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Si no eran pocos los problemas y preocupaciones que teníamos con el actual Gobierno, ahora resulta que faltan miles de dosis de las vacunas y el Ministerio de Sanidad no sabe cómo cuadrar los números, ni decir cómo se han extraviado o quién se ha apropiado de ellas. Dudas, más dudas y fundadas sospechas.
Al parecer, la Comisión Europea no lo ha pasado por alto y llamará a capítulo a Carolina Darias. Quiere saber si también hay corrupción con las vacunas que envía Europa. De la misma forma que no cuadran las dosis desaparecidas con los informes del Ministerio de Sanidad, tampoco se conoce a todos los ‘vacunajetas’ que se han saltado el protocolo a la torera y han hecho de la picaresca y el abuso su vacunación.
Algunos datos se van conociendo: a las Fuerzas Armadas se ha proporcionado varios miles de dosis, pero muy lejos de las cantidades que dice Sanidad. Mentiras, abuso, latrocinio, presunto estraperlo…. Tenemos de todo. Mientras no cuadren los datos, tenemos derecho a pensar que ha habido corrupción o tal vez enriquecimiento ilícito de miserables que entienden el protocolo de las vacunas como “Yo tengo más valor que tú y hago cuanto me place a espaldas del país”. Eso demuestra que las castas siguen existiendo.
Desde que surgieron como hongos los ‘vacunajetas’ tenía que haber actuado la Fiscalía: no sé si la Fiscalía General del Estado o la de Anticorrupción. No deja de ser un desprecio y, en algunos países como Perú, un delito contra la Administración Pública. ¿Por qué Perú? Pues porque también allí surgió un ejército de ‘vacunajetas’, lo mismo que en España y en Argentina. Lo de este último país ha sido un escándalo en toda regla y un desproporcionado desprecio a la población.
No hay que ser un lince para saber que, cuando una persona se aprovecha de su cargo para sacar alguna ventaja o beneficio de cualquier tipo, es un acto de corrupción. Este tipo de ‘aprovechateguis’, que se montan sobre el protocolo y se aprovechan de la desgracia de los demás, son indignos de convivir en sociedad y de recibir los servicios de un Estado. Desde mi punto de vista, vacunarse de espaldas al resto de la población supone una clara despreocupación por gobernar para el bien público.
Es doloroso comprobar cómo se han dado casos de ‘vacunajetas’ en casi todas comunidades autónomas y éstas se lo han tomado como una anécdota o como un acto de picaresca. La situación se ha dado porque al principio no existía un plan claro y negociado del Gobierno con las CC.AA. Tan sólo se había planificado la prioridad de mayores y grupos de especial riesgo. Como de costumbre, la casa a medio barrer.
Ninguna comunidad respondió al Gobierno sobre qué medidas había adoptado para evitar tales chanchullos, aunque la comunidad valenciana sí se planteó no vacunar con la segunda dosis a los corrompidos pícaros, no sin controversia de posiciones al respecto. Lo mismo da mirar hacia Murcia que a Castilla y León, Rioja, Baleares, Andalucía, Cantabria, Asturias, Extremadura, Canarias, Aragón, Galicia… En algunas aún no se han destapado más casos, pero saldrán. Al tiempo.
Alcaldes, funcionarios, consejeros, sindicalistas, sanitarios jubilados, altos cargos de las autonomías, gerentes hospitalarios, concejales, dignatarios de la jerarquía eclesiástica, fiscales, parientes y amigos de trabajadores de residencias de ancianos, entre otros, se han pasado por el ‘arco del triunfo’ a los grupos preestablecidos como prioritarios por el Ministerio de Sanidad. Unos han dimitido, otros no, a pesar de haberse aprovechado de un bien ajeno. Eso sí, todos los irresponsables y egoístas han justificado a su manera por qué lo hicieron.
Sanidad nos debe una explicación convincente y, mientras no lo haga, podremos pensar que lo hicieron desde el aprovechamiento del cargo, el egoísmo personal de la clase política, la corrupción que parece ser inherente al cargo público o porque alguien de más arriba se lo consintió. Por cierto, ¿cuántos diputados y senadores callan porque también fueron vacunados a destiempo, lejos del protocolo y saltándose el calendario establecido? Saldrán, no lo duden.
¡Lagarto, lagarto, dime la verdad o te parto por la mitad! Tranquilos que tan sólo era un dicho que los escolares cantaban en Castilla la Vieja cuando, llegada la época de la siega, jugaban con las espigas.
Autor

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Jesús Salamanca Alonso nació en Arrabal de Portillo (Valladolid). Maestro. Licenciado en Historia por la UNED. Realiza el doctorado sobre "La cuestión Iglesia-Estado: impacto y reacción en Valladolid durante la Segunda República". Editor de Análisis en Clave Liberal. Analista político, dedicado a la investigación sobre terrorismo, política y educación. Articulista desde hace veinte años. Colabora en Diario Siglo XXI, El Mundo-Diario de Valladolid, El Mundo-La Crónica de León, Diario Directo, Minuto Digital, Análisis Digital, Asturias Liberal, España Liberal, Foro Liberal, Castilla y León Liberal y Diario Liberal, entre otros. También colabora como firma invitada en Batiburrillo. Durante años ha colaborado en El Norte de Castilla, Escuela Española, Magisterio y diversas revistas locales, sindicales y de opinión.
Ha trabajado en la Obra de Protección de Menores, CENEBAD, Técnico Asesor en la Consejería de Educación de CyL, Asesor Técnico docente en la Dirección Provincial de Educación, sindicalista... Actualmente, además de numerosas colaboraciones diarias en medios de comunicación escritos, trabaja como profesor y director de Centro de EPA.
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