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En el tapiz que ornaba el salón de las Cortes de Cádiz que aprobaron la Constitución de 1812 había escritas dos palabras: Patria y Libertad. Por ese orden de prelación, porque esas dos palabras eran las que los españoles llevaban tatuadas, como runas ancestrales, en el alma de sus armas y en el corazón de su voluntad cuando se echaron al monte en 1808 para desencadenar la primera guerra revolucionaria de la Era Moderna: la Guerra de Guerrillas contra Napoleón.

Dos siglos después, los españoles se han dejado robar mansamente lo que sus tatarabuelos y sus abuelos defendieron bravamente en 1808 y en 1936: la Patria y la Libertad. La Constitución de 1978 se convirtió, desde su gestación, en el elemento disolvente de la Patria mediante un elemento sutil utilizado con calma y sin pausa para no provocar furias levantiscas, consistente en la contraposición antagónica de la conciencia democrática y la conciencia nacional. De tal manera que el patriotismo implícito en el linaje popular y explícito en las piedras de nuestra Historia, que se manifiesta espontáneamente en la conciencia nacional, individual y colectiva, es enemigo irreconciliable de la conciencia democrática. Tras medio siglo de administración de esta pócima, el pueblo español ha perdido la conciencia nacional. La Patria es hoy un arcaicismo y un anacronismo cuya defensa, en el mejor de los casos, está siempre envuelta en solapadas maniobras antidemocráticas.

A un pueblo sin conciencia nacional es fácil hurtarle la independencia de la Justicia, y así lo hicieron los socialistas mediada la década de los años ochenta. No hubo furia levantisca  porque el pueblo español ya estaba estabulado, domado y amaestrado en los rediles de la conciencia democrática como sanctasantórum de la política.

Sin Patria, sin conciencia nacional y sin independencia de la Justicia, faltaba el pingorote que remata el pastel totalitario, horneado por la izquierda y los separatistas y servido con diligencia por sus camareros de la derecha liberal: quitarle las muletas y la respiración asistida a la claudicante libertad. Con la Ley de Memoria Histórica y la más reciente y pujante Ley de Memoria Democrática, lo han conseguido, sin más furia levantisca que la de unos pocos guerrilleros que pronto, muy pronto, seremos civilmente exterminados, profesionalmente laminados y judicialmente castigados por proclamar que el 18 de julio de 1936, como en mayo de 1808, los españoles se echaron al monte, acaudillados por Francisco Franco, para recuperar la Patria y la Libertad robadas por la democracia y la justicia del Frente Popular.

Autor

Eduardo García Serrano
Eduardo García Serrano
Eduardo García Serrano es un periodista español de origen navarro, hijo del también periodista y escritor Rafael García Serrano. Fue director del programa Buenos días España en Radio Intereconomia, además de tertuliano habitual de El Gato al Agua en Intereconomia Televisión. Desde el 1 de Febrero del 2019 hasta el 20 de septiembre del 2023 fue Director de El Correo de España y de ÑTV España.
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