02/04/2026 08:56

I

Con anticipación profética, y en su única “novela de aventuras”, La esfera y la cruz, Chesterton presenta una Gran Bretaña convertida en centro de reclusión psiquiátrica a cuyos internos se presupone la enfermedad mental mientras no demuestren lo contrario, bajo una legislación dictada por ambas Cámaras, con arreglo a la democracia “liberal”, en una sociedad que elimina a los “comedores improductivos” en aras del Bien común.

   —“Se acaba de promulgar una nueva ley que confiere a este asilo amplios poderes…. […] Bien —siguió diciendo el doctor Hutton tras una pausa—, […], hay un error común, consistente en considerar la insania mental como una mera excepción. La insania mental, por el contrario, es algo que informa la práctica totalidad  de los comportamientos humanos. De ahí que en adelante sea preciso que la gente demuestre, mediante la superación de nuestras pruebas, que está mentalmente sana… […]/

   —Y quiere decir también —prosiguió Turnbull en tono vibrante—, que dicho proyecto ha sido aprobado por una asamblea que se dice democrática…

   El doctor mostró toda su dentadura  con una gran sonrisa.

   —Bueno, la asamblea se intitula ahora mismo socialista —dijo—. Claro que nosotros hemos dejado bien claro que se trata de una cuestión científica, que debe ser conducida por científicos…”

      [G. K. CHESTERTON, La esfera y la cruz, Valdemar, 2009, pp. 314 y 315].

Instrumentalización, pues, de las convencionales democracias parlamentarias, por los CO₂  de  corporaciones del Poder financiero o empresarial —»la Farmafia» (que la llamo yo), por nombrar un ejemplo paradigmático—, según creemos muchos, cooptan a partidos políticos gubernamentales y/o de la oposición para imponer sus planes pseudocientíficos en nombre de comités de expertos.

Idéntico factótum al de la ingeniería social que hace el triaje de los ciudadanos votantes:

   —“El doctor Hertz ha convencido a todo el mundo —dijo el cicerone de Turnbull con voz complacida—, de que nada puede hacerse con los barrios más bajos. Todo el mundo acepta su celebrada máxima. Bueno, en realidad son tres máximas: nadie puede estar desempleado; empleemos a los susceptibles de ser empleados; destruyamos a los que no pueden ser empleados. […] —Un espléndido trabajo dijo el otro con la voz maravillada—“[CHESTERTON, ídem,  p. 286].

   —“¡La vida es sagrada, sí señor, claro que lo es! —exclamó con entusiasmo—. Por eso hay que reemplazar las vidas viejas, agostadas. ¡Unas buenas vidas que sustituyan a las malas! […] Habrá doradas muchachas y chicos sanos y vigorosos bajo el sol… […]” [CHESTERTON, ídem, p. 288].

  Nada que no estemos presenciando—a la vez que padeciendo—, un siglo después — la novela data de 1910— en una potencia pionera en el control de la población, mediante su reducción por eugenesia/eutanasia en “estado clínico permanente”, la psiquiatrización del pensamiento y la expresión disidente de la “corrección (mal llamada) política”  o la reescritura de la realidad pasada o presente mediante decretos de Memoria oficial:

   —“[…] Gracias a la ayuda de gentes como Mr. Turnbull, hemos podido llegar a la feliz conclusión de que la Crucifixión jamás tuvo lugar realmente. […] Ahí encontramos el modo en que se producían todas las supersticiones —siguió diciendo el director—, […] Más he aquí que llegados a este punto se produjo un hecho desgraciado, cual fue, como diría Mr. Turnbull, el de intentar galvanizar el cadáver de Cristo y darle así vida ficticia…” [CHESTERTON, ídem, p. 345].

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Todo ello, en virtud de una ideología calvinista secularizada que ha hecho extensivas la censura, la reducción de la humanidad y la selección de la especie en pro de los elegidos en NOMbre del Mammón de la anglo-esfera, al anglobalismo del cipayo Occidente.

En un relato de carácter alegórico encarnado en la trama narrativa, dos escoceses, el creyente católico Mr. Maclan, y un racionalista ateo, Mr. Turnbull, se enfrentan en un duelo a instancias del primero en defensa de la Virgen —vindicativa devoción del anglicano converso al catolicismo que fue el lúcido (amén de lucido) Chesterton— y que se va aplazando sucesivamente por voluntad del segundo como consecuencia de sucesivos encuentros y vicisitudes de la peripecia, para dar ambos con sus huesos en el citado manicomio, centro de “reeducación de la conducta” donde el ferviente religioso, en un particular elogio de la locura al que no es ajena la leyenda negra que le viene de origen —“La  Iglesia ha creado una locura de la que yo mismo soy partícipe. Yo soy la masacre de San Bartolomé, yo soy la Inquisición española. […] Así pues, ¿qué es más violento, el mundo o la Iglesia? […] El mundo, por sí solo, se desarrolla más salvajemente que cualesquiera creencias.” [pp. 336-337]—, y el incrédulo materialista—su certeza materialista vs. “los hechos constatables” [p. 354]— reconocerán su condición humana común —“Odiamos la muerte —dijo Turnbull con gran compostura—, pero mucho más les odiamos a ustedes. Esto es una Revolución triunfante“[p. 349]—, frente el satanismo deshumanizador del Mal que representa el cuadro médico del nosocomio:

