Aunque monseñor Escrivá de Balaguer solía repetir que había que recibir la muerte con sereno gozo -ars bene moriendi-, él no tuvo tiempo para despedirse de este mundo porque un ataque al corazón le arrebató la vida súbitamente, mientras trabajaba en su despacho de Villa Tevere, tal día como hoy, hace medio siglo, un 26 de junio de 1975.
Justo tres años después de su muerte, una calurosa tarde de verano de 1978, el escritor Eugenio Montes y su mujer, la también escritora Natividad Zaro, viejos amigos de la familia, vinieron a ver a mis padres a nuestra casa de Joaquín Costa. Fui yo, que pasaba por el vestíbulo en ese instante, quien les abrió la puerta y a continuación les acompañé hasta la biblioteca donde mis padres los recibieron efusivamente.El motivo de la visita era que con ocasión del tercer aniversario de la muerte del fundador del Opus Dei, el ABC le había pedido a Eugenio Montes un artículo sobre monseñor Escrivá y antes de enviarlo, el erudito escritor gallego que en el mes de enero de ese mismo año había pronunciado su discurso de ingreso en la Real Academia sustituyendo con la letra L a Ramiro de Maeztu, quiso departir un rato con mis padres que trataron estrechamente a ‘El Padre’ -así le llamaban ellos-, siendo como eran ambos de los primeros supernumerarios de la Obra, además de tener dos hijos sacerdotes.
Hacía relativamente poco que Eugenio Montes se había establecido en España, tras pasar los últimos veinticinco años de su vida en Roma, donde fue corresponsal de ABC -Torcuato Luca de Tena le había ofrecido un sustancioso contrato- y residió junto a Natividad Zaro en el Pincio, en un piso que se alzaba sobre los jardines de Villa Borghese, desde cuyo balcón cada día divisaban el Vaticano y la cúpula de la Basílica de San Pedro, bañada al atardecer por la luz dorada de la ciudad eterna.
Apenas una semana después de aquella visita de Eugenio Montes y Natividad Zaro a nuestra casa, viajando yo en el Talgo en compañía de mis hermanas pequeñas con destino a Salou, mientras atravesaba el árido paisaje de los Monegros, me topé con su artículo en las páginas del ABC donde con su prosa manierista glosaba la gigantesca figura del fundador del Opus Dei.Como lnternet es la nueva Biblioteca de Babel a la que uno puede acceder en un abrir y cerrar de ojos, estos días he tenido la oportunidad de releer su artículo, titulado ‘Recuerdos de un corresponsal’.
‘Juntar lo sobrenatural con lo natural, acercarnos a lo sobrenatural con naturalidad absoluta, ha sido el don sencillamente prodigioso de monseñor Escrivá de Balaguer’, escribía por aquel entonces Eugenio Montes.
Y, más adelante, añadía:
‘Santificar la vida cotidiana en medio de su aparente monotonía, de sus quehaceres, de sus trabajos, fue el santo y seña del fundador de la Obra’. Dicho de otro modo, desde cualquier condición, profesión u oficio, un hombre o una mujer pueden llegar a ser santos. Lo que él llamaba la santidad a pie de calle.
Citaba también el autor de ‘El viajero y su sombra’ en su escrito unas palabras textuales del fundador del Opus Dei: ‘Algunos miembros de la Obra actuaron y actúan en política, como los demás ciudadanos, pues sus responsabilidades son individuales’. La frase era una alusión velada a quienes vieron en el Opus un grupo monolítico que pretendidamente obedecía las mismas consignas políticas.
Un error arraigado, como diría el benedictino padre Benito Jerónimo Feijóo.
Ciertamente, en el Gobierno de Franco a mediados de la década de los sesenta, las carteras económicas estaban en manos de los llamados tecnócratas, todos ellos miembros del Opus Dei: Gregorio López Bravo, en lndustria; Laureano Lopez Rodó, al frente de los Planes de Desarrollo; Faustino García Moncó, era el titular de Comercio; y Juan José Espinosa San Martín -padre del autor de estas líneas-, ministro de Hacienda. Pero no es menos cierto que Antonio Fontán, Luis Valls Taberner o Rafael Calvo Serer, numerarios de la Obra, formaron parte del consejo privado de don Juan de Borbon, enemigo acérrimo de Franco.
El artículo de Eugenio Montes poseía también un halo premonitorio. Se trataba de unas palabras pronunciadas en el funeral del fundador del Opus Dei por el polaco Andrezj María Deskur: ‘Espero ser el primer obispo que postule la beatificación de monseñor Escrivá. He ofrecido la misa por su beatificación’. Sus plegarias fueron atendidas.Y mucho antes de lo previsto.
