Las líneas que van escritas a continuación están escritas a contracorriente. Ante la euforia desatada en los ámbitos de la Resistencia por las últimas noticias judiciales, la experiencia del autor de este texto en casi cincuenta años de milongas similares le obliga a comportarse como Tomás «el incrédulo». Porque la veteranía, por un lado, y la realidad de estas décadas amargas, por otro, le invitan a dicha actitud de duda.
De modo que, parafraseando al santo apóstol, que prefirió la sinceridad a la fe, puede decir: «Si no veo en las manos de Pedro Sánchez —y en las de toda su recua de cómplices— la señal de las cadenas y su rostro detrás de los barrotes; si no toco con mi mano la bolsa restituida a los españoles de todo lo que los socialcomunistas y sus carnosidades expoliaron a los españoles, y si no veo ilegalizado al PSOE, no creeré en la justicia».
Y, aun así, le pediré explicaciones de por qué se ha concedido a los criminales de la casta partidocrática tantas décadas de impunidad, permitiendo la agonía de la patria.
Porque, tras la humareda de estos días, lo único que el autor de este texto ve realmente es un dato estremecedor: por enésima vez desde que la Farsa del 78 decidió destruir a la nación española, aproximadamente ocho de cada diez electores aún siguen eligiendo para su gobernanza a políticos y partidos ferozmente antiespañoles, repugnantemente corruptos y abyectamente pervertidos.
Y mientras —también por enésima vez— se piden elecciones sin haber limpiado antes la cloaca, España apesta, y nadie con poder o con un mínimo de poder intenta acabar con dicha pestilencia. Porque toda resistencia nacional al escándalo es excepción, no precepto jurídico o norma. De modo que, a quienes habría que dar pan de perro, pues lo único que merecen son cadenas para sus pies y para sus manos, se les consiente, se les perdona, se les alimenta e incluso se les elogia y enriquece. Y así será en tanto no se acabe con el Sistema. No sólo con Sánchez.
Tanto el PP, como el PSOE y sus carnosidades frentepopulistas al completo, son mafias depredadoras insaciables, dispuestas a acabar con nuestra patria. Esto es, con su unidad, su sentido y su esencia; con su historia. Pero la plebeya muchedumbre, según las encuestas, —con sus amos a la cabeza—, les sigue encumbrando, protegiendo y justificando.
Dice Abascal que Pedro Sánchez no ganará las próximas elecciones (si es que vuelve a haber elecciones), «salvo que haga trampas». Ya que no su ingenuidad, porque es de sobra conocido que Abascal sabe que el doctor Narciso miente más que habla, lo que resulta sorprendente es la impotencia que se deduce de sus palabras.
Abascal, que no deja de pedir nuevos comicios, nos viene a confirmar con su declaración dos cosas: la primera, que el Tramposo Mayor del Reino, que no puede vivir sin hacer trampas, es capaz de trampear —de seguir trampeando, al parecer— las urnas; la segunda, más grave, que, haciéndolas, seguirá en el poder impunemente, como hasta ahora.
¿Para qué queremos entonces nuevas elecciones? Porque aceptar indirectamente una continuidad de Sánchez en el Gobierno, tras unos comicios fraudulentos, como se da por probable, significa que VOX se halla incapaz de controlar la pureza de los recuentos electorales.
Lo cual, aparte de revelar concluyentemente la indefensión de España ante la mafia hispanófoba, inhabilita de raíz toda cita electoral y, por ende, toda democracia, por muy maquillada que ésta esté. Unas elecciones sin transparencia son un feroz sarcasmo e indican que el Sistema que las organiza es falaz, además de despectivo y tirano. Y es absurdo extenderse en esto, porque a la evidencia no se le puede llamar duda.
Si, como decían en Caballería —o en el Oeste americano—, que un hombre sin caballo es un hombre sin piernas, puede decirse también que una nación sin orden y sin ley es una cueva de bandidos, aparte de un bebedero de patos. Pero a la plebe que hace cola ante las cajas de los supermercados mirando su móvil, todo esto —incluidas las elecciones— le trae al pairo. Algo que, olvidando las encuestas, no lo dice este humilde escribidor, sino la coexistencia cotidiana, es decir, la cruda y dolorosa realidad.
