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El Rey debería haber suspendido sus vacaciones si se informase de verdad sobre las consecuencias del asalto a Ceuta y Melilla. Una brecha de seguridad inconmensurable que los causantes tildan de normalizada, quizá a la espera taimada de otro golpe convenido. Toda España está pendiente de las actuaciones de la Corona. Siempre hay un tiempo decisivo para tomar decisiones, si hay acierto para tomarlas a tiempo. Después puede ser demasiado tarde para recuperar la crfedibilidad perdida en momentos culminantes no atendidos.
Si se produce la segunda invasión temida de Ceuta y Melilla inmersa ya en un caos de violencia y vilación de derechos elementales de los ciudadanos, una segunda oleada ahora o después, el daño contra la seguridad de España será irreversible por masificación. En cuestiones de Seguridad Nacional, confiar en que el peligro se disipe por arte de magia no es estrategia: es negligencia criminal. Mientras la propaganda oficial se adorna con discursos vacíos y las responsabilidades se diluyen en el confortable letargo del despacho, en la frontera sur de España el riesgo deja de ser una hipótesis para convertirse en un hecho inminente.
Las informaciones que alertan sobre una nueva oleada de asalto masivo en Ceuta y Melilla no admiten paños calientes. Pretender que la amenaza se desactivará por la simple inercia de los acontecimientos, o depositar la integridad territorial en el mero deseo de que la tensión remita, como de forma tibia y alarmante parece asumir la propia Guardia Civil en sus previsiones, representa una quiebra inadmisible de la autoridad moral y constitucional de quien tiene el deber sagrado de defender a la patria.
La soberanía de una nación no se gestiona como una quiniela ni se deja al albur de la fortuna. Cuando la sombra de una invasión organizada planea sobre el territorio nacional, solo cabe una respuesta: la movilización inmediata, taxativa e integral de todos los recursos de la defensa nacional.
El cálculo es tan simple como devastador: si este riesgo acaba por consumarse, no habrá vuelta atrás. No habrá comités de crisis atiempo, ni rectificaciones a posteriori que puedan reparar la quiebra definitiva de nuestra seguridad. Quien ante una amenaza de esta magnitud opta por el perfil bajo y la dejación de funciones, no solo demuestra una incapacidad supina para el mando, sino que se convierte en cómplice directo del deterioro irreversible de España. La patria no se negocia, ni se confía al azar; se defiende con hechos, con determinación y sin concesiones.
La irresponsabilidad actual es directamente proporcional a la infamia cometida cuando el Ejecutivo prefirió mentir antes que asumir la gravedad de la situación. Es deleznable cómo se pretendió desautorizar y dejar en evidencia a los propios servicios de inteligencia del CNI y CIFA, cuyo único delito fue cumplir con su deber al emitir las advertencias oportunas; es repugnante el cese de la única funcionaria eficiente y honrada que informó del asalto a Ceuta y Melilla. Como vomitiva es ver a la portavoz del desgobierno criminal, Elma Saiz, mintiendo sobre todo ello. Un Gobierno que manipula la verdad y sacrifica el rigor técnico de sus instituciones de seguridad para salvar el pellejo político demuestra una miseria moral que inutiliza cualquier capacidad de respuesta seria ante una amenaza de esta envergadura.
Por si fuera poco, la respuesta gubernamental ante lo que constituye un acto de guerra de facto ha sido la capitulación financiera: el reguero de concesiones que incluye la inyección de 25 millones de euros, acompañada de continuas partidas presupuestarias, con indefensión expresa de ceutís y melillenses, no actúa como contención, sino como un demoledor efecto llamada. Financiar la presión extorsiva en la frontera sur solo garantiza que la respuesta del adