15/08/2026 06:27

¿Un futuro sin trabajo? Así es como la IA promete enriquecer a unos pocos mientras empobrece a millones, según el «Padrino de la IA»

  • Geoffrey Hinton rompe el silencio: la IA no es el verdadero enemigo, es el capitalismo…

Geoffrey Hinton, conocido como el «Padrino de la IA», advierte de que la IA transformará radicalmente la economía y el empleo. Aunque reconoce su enorme potencial en áreas como la medicina y la educación, alerta de que, bajo el sistema capitalista, las empresas usarán la IA para reemplazar trabajadores, generando desempleo masivo y mayor desigualdad.

Roman Yampolskiy predice que el 99% de la humanidad podría quedar sin empleo en 2030, mientras líderes como Bill Gates, Dario Amodei y Jensen Huang también anticipan cambios drásticos en el mercado laboral. Además, Hinton señala riesgos de seguridad, como el posible uso de IA para bioweapons, y critica la falta de regulaciones sólidas. El futuro, advierte, puede ser brillante o catastrófico.

PELIGROS DE LA IA
No es culpa de la IA, es culpa del sistema capitalista». El «Padrino de la IA» advierte cómo la tecnología eliminará empleos, pero aumentará las ganancias

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Mientras los siniestros y satanistas dueños de la banca usurera manden en todo (FMI, ONU, UE, incluso en»nuestros» políticos parlamentarios) no tendremos futuro sino el genocidio que ya nos han anunciado sus voceros y sicarios (Bill Gates, Cristine Lagarde, Harari, Schwabb, Rothshild…)

Hakenkreuz

Cuando la revolución industrial trajo innovaciones que fueron mejoradas con la aplicación de la máquina de vapor, los luditas temían que en Inglaterra no quedaría trabajo en fábrica alguna. Sin duda, la máquina de vapor multiplicó la productividad de los viejos telares manuales y supuso una drástica reducción del empleo en la industria textil.
Pero esas máquinas de vapor, inexistentes anteriormente, dieron empleo a más de 2 trabajadores, con mejor salario real y menos horas trabajadas, por cada trabajador que desapareció de la industria textil o de cualquier otra industria en la que el vapor pasó a sustituir a la fuerza humana como energía para producir. No solo desapareció el trabajo, sino que se multiplicó y alimentó a cada vez más bocas.
El problema que surgió en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVII no fue económico o laboral, sino espiritual.

Cuando surgió el motor de explosión a finales del siglo XIX, alimentado con petróleo refinado, y con él los primeros vehículos, tractores y cosechadoras incluidos, fueron incontables los agoreros de la catástrofe laboral irreparable que ese motor de explosión traería para millones de transportistas, fabricantes de carruajes, criadores de caballos, labriegos, peones, etc. Poco menos que era el fin del trabajo manual. Pues bien, el automóvil, el tractor y la cosechadora, han logrado minimizar el tiempo de transporte (incluso de urgencias a un hospital con un herido grave), la fatiga y el tiempo de las tareas agrícolas y la recogida de cosechas. Y el diseño, la probatura y experimentación, la investigación y el desarrollo, la fabricación de miles y miles de piezas, el ensamblaje, la prueba, la comercialización, las reparaciones, el mantenimiento, la industria petrolera y de combustibles, incontables lugares de extracción minera, etc., han multiplicado el trabajo que esas máquinas han ahorrado, pero, además, han traído trabajos mejor retribuidos en términos de salario real y de productividad, menos fatigosos, permitiendo reducir paulatinamente la jornada laboral sin merma del bien del trabajador y han permitido a cada vez más agricultores y ciudadanos adquirir esas mismas innovaciones para transporte y faenas agrícolas.
El problema seguía sin ser económico o laboral, sino espiritual, de falta de fe creciente.

Cuando el uso de la electricidad se generalizó desde finales del siglo XIX y comenzaron a surgir usos de la electricidad al margen de la iluminación, incontables personas que trabajaban en tareas de servicio personal en hogares dejaron sus puestos de trabajo a los electrodomésticos que rebajaron la carga de trabajo de los hogares, la fatiga de las tareas mientras cada vez más hogares accedían a ellos, pues las fábricas aplicaron también la electricidad para mover incontables máquinas necesarias para dar forma a piezas con las que construir incontables bienes de consumo, por cierto, ahorrando también mucho trabajo manual. No obstante, esos electrodomésticos y esas máquinas adaptadas para trabajar con electricidad y no con carbón, multiplicaron por 2 el empleo que se había perdido como consecuencia de la irrupción de la electricidad, tan ampliamente lamentado como el fin del mundo laboral. NO solo NO desapareció el trabajo, NO, sino que se multiplicó, se hizo menos fatigoso y el salario en términos reales, el que realmente cuenta, no dejó de subir, lo que permitió a los hogares, incluso a los humildes, acceder al bienes antes inimaginables. La prosperidad aumentó con la electricidad, además de los trabajos menos penosos y los salarios en términos reales, a pesar de todas las falsas profecías del fin del trabajo.
El problema seguía siendo no económico, sino moral o espiritual. Todo el mundo sabe que es así, aunque lo silencie.

Cuando surgió la computadora y la informática a finales de los años cincuenta del siglo XX, haciendo posible el procesamiento cada vez más rápido de la información, el trazado de planos de ingeniería de todo tipo más preciso y rápido y una comunicación más rápida y fiable, incontables ingenieros, arquitectos, matemáticos, científicos, que no solo obreros, se llevaron las manos a la cabeza previendo el apocalipsis laboral por paro masivo debido a esas odiosas máquinas. El ordenador o computadora suprimiría todos los trabajos y sustituiría al hombre en todas las ocupaciones. Pero los ordenadores deben ser diseñados, probados, fabricados, vendidos, mejorados, adaptados, mantenidos, reparados, etc. Y todo ese proceso multiplicó el número de empleos que las computadoras habían ahorrado, solo que ahora obreros e ingenieros, arquitectos, matemáticos, científicos, multiplicaron su productividad y su salario real, ahorraron un tiempo enorme en su labor y disfrutaron de más y mejores puestos de trabajo, orientándose más el trabajo hacia la creatividad que hacia la operación repetitiva y tediosa.
El problema moral o espiritual, que por supuesto no es económico, por mucho que se insista en ello, se agravó sobre manera. ¿Culpa de los ordenadores? Pues NO, culpa de la creciente soberbia y rechazo a Dios.

Hoy surge la IA (Inteligencia Artificial), una herramienta informática (no se olvide esto) capaz de buscar de modo casi instantáneo toda la información relevante de miles o millones de bases de datos para el uso que se le quiera dar, y para que adopte la mejor decisión dada la información, una nueva tecnología punta que podría tener un sinfín de excelentes aplicaciones: si se aplicase a robots para la construcción, abaratarían enormemente la construcción de viviendas amplias, con excelentes materiales, excelentemente dotadas y sin defectos de construcción. Si se aplicase al diagnóstico médico podría reducir a cero los errores por negligencia médica o por fatiga del profesional de la medicina, podría establecer el tratamiento adecuado individualizado a cada tipo de paciente y podría mejorar la salud corporal de muchas personas, qué duda cabe. Si se aplicase a los juzgados, sin ser posible en modo alguno que resolviese los casos más complicados, podría reducir los casos más sencillos, los trámites más demandados, podría examinar la evidencia mucho más rápidamente y acelerar el proceso judicial para la inmensa mayoría de los casos. Y, así, un montón más de aplicaciones beneficiosas, permitiendo, como toda otra innovación beneficiosa, orientar los recursos, humanos y materiales, a otras ocupaciones más productivas y beneficiosas, que no faltarán nunca.
Lo malo es que el problema que ya no es problema sino puertas del infierno, o dicho de otro modo, socialismo, y no tiene origen en sí en lo económico y laboral, como nunca lo fue, sino en lo espiritual, en el rechazo a Dios y en la generalización de la mentira, el engaño, la hipocresía y la maldad:

Ahora sí que se utilizaría el vapor en motores de hidrógeno para limitar coactiva y dictatorialmente la movilidad de la población en su automóvil de gasolina o gasoil so pretexto embustero y totalitario de «proteger el medio ambiente». Problema moral o espiritual.
Ahora sí que se utiliza el motor de explosión y de combustión para los tiranos mientras se prohíbe al resto de la población con el vano y embustero pretexto de «reducir emisiones de CO2» (con la excepción de la de China y demás países socialistas, que esos están exentos de toda exigencia «verde» internacional).
Ahora sí que se utiliza la electricidad como pretexto para robar miles de millones de euros para las «energías renovables», una macro estafa de ladrones fiscales en beneficio de los poderosos políticos y sus vendidos votantes, para poner todo tipo de trabas al resto de la población y hacerles así la vida imposible, por medio de apagones incluidos.
Ahora sí se utiliza la computadora, el internet y la informática para revelar todo tipo de datos personales para dañar reputaciones, incluso el de los poderosos, no digamos ya el de los humildes (y ello mientras Dios no haga valer el que no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, quiera Dios que sea pronto), que no tienen a salvo ni sus datos médicos o de hacienda, para hacerles la vida imposible por medio de chantajes, señalarles para que la cheka sepa dónde tiene que enviar a sus milicianos y para asesinar física o socialmente, para elaborar listas rojas de no socialistas y futuros inquilinos del gulag o de las fosas tipo Katyn o Paracuellos. Ahora se usa la computadora para espiar industrialmente, robar innovaciones industriales, implantar un inmisericorde estado de ladrones fiscal que no perdona nada a nadie, espiar hogares, propagar datos de hacienda pública por intereses políticos o empresariales y para chantajear a poderosos y que la gente se creyó eso de la «protección de datos» (menudo escándalo de engaño mundial), para emitir imágenes pervertidas de clientes poderosos de saunas de violadores de menores o de homosexuales pervertidos violadores de niños y niñas en burdeles de poderosos políticos, o para propagar bulos rojos contra la Iglesia por escándalos de sus miembros infiltrados en ella y bulos de mercaderes, o para propagar a los más débiles mentales o a los que no saben discernir la nieve del carbón lo malo que es Hitler y Franco y lo bueno que es Stalin y los que le llevaron a extender su peste roja mortal para toda alma por toda la tierra, de modo manifiesto o disimulado. Ahora las computadoras se emplean para engañar como el demonio engañó a Eva y ésta a Adán…

El problema no es la IA, como no lo fue la máquina de vapor, el motor de combustión, la electricidad, la informática y tantas innovaciones. El problema es el rechazo a Dios generalizado, que lleva a cada vez más a hacer un uso diabólico de todo ello. Y así, ¿de qué sirve el trabajo, sin no hay trabajo que no sea para gozo del demonio?
¿Existe algún trabajo honrado hoy día, alguno que no ofenda a Dios Nuestro Señor, a Nuestro Señor Jesucristo o resulta que es verdad aquello de que los buenos serán suprimidos?

Hakenkreuz

Lo que debe prevalecer es la Voluntad Santísima de Dios, que es el «ganarás el pan con el sudor de tu rostro» y aquello de que quien no trabaja, que no coma. NO se puede vivir robando ni ser un parásito, un vago o una persona que esclavice a otros para poder vivir, que se aproveche de otros para vivir, pudiendo perfectamente trabajar. Evidentemente, los ancianos, las personas incapacitadas por enfermedad o cualquier otra causa y los niños y niñas quedan excluidos de esa categoría, como toda persona cabal entiende bien. Todo el que puede trabajar ha de hacerlo, pues está dotado de algún don para ello, incluso predicando, pues el principal mandato de Dios es predicar la Buena Nueva a toda criatura y no hay trabajo que de más gloria a Dios mismo. Por eso un medio digital, como éste, aunque censure estos comentarios con ignorancia o maldad, ante Dios responderán sin ninguna duda, es ideal para propagar el amor debido a Dios, que se siente presente en los pequeños, no en los poderosos, pues Él nos amó hasta el punto de morir en la Cruz por todos nosotros.
Eso sí, privar de trabajo remunerado, y por lo tanto de pan al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo, etc., negarse a realizar obras de misericordia, es infernal, algo propio de malditos y de futuros inquilinos del infierno como bien establece lo que el Señor enseña del Juicio Final a las naciones. Y de nada vale eso que por desgracia hacen mucho políticos, empresarios, sindicalistas y otros trabajadores, todos enemigos encendidos de Dios, de dar una palabra de ánimo al desempleado a seguir sin ofrecer empleo alguno, a que coma, beba, vista y se divierta, al que quiere trabajar por un salario y de modo honrado y no se le da la más mínima oportunidad de hacerlo, como nos advirtió el Apóstol Santiago de muchos que pudiendo hacer caridad no la hacían, pero animaban a los pobres de palabra. No escaparán de la mano de Dios Todopoderoso estos enemigos de Jesucristo, pues para Dios nada de esto pasa desapercibido. Luego dirán aquello de «¿cuándo te vimos hambriento, sediento, desnudo, etc., y no te asistimos, Señor?».

Por otra parte, la caridad es lo primero. Si cualquier persona omite ser caritativo con cualquier necesitado, de su propia familia o de cualquier otra persona, incluso un enemigo personal, no podrá tener Misericordia de Dios y se buscará la ruina eterna en el infierno, por muy poderoso que en esta vida terrenal sea. No hay prohibición en lugar alguno para la caridad. Y si la caridad cuesta la vida por practicarla, el premio del martirio es el Reino de Dios, frente al infierno eterno del que ya tantos santos y santas nos han advertido a lo largo de la historia.
La caridad es propia de criaturas de Dios, que no de los Estados. Un Estado, Reino o República, no son caritativos ni lo pueden ser, pues no son criaturas de Dios hechas a su imagen y semejanza, sino obras de hombres. No se puede delegar la caridad en un poder impersonal como es el Estado. Eso es exactamente lo que significa «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Tratar de delegar la caridad en los Estados es precisamente lo que predicaban los escribas y fariseos hipócritas, es el famoso reproche del Señor al korban con el que se excusaban para no auxiliar a los padres, vulnerando el cuarto mandamiento de Dios. La caridad es personal, no algo abstracto propio de leyes o preceptos de hombres. Nace del corazón y halla su raíz en Dios mismo, fuente del amor o caridad. El Estado no tiene corazón ni parte alguna con Dios Nuestro Señor Todopoderoso. El Estado es mortal, desaparecerá por mucha idolatría que por él sientan los idólatras de la política de cualquier signo. No hay Estado que prevalezca mucho tiempo. Es un anatema, un engaño herético o diabólico enseñar que el Estado es el que tiene que practicar la caridad por medio de sus gobernantes políticos. Por desgracia, son miles de millones de hombres y mujeres los que caen cada día en ese engaño de satanás. Incluso los prelados de la Santa Iglesia Católica Apostólica, la del Señor y san Pedro, han caído en ese engaño.

Ahora bien, ¿qué trabajo hay que aceptar que no ofenda a Dios y que le de gloria?

Hay tres grandes grupos de trabajadores:

1- Los empresarios, autónomos, emprendedores o profesionales privados. Poseen una empresa o negocio y dependen de la clientela para poder mantenerse. Si la clientela es grande y fiel, el negocio prosperará o se mantendrá con beneficios, siempre fluctuantes con posibilidad de resultados adversos no previstos, como «las espinas y abrojos» de las cosechas ciertos años. De lo contrario, de tener poca o decreciente clientela, la probabilidad de desaparición de la empresa o negocio aumentará. La inmensísima mayoría de negocios o empresas privadas han desaparecido. Las que hoy existen, tienen fecha indeterminada de desaparición, pero no van a ser milenarias en absoluto. Lo normal es que, como las personas mueren, las empresas que tienen cierto éxito, desaparezcan por ruina antes o después. Nada hay de estable en la vida de cualquier empresa, aunque todo el mundo busque vanamente la «estabilidad», puro engaño.
Pueden actuar los empresarios individualmente o asociarse en sociedades de capital y pueden tener hasta millones de empleados, caso de las multinacionales. Pero la fortuna de los más acaudalados fluctúa fuertemente en cuestión de días y ello da la verdadera imagen de lo efímero del éxito empresarial. La verdad es que nada sucede sin que Dios no lo permita para el fin que lo permita. Nadie es empresario «porque lo vale». Cada empresa, aunque no lo sepa, depende de Dios hasta en los más mínimos detalles, por mucho mérito que se quiera atribuir.

2- Asalariados. Es el grupo más mayoritario de trabajadores. El ser asalariado es una forma muy ligera de ser esclavo, pues el asalariado no toma apenas decisión alguna en el lugar en el que trabaja, al menos las decisiones más importantes, y su trabajo depende mucho menos de él que el del empresario. Es el conjunto de sujetos que viven de un sueldo o nómina o por cuenta ajena. Pueden trabajar para entidades privadas o públicas y los niveles salariales y de puestos de trabajo son incontables. Pero lo esencial es que el asalariado vive sujeto a uno o varios jefes que determinan sus tareas, su puesto, su futuro laboral en la empresa, etc. El asalariado, de algún modo, renuncia a horas de libertad a cambio de un salario y está sometido a la misma ley de las «espinas y abrojos» que todo empresario privado (menos el público), es decir, al despido, procedente o improcedente, justo o injusto según valoración subjetiva. El asalariado no suele ser consciente de ello y es el que más reclama «estabilidad» en el empleo o empleo «fijo».

3- Los funcionarios. Son los empleados de las Administraciones y Organismos Públicos. Su acceso a la función pública debería ser por proceso oposición ecuánime en el que demuestre especial destreza sobre los otros aspirantes para ocupar el puesto que ocupa. El funcionario es así de carrera o bien interino o bien ocupa un puesto por nepotismo político o por cualquier otro privilegio político.

Empezando por éstos últimos, los funcionarios son absolutamente imprescindibles: militares, policías, guardias civiles, personal de educación pública (no estrictamente necesarios, pues la educación puede ser enteramente privada), personal sanitario (idem del caso anterior, incluso para la totalidad de la población y sin un coste mayor), jueces y personal jurídico, personal de obras públicas, infraestructuras, equipamiento público, etc., personal para el cuidado del patrimonio civil, natural, etc., personal de administración y estadísticas, etc.
Los funcionarios son asalariados del sector público, que se financia con precios, tasas públicas y beneficios de empresas públicas, menormente. El grueso de la financiación viene del robo o esclavitud económica: los impuestos, que son transferencias coactivas (no voluntarias o responsables) en favor del sector público (Estado, Auntonomías, Diputaciones y Ayuntamientos, además de la Seguridad Social). Los impuestos son una forma de esclavitud aún no extinguida y sí muy generalizada y creciente, especialmente desde el siglo liberal, el siglo XIX, el de los Estados modernos. Los impuestos fueron la causa principal de la destrucción de la civilización romana, la causa de innumerables guerras civiles en la Edad Media, en la que la presión fiscal era exigua en comparación a la actual (menos del 1% de la renta de las familias, y la mayoría en tasas para acudir a los mercados, portazgos, alcabalas, etc.). Los impuestos han dividido más el mundo que la famosa torre de Babel. De hecho, la fragmentación territorial del mundo ha tenido más que ver con el robo creciente de los impuestos que con ninguna otra causa. Por los impuestos se han deshecho naciones enteras, han surgido guerras y sangre por mares y se ha dilapidado todo tipo de herencia y tesoro pasado. El impuesto es una cadena de opresión sangrienta sobre la humanidad entera. Es el yugo que impide la libertad de la humanidad en beneficio de la libertad de los malvados que los fijan y viven de ellos.
A todo esto hay que resaltar enormemente que los impuestos generan la más potente desigualdad entre ricos y pobres. El sistema fiscal actual hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, pues desincentiva los trabajos peor retribuidos y el fenómeno fiscal que bien conoce todo economista de la traslación, asegura que son los pobres los que soportan realmente los impuestos, nunca los ricos, que tienen muchos más medios para eludirlos y evadirlos, aparte de que son los ricos los que de siempre han establecido en todo lugar y nación los impuestos. Los pobres jamás establecieron impuesto alguno ni pudieron soñar con hacerlo, salvo cuando se convirtieron en ricos y opresores. Los impuestos desincentivan todo tipo de esfuerzo, emprendimiento, innovación, prosperidad individual, iniciativa, desincentivan que las personas puedan poner en uso los dones que Dios les ha otorgado. Los impuestos son esclavitud y son propios de enemigos de Dios, al modo que en el pasado se masacraba a los profetas y a los sabios. Así masacran a los pobres los impuestos.

Siendo los funcionarios absolutamente necesarios y siendo muchos de ellos excelentes trabajadores que deberían cobrar más de lo que cobran, su sueldo no debería depender del robo, sino de las aportaciones voluntarias y responsables de la población en su conjunto, por agregación de donaciones (los presupuestos deberían fijarse por toda la población según partidas a elegir por los donantes). Siempre es mejor que un funcionario gane 3000 euros al mes de dinero donado por toda la población, a que gane 2500 de dinero robado con los impuestos.
Si un católico trabaja de funcionario, y, como consecuencia, es perfectamente consciente de que es pagado, independientemente de su honradez y excelente labor, con dinero robado, es responsable ante Dios de todas las desgracias que los impuestos acarrean a los que los padecen.

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