“Tal hecho no fue otro que el del caso de ese excéntrico escocés que quiso batirse por la Virgen./ […] Intentamos por todos los medios, pues, contrarrestar esa reaccionaria consideración heroica. […] Investigamos, siempre bajo principios científicos, la historia en que podía basarse el reto de Maclan, y […] no es más que una fábula. Jamás hubo un reto. Jamás hubo un hombre que se apellidara Maclan. Toda esta historia no es más que un mito melodramático, como el del Calvario”[CHESTERTON, ídem,  pp. 345-6].

Una amenaza, pues, de carácter global que corona el plan nihilista de la posmodernidad con una estocada de muerte al toro de la tradición, si es que en el duelo entre el ser y la nada no venía ya la cultura del derecho natural herida por banderillas y rejones del racionalismo ilustrado de la modernidad —y sus correlatos liberalismo y marxismo—.

                                                            II

Y a ese mundo de ayer (acuñado en sus memorias por Stefan Zweig), en que aún perviven los principios y virtudes del espíritu humano —del honor y la palabra, el sentido del deber, el valor y la fe en la Causa, siquiera sea en un Emperador— y sobre los que pende la espada del materialismo liberal y marximalista, pareciera apelar, no sin escéptica ironía, otro duelo narrativo, del escritor británico de adopción Joseph Conrad, Los dualistas (1907),  sólo tres años anterior a La esfera y la cruz y al que Chesterton acaso diera la réplica con su irónico desengaño del triunfo de la esfera mundana sobre la cruz.

“Basado en hechos históricos” —es marchamo de verosimilitud con que el Mercado pregona hoy en día la garantía de una ficción—, Los duelistas cuenta la peripecia por toda Europa, ida a Rusia y vuelta, de dos oficiales bonapartistas, el impulsivo Feraud, gran tirador de origen humilde, y  D’ Hubert, barón y buen estratega, enfrentados a instancias del primero por un presunto agravio en el salón una dama —esa secularización de la herejía que fuera en Occitania el Amor-pasión y su culto a la Dama como contrafigura de Nuestra Señora la Virgen—, enrolados en su particular guerra individual entre la omnipresencia de la muerte, hasta descubrir tras la caída del Emperador que, más allá de su rivalidad personal, los une una lealtad común a Bonaparte, hijo de la Revolución Francesa ¿liberal-socialista? exaltado al poder imperial del Estado-nación, en su idolatría del humano príncipe de la “esfera”—, hasta el punto de que el racionalista y ya general D’Hubert salvará de la purga del camaleónico y luciferino Fouché al también general Feraud, con quien se batirá en un último combate que legitime vencer sin matar a su rival, recompensado por el amor que, merced a su calculada victoria —tras arriesgar el conyugal ágape cristiano—, descubrirá en su prometida de una boda de conveniencia.

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                                                         y III

Los sables—y en el último duelo, las  pistolas—del pendenciero Feraud y el juicioso D’Hubert se cruzan en una premeditada paz honrosa al final de la escapada—“Ahora no tendrá más duelos”; “Por todas las reglas del combate individual su vida me pertenece” y “a sangre fría procedía a humillar con un espectáculo de generosidad a este ser irracional […], un camarada en las maravillas y terrores de la gran épica militar”; “Está obligado por su honor hasta que yo diga una palabra”; “Mi querida, […] Debemos hacernos cargo de él secretamente, hasta el final de sus días. ¿No le debo el momento más extático de mi vida?”[J. CONRAD, Los duelistas, Losada, 2020, pp. 139, 140 y 151]—.

Y poco después  se entrecruzarán en la Paz los sables de Mr. Maclan y Mr. Turnbull, confirmando que, Más Allá de esa esfera del reloj del mundo terrenal —esfera temporal—, tras la prolongada espera se alza la Cruz en las altas esferas celestes/celestiales:

“[Maclan] Echó un vistazo a su alrededor, cuando el fuego comenzó a consumirse, y vio dos cosas que brillaban entre sus cenizas, dos de las pocas cosas que habían resistido a las llamas, su espada y la de Turnbull. Caídas, hacían ambas la forma de la cruz”   [CHESTERTON, ídem, p. 355].

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