De ahí que, dejando al margen a la flemática justicia y a las trampas electorales de la casta partidocrática, surjan las inevitables preguntas: ¿Cómo es posible que, aunque la tosquedad y la vileza de las multitudes les impidan conocer y estimar la virtud, siquiera como interesados no les muevan su propia conveniencia y utilidad en los beneficios que la perfección concede?
Insisto: ¿Cómo se puede convivir indiferentemente rodeado de los más nauseabundos delitos, no sólo económicos, sino sobre todo morales? ¿Cómo es posible que entre los hombres se rechace la excelencia y la nobleza; que no amen el bien y lo desprecien ante el mal? Y la Prudencia responderá: ¡Por eso mismo no lo aman; por eso mismo de ser un bien lo aborrecen; por eso mismo de ser un mal lo eligen!
Lo cierto es que, al mundo, al menos en esta época aciaga, no le basta que toda alma virtuosa y todo cerebro sabio estén escarnecidos; han de estar también lastimados y maltratados. De ahí que —a la vista está— todo entendimiento que sea erario de virtud y de sabiduría, no pueda esperar otra corona que la de espinas.
La decepcionante conclusión es que lo que antaño se entendía como ciudadanía, hogaño se ha transformado en chusma. Y que el diablo —los Poderes Oscuros—, en la rebelión que tiene organizada contra la religiosidad y contra Dios, ha enemistado al hombre con la virtud. Y, entre tanto, no deja de mostrar su presencia en los más turbios sectores del mundo, para ser adorado en vez de Dios y como Dios.
Luchar contra esto —purificar un alma infecta, una sociedad gusanosa— es arduo. Y tal vez no esté al alcance de VOX, la única esperanza sociopolítica, aunque parcial, que parece quedar a los españoles. Pero es lo que hay. Y lo único imposible es lo que no se intenta. Se trata, en definitiva, de responsabilizar al pueblo como único y primordial recurso, ya que las instituciones en su totalidad están dañadas para la causa.
Regenerar las conciencias, restaurar la espiritualidad, reactivar el albedrío cívico. Se trata, sí, de enfrentar al pueblo con sus obligaciones civiles y morales. Ponerlo frente a su bajeza, frente a su deshonor. No sólo de hacerse selfis con él, ni dejarse envolver en sus volubles aplausos. Porque el pueblo, como la mayoría de sus voceros, es una veleta, siempre a expensas del viento corredor y de sus caprichos.
El líder genuino ha de mirarlo a la cara y, para dejar las cosas en su sitio, decirle alto y claro: «Si queréis que os desprecien y humillen; que os sojuzguen y echen de vuestras tierras; que os esclavicen y os roben los frutos de vuestro trabajo; que violen a vuestras mujeres y a vuestros hijos; que se imponga el abuso y la ley del hampón, seguid apoyando a los depravados que os han traído hasta aquí: ese PP actor y cómplice de la infamia y ese PSOE líder del frentepopulismo separatista e incendiario».
»Toda la banda sigue ahí, impune, ante vuestros ojos. Sufragadla, una vez más, si seguís teniendo estómago. Y si lo hacéis, si seguís sustentando a vuestros ladrones, violadores y criminales, vivid arrastrados el resto de vuestras vidas, bajo las botas de perjuros y traidores, como bardajes complacientes, indignos y despreciables. De lo contrario, luchad por la verdad y por la libertad. ¡Rebelaros!».
Pero el político que especula con el voto, como ocurre en estas tramposas democracias publicitadas por degenerados y plagadas de demagogos y de presiones partidarias, nunca se atreve a eso. Y la responsabilidad material y moral de la chusma —y de los muñidores del Sistema—, tantas veces eludida, seguirá esperando la Voz vivificante.
Autor
- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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