En 1992 sería beatificado por Juan Pablo ll y solo diez años después, el 6 de octubre de 2002, fue canonizado en la plaza de San Pedro, ante medio millón de fervorosos adeptos, por el mismo Pontífice que se refirió a él como «el santo de lo ordinario’. En realidad, Andrzj María Deskur, natural de Cracovia, fue uno de los mayores valedores de Karol Wojtyla. Tanto es así que sin él probablemente no hubiera sido Papa: organizó almuerzos y cenas en su casa con numerosos cardenales que participaron en el cónclave para que lo conocieran.
Sin embargo, el 13 de octubre de 1978, la víspera de dicho cónclave, el obispo Deskur sufrió una apoplejía que le dejó paralizado medio cuerpo para siempre.
-Soy una ruina romana, como el Coliseo, supongo que por eso vienes a verme, querido amigo- bromeó con resignación cristiana Deskur al recibir la visita de Juan Pablo ll, en el policlínico Gemelli.
Aquella fue la primera salida del recién proclamado Pontífice.
Desde los días blancos de su niñez, José María Escrivá de Balaguer parecía predestinado a tener un nombre en la Historia. Su carácter recio se forjó en la adversidad. Desahuciado al poco de nacer a causa de una gravísima enfermedad, su madre, para que sanara, invocó a la Virgen de Torreciudad. Tras curarse milagrosamente, cumpliendo una promesa, fue llevado en peregrinación a lomos de un caballo a la ermita de la misma localidad.
-Estabas más muerto que vivo; cuando Dios te ha conservado en la tierra es para algo grande- le decía su madre.
Tiempo después, la tragedia se cebó con la familia: sus tres hermanas pequeñas, Rosario, Lolita y Asunción murieron siendo niñas.
-Tú no, tú estás consagrado por la Virgen- le alentaba su madre.- Y para que venciera su timidez y se pusiera el mundo por montera, solía apostillar-: Vergüenza, solo para pecar, Josemaría.
Al quebrar el negocio de telas de su padre, su familia partió desde tierras oscenses hasta Logroño, donde su progenitor encontró un modesto trabajo de dependiente en una tienda. Allí, al joven Josemaría las huellas de un carmelita descalzo en la nieve le impactaron de tal modo que decidió hacerse sacerdote. Sin embargo, barruntaba que Dios quería algo más de él. Pero no sabía qué… Y eso le producía dudas, temores y desasosiego.
-Yo pedía y seguía pidiendo, como Bartimeo, el mendigo ciego de Jericó: Domine ut videam! ¡Señor, haz que yo vea!
Y lo que vio monseñor Escrivá fue la llamada universal a la santidad a través del tañido de las campanas de la lglesia de Nuestra Señora de los Ángeles festejando a su patrona. Fue el 2 octubre de 1928. Ese día decidió fundar el Opus Dei, dando un giro a la espiritualidad de los laicos. Su mensaje innovador, revolucionario, fue que en medio de las cosas materiales de la tierra, es donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a los hombres. Convertir lo prosaico y material en espiritual, o sea, transformar la materia en espíritu: el materialismo cristiano.
No solo sus incondicionales seguidores, cuantos le conocieron se sintieron imantados por su carisma, por su personalidad arrolladora, por su simpatía desbordante, por su ‘joie de vivre’.
El celebre neurólogo y psiquiatra austriaco Víktor Frankl, autor de ‘El hombre en busca de sentido’, superviviente de los campos de concentración nazis de Auschwitz y Dachau, tras pasar un rato conversando con él, afirmó: ‘Este hombre es una bomba atómica espiritual’. En todo caso, a uno le ha invadido la nostalgia al recordar aquel precioso artículo de Eugenio Montes, que yo leí en el Talgo, atravesando el árido paisaje de los Monegros, cuando era un estudiante de primero de Derecho con veleidades literarias. Entonces tenía todo el verano por delante, toda la vida por delante…
El 29 de agosto de ese mismo año, mi padre recibió la llamada telefónica de un familiar comunicándole que Natividad Zaro había muerto en una calle de Madrid atropellada por un coche. Desde entonces, Eugenio Montes, que tan unido estuvo a ella, no volvió a ser el mismo, llevando una suerte de existencia póstuma.
La última vez que lo vi -muy avejentado-, fue en enero del 82, en el funeral de mi padre, que se celebró en la Basílica de San Miguel.
Poco después, el 28 de octubre del mismo año, murió.
Miguel Espinosa García de Oteyza
Autor
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Miguel Espinosa García de Oteyza es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha desarrollado su actividad profesional en la Bolsa, la Banca y la Empresa.
Hijo del que fuera ministro de Hacienda de Franco, Juan José Espinosa San Martín, Miguel es también autor de tres libros. El más reciente, "Mi tío robó los diarios de Azaña y otras historias familiares".
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