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Lamento decirlo a tenor del reiterado comportamiento y el ejemplo mostrado. El fútbol, cuando se desprende de su dimensión deportiva, se convierte en el escaparate definitivo del carácter colectivo de una nación. Muestra sin filtros la ética, el respeto a la norma y la capacidad para encajar tanto la victoria como la derrota. Desgraciadamente, lo presenciado ante el mundo no es una excepción, sino el síntoma de una deriva histórica donde el fin justifica cualquier medio.
Los antecedentes, tanto en la política como en el deporte, resultan nefastos. Si en el ámbito civil el peronismo y el kirchnerismo lograron emerger lo más bajo y descarado del populismo, capaces de engañar y arruinar a todo un país con el aplauso complaciente de una masa anestesiada, el fútbol fanatizado ha seguido exactamente el mismo patrón: convertir la trampa en motivo de orgullo y la marrullería en épica nacional.
Para el fanatismo argentino poco importa la trampa si con ella se alcanza la copa. Sucedió con el mito de Diego Armando Maradona, quien aprovechó la ceguera arbitral para dar por bueno un gol flagrante con la mano. Lo verdaderamente indicativo no fue el engaño en sí, sino el regocijo posterior de todo un país que festejó la burla y la disfrazó de mesianismo bajo el concepto de «la mano de Dios». Lo que a cualquier otra nación le hubiese generado vergüenza ajena, allí se erigió como templo de la astucia.
No sigo habitualmente el fútbol, salvo cuando compite la Selección Española, por el mero disfrute de observar un objetivo común, noble y festivo entre aficionados. Sin embargo, en la reciente cita mundialista han bastado unos pocos minutos de juego para comprobar la inagotable ristra de fullería, provocaciones y juego sucio con la que el combinado argentino pretendió encaramarse a la cima. Frenar el ritmo del adversario a base de empujones fuera de lugar, buscar la simulación sistemática y engañar al arbitraje parecieron ser las consignas fundamentales.
Sorprende, y decepciona, ver a figuras como Lionel Messi, vendido durante años bajo la pátina de la moderación y la deportividad, comportarse en el terreno de juego como un auténtico truhán, participando de cuanta añagaza extraportiva estuvo a su alcance, muy lejos de la buena lid competitiva.
El resultado final de esta sobreexposición ante los ojos del mundo ha resucitado esa imagen amarga de un país que genera un rechazo casi universal: la fanfarronería, la incapacidad para saber ganar y la aún mayor incapacidad para aceptar la derrota con dignidad. El grotesco episodio de la recogida de firmas para repetir una final ya concluida roza el patetismo y retrata ese carácter intrínseco de querer imponerse por la fuerza de la rabieta si las reglas no acomodan sus deseos.
Solo las buenas personas que ostentan la nacionalidad argentina, aquellos ciudadanos íntegros que aman a su patria desde la autocrítica, pueden sentir hoy la amargura de ver cómo estas actitudes bochornosas manchan sus colores. Ni Maradona, quien ganó trampeando con el aplauso masivo, ni Messi, despojado de su disfraz de caballero, ni la hinchada fanática del mal ganar y peor perder benefician la imagen internacional de su país.
Argentina ha perdido una oportunidad de oro para reescribir su relato; a cambio, ha preferido convertir el juego en el triste reflejo de una decadencia moral. Pero siempre queda la oportunidad para la enmienda en otras ocasiones donde con una profunda reflexión nacional puede darse una imagen ejemplar si así se lo prpone.
RES NON VERBA.
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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