las formas en que se traduce y expresa en un momento dado. Una máquina puede funcionar y repararse, una máquina puede sustituirse por otra máquina más eficiente todo ello inserto en un ciclo sin fin, es decir cambiando la forma (Estado absolutista, democrático popular o parlamentario, etcétera) pero manteniendo el principio de poder político que, en esencia, lo define.

Pero, insistimos, el Estado no es una máquina, nunca lo ha sido, pero tampoco una categoría de ficción sino que tuvo como finalidad última, como organización de los grupos dominadores, regimentar los comportamientos, legitimarlos, en el seno de una sociedad dividida. El Estado fue la técnica histórica perfecta para extraer riqueza y recursos a una población y en un territorio determinado dominada y subyugada por una élite violenta.

El Estado actual occidental sería la extensión del principio de los privilegios del grupo violento (sus modos de dirimir conflictos internos, fórmulas de reparto del expolio, responsabilidad, capacidad de decisión, etcétera) al resto de la sociedad que no por eso deja de estar dividida y sujeta al modelo de la diversidad de riqueza. Tal vez fue la revolución francesa, proyectada sobre el eco del precedente histórico de la revolución inglesa, la que implantó ese sistema de Estado moderno generalizado para el conjunto de la sociedad transitando desde el despotismo absolutista a la democracia parlamentaria. Pero en ningún caso, la esencia del Estado habría sido alterada por el cambio histórico de las formas.

Sin embargo, el Estado posmoderno no estructura actualmente mediante el ejercicio de la violencia ni mediante la extracción de recursos y riqueza en un sentido (del conjunto de los habitantes sometidos hacia la élite) sino que se ha expandido más allá de sus propios límites y principios y, en la ilusión del reparto, implica y hace participar a los mismos expoliados en su propia estrategia: la de ser beneficiados también de parte de su propio expolio.

La pregunta sería ¿qué sucedió para que el Estado moderno transitara hacia un Estado benefactor?

Nos relata Fernando del Pino en su artículo comentado: “… La excusa creada para justificar este expolio es el llamado Estado de Bienestar, que Peter Sloterdijk denomina «Estado Impositivo», y Gustave Thibon, de forma aún más acertada, “Estado Vampiro” …”. Pero desgraciadamente deja de explicar por qué esa extensión del modelo de reparto de la élite al conjunto de la sociedad y cómo se ha vertebrado hasta el momento actual.

Es evidente que en la actualidad el grueso de lo extraído por el Estado mediante la modalidad de tributos (que sería una forma muy reciente del robo legal frente a la que constituyó la norma pasada del robo organizado y del pillaje ancestral a las tribus vencidas y conquistadas) no se destina directamente al patrimonio de la élite dirigente. ¿Entonces? ¿Por qué se han expandido los sistemas de recaudación, vía tributaria, y no tienen como fin y principio rector ser destinados al patrimonio de los poderosos?

Los poderosos parecen haberse mudado de cobijo y propugnan nuevos y novedosos métodos de acumulación de riqueza. ¿Han abandonado las élites de bandidos históricos al Estado moderno a su suerte? No es tan simple la respuesta porque admite muchas matizaciones e implica reconocer un desplazamiento espacial del ejercicio del poder político desde el interior del Estado a su exterior. ¿El Estado ha dejado de ser una institución privilegiada para el ejercicio del poder político o el poder político ya no interesa a nadie salvo a las élites políticas organizadas en sistemas partitocráticos?

Es una evidencia que estamos ante un Estado fallido, donde los gastos superan con creces los ingresos, donde todo apunta a un porvenir de ruina y de colapso (la deuda estatal resulta impagable lo que preserva de sumir a la sociedad entera en la desestructuración fatal y total). ¿Quién, en esas circunstancias, estaría dispuesto a adoptar o recuperar un Estado agotado, sin perspectivas y arruinado? Tal vez siga siendo una fuente de ingresos para cierta clase de depredadores de segundo orden: la élite política, ese paradójico resto de los nuevos depredadores organizados y  blindados en los sistemas partitocráticos de nuevo cuño, que actúa sin escrúpulos y que está en disposición para fagocitar por entero las últimas excrecencias de un cadáver exangüe.

El Estado es irrecuperable por su disfunción hipertrófica, en su extravío irreversible de fines y de medios. ¿Esas circunstancias de déficit crónicas podrían explicar el abandono y la huida del Estado de los poderosos, esa huida hacia el exterior donde ya no existen las cargas que proceden de las obligaciones y  de las deudas exorbitadas del Estado, de las disfunciones imposibles, de las responsabilidades inaceptables y de la incapacidad de un funcionamiento regular de lo estatal?

Pudieran explicarse esos fenómenos porque las élites y bandidos, antes insertos y dueños del Estado, operan en estos momentos fuera de su esfera, extramuros del Estado, a través de las grandes empresas que doblegan la soberanía del Estado a favor de la soberanía de los grupos financieros y tecnológicos. Sí, sin duda, pero la respuesta resulta insuficiente.

La respuesta podría ser un poco descollante pero hay que huir, sin embargo, de las falsas explicaciones tautológicas (repartir como acto noble, humano o divino, en sí mismo considerado) o de la teleología sociológica (el fin es distribuir la riqueza, sí pero ¿por qué?). Todas esas explicaciones desconocen la razón que rige en todos los comportamientos humanos sobre la riqueza material: el robo no se reparte o se reparte en jerarquía estricta y entre muy pocos.

Tendríamos que intentar aventurar una hipótesis sobre el Estado, sobre la población y sobre la tecnología digital que debidamente conjugados expliquen, de algún modo, el Estado actual con sus paradójicos comportamientos distributivos y su gigantismo. Pero eso será en la segunda parte de esta  colaboración.

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Jose Sierra Pama
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Alberto

El escrito del blog de Fernando del Pino es muy amplio y parece más aplicado al Estado español que cualquier Estado, aunque la realidad como dice José Sierra es aplicable a la mayoría de Estados y hay que esperar una segunda parte de mayores explicaciones.
Muchos de esos puntos que tocan ambos escritores son paralelos y con diferentes aspectos que pueden confluir en una misma vía.

Lola

Vivimos en una época complicada donde ya no florece ni la civilización ni el Estado como tal. Y lo peor que no parece que vaya a ser algo pasajero.

navarjm

No puedo estar mas de acuerdo con el artículo, solo hay que verlo reflejado en este «progresismo de pacotilla» que es la política española en la actualidad. A título de ejemplo, y según estadísticas recientes en España en los últimos 4 años el encarecimiento de la vida, ha subido del orden de un 35% y no, ni hablamos solo del ipc, ya que ese 35% no habla únicamente de ese factor al que nos tienen engañados. Por lo tanto, no es de extrañar, por para parte, la denominación de Estado Vampiro, y que por cierto, muy bien acuñado

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