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Tanto el moralista como el verdadero líder saben que en la economía y en la religión está la explicación de la historia; pero, sobre todo, en el corazón de quienes las promueven. Y, por supuesto, en la intervención continua y ordenadora de la Providencia. Saben, así mismo, que frente a las pantallas de los televisores y en el interior de los megacentros comerciales o templos del consumo se halla el cadáver de la sociedad actual (la sociedad disociada, descompuesta) esperando a que le hagan la autopsia.

Los enemigos de la ortodoxia, de las leyes naturales, de la verdad y de la razón son cada vez más fuertes y numerosos, más diversos, más audaces. Y están, además, apoyados por los gobiernos y por la opinión. De ahí que el líder y el moralista se vean obligados a aumentar su severidad y su disciplina.

En el nuevo ambiente social que respira la época, no sólo se hallan acentuados y ampliados todos los errores y los vicios ya conocidos de la naturaleza humana, sino que no dejamos de descubrir variedades ignoradas u olvidadas de bajeza, insolencia y futilidad. Políticos, cortesanos, intelectuales, financieros, faccionarios y plebeyos, todos desfilan ante la mirada escrutadora que analiza y clasifica.

La escritura moralista, desdeñosa de los errores y de los vicios, alejada de las ideas generales y de los lugares comunes, no elude las sutilezas ni los análisis psicológicos, tan estimados siempre desde los tiempos barrocos. Esa escritura o esa mirada trata de advertir a la ciudadanía decente del peligro que conllevan -en esa diversidad de individuos corruptos y pervertidos- aquellos caracteres más típicos o dominantes. Los que tienen en su mano -como amos o como esbirros- los procedimientos y las estrategias del nuevo orden mundial.

En el revuelto y dramático espectáculo que se le ofrece, el moralista desempeña también un papel de actor, pero subalterno. Deberá reprobar las fantasías de los nuevos demiurgos y de sus mandarines, experimentar el desdén contra la plebe y contra las elites oligárquicas, incluso la sátira o la acusación de grandes y pequeños; impedir que se zahiera el mérito personal, la probidad y la excelencia, y no callar nunca tampoco ante la estupidez. El moralista, sorteando insidias, vejaciones y ultrajes, ha de luchar para tener la última palabra ante el futuro.

Por su parte, el verdadero líder ha de exponer a la plena luz del sol todo aquello que los políticos venales y democráticos ocultan. Su acento y su palabra, en una época perversa y desnaturalizadora, deben ser muy poco comunes. Y su primer empeño debe consistir en que la mala conciencia social comience a darse cuenta de sí misma. Porque sobre una sociedad sin conciencia social ni civismo, es imposible edificar.

Debe dirigirse a las multitudes con duras reflexiones sobre la comedia democrática, sobre la cobardía de la opinión, sobre las guerras injustas, sobre el endiosamiento de los plutócratas y sobre el sectarismo partidocrático. Sin olvidarse de los lóbis abusivos, de las rivalidades y divisiones de clanes, facciones, grupos y autonomías; ni de toda la mezquindad pululante del hormiguero humano, que se agrava en tiempos corrompidos y sin autoridad.

El líder y el moralista han de atreverse a desacralizar ciertas instituciones que si antaño fueron sagradas hoy son disolutas; así como a sobresalir en la percepción del detalle visible, del signo exterior, indagar el trasfondo del hombre hasta el extremo de llegar más lejos que el psicólogo que cree alcanzar directamente los movimientos del alma. Su optimismo, por otra parte, nunca puede ser pueril ni demagógico. Ha de provenir, por lo demás, de ese pesimismo lúcido que tiene su origen en el idealismo decepcionado.

Y también conviene que, en su inventario de las miserias humanas, guarde una cierta contención. Que la amargura y la indignación, por lógicas y justificadas que sean, no los arrastren a la caricatura ni al desequilibrio. Su mirada ha te tener la justa ira que les permita ver claro, y su tono de voz el ligero temblor y la genuina emoción que les permita ser convincentes.

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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