15/08/2026 06:22
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Siguiendo las directrices de la nueva Ley de Bienestar Animal, adopté una rata de alcantarilla a la que llamé Belarra, desconociendo si entraba en los supuestos de mascotas permitidas por el restrictivo marxismo cultural que emponzoña nuestro país.  Belarra me parecía un nombre acertado, aunque suena a otras cosas repulsivas por parecido silábico, pero repartidos a partes iguales los cariños por la nueva mascota y la repulsión por lo que representa,  no me resistí a la adopción aun ignorando a qué clase de multa estaba expuesto a cuenta de la especie protegida que, pese a sus demostrados perjuicios, está sobrealimentada y, si me permiten la metáfora, podemizada.

Además las ratas paren como lo que son, a cientos se multiplican, y con la nueva ley, redactada por vagos y maleantes que no han trabajado en su puñetera vida, las sanciones por especie preñada en un descuido decían ascender a 60.000 euros, como si fuese tan fácil ganar la pasta prostituyéndose en lo político y lo social y llegar a ostentar por la jeta vil un ministerio.

Qué mejor que un perro o un gato sino tener por mascota a mi rata Belarra. Cuidando así de que no pudiera reproducirse entre barrotes, me salía a cuenta pues si se me descuidaba una hembra de otra especie y se quedaba preñada, con las sanciones de estos roedores bolivarianos podían ventilarse cualquier economía, si no servían para el propósito los impuestos saqueados por una desquiciada verdulera del Isofotón.

Multas desorbitantes impuestas por criminales de baja estofa. Es lo que tiene robar a destajo desde chiringuitos ad hoc de las arcas públicas: que pierden la noción de la realidad quienes legislan a decretazos en esta granja que montó a su antojo, mientras durase el chollo parasitario, la chusma socialcomunista, hoy corrompida, como siempre, hasta el tuétano, aunque asida al poder delictivo como monos y pensando en asestar el golpe contra la democracia que les permita vivir como buitres con absoluta impunidad.

Esta nueva adquisición, la rata Belarra, hacía las delicias de mi tiempo libre pues además deseaba observar sus costumbres parásitas y depredadoras tal y como analizaba el nido bolivariano que se había convertido en la plaga de Galapagar. Con estos denuedos en pro de los derechos de los animales, por parte de asesinos de niños, quiero que conste cuál era mi interés en adoptar alimañas por si fuera posible convertirlas en mascotas inofensivas, tal y como sería si otras ratas humanas dejaran de pulular en el alcantarillado político para quedar recluidas en jaulas a la medida de una Justicia no intervenida; así quebrarlos el instinto carroñero y bolivariano.

Mi rata Belarra nunca fue en coche oficial ni está a sueldo corrupto de narcodictaduras; es refinada a diferencia de otras y si no enseña los incisivos hasta parece inofensiva, a pesar de esa mirada escrutadora y repugnantemente fría que poseen-mira qué casualidad- los mismos que legislan con imposición de mamarrachadas, arruinando a millones de hartos ciudadanos. Pero…

Lo cierto es que lavada la roedora, acicalada y perfumada con una apariencia de animal civilizado, estos últimos días parece descomponerse por una rabia interna con efluvios hediondos que enrarecen el espacio que ocupa y más allá, desgraciadamente, del que me gustaría que ocupase.

Me preocupa como añadido que últimamente mi apestosa rata-a decir verdad, por mucho que la lave siempre huele algo a roedor de tubería fecal-percibo unas estridencias sonoras que van más allá de sus chillidos amenazantes que daba por normales tratándose de un animal tan sui generis. Ya no disimula su agresividad y sus incisivos son mostrados con violencia indisimulada-acaso el estímulo de un instinto genético inevitable- en tanto se retuerce por no se sabe qué espasmos parecidos a los de los podemitas cuando ven amenazados sus privilegios apestosos después de rumiar en el engaño aquello de la lucha por la justicia social… mientras se atiborran de prebendas con la ayuda inestimable de los retorcidos gilipollas que los apoyan hasta pecuniariamente. Algo parecido veo en esos impulsos erráticos de mi rata aquejada por movimientos convulsos que si bien son serios para su salud mental, no deja de provocarme cierta hilaridad al verla tan ridícula y rebotarse contra los barrotes de su espacio sesgado y desvariado.

Pero se ha vuelto grotescamente peligrosa pues en su discurso de diario propio de una rata ya no disimula su condición depredadora, su toxicidad pese a mis cuidados por mantenerla civilizada, y sus paletas roen la celda con una torva expresión en la mirada gélida que me obliga a tomar precauciones más allá de mi ingenua empatía por mantenerla vivita y coleando sostenida por mis cuidados. Me dan ganas de sacarla y enviarla a la alcantarilla de la que procede y diluirla en la mierda donde se sienta tan a gusto y procurando que no suba por el alcantarillado a la superficie donde es una especie detestable y no apta para la convivencia con humanos.

Cuando una rata ataca hay que cuidarse mucho de que su dentellada pueda provocar daños irreversibles. Puede ser grotesca y ridícula pero es un germen tóxico por sí mismo. No me fio de sus ojillos saturados de rabia, no. Creo que me voy a deshacer de ella del mismo modo que habría que hacer con aquellos que emponzoñan la convivencia cuando han demostrado ser parásitos sin límites que siembran cizaña para pescar a río revuelto. ¿Si la tiro por el inodoro nadará hasta su hábitat natural sin posibilidad de retorno?
Ni qué decir tiene que mi rata no se trata de la ¿humana? que profirió un discurso de odio argumentando que hay que reventar a quienes no piensan ni parasitan como los de su cuerda. Ese tipo de depredación es más repugnante y seguro que hay cauces en el Estado de Derecho para que dementes de esta índole queden a buen recaudo; sometidas por el sentido común de quienes no dan crédito a que roedores de la política se expresen con semejante y acostumbrada, hasta ahora, impunidad.
Ignacio Fernández Candela

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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Crespo

No estoy de acuerdo con poner ese nombre a la rata. Me parece muy mal. Si ya de por sí estos roedores están muy mal vistos, con ese apelativo de Belarra quedan como auténticos y muy sucios seres despreciables. Hay que tener en cuenta de que las ratas intentan sobrevivir y, como animales irracionales, carecen de toda intencionalidad de hacer daño al ser humano y de actuar mal. Y, desafortunadamente, con el nombre «Belarra» de la rata, se le humaniza y presupone, no sólo ideas de pura supervivencia, sino de hacer daño y pegarse una buena vida a costa de los demás. Con alevosía y el mínimo esfuerzo. Como defensor de los animales, rogaría a D. Ignacio que no llamará así al pobre bicho.

Sr. Crespo, comprendo su parecer y lo comparto. Procuraremos no perjudicar el buen nombre, por agravio comparativo, del roedor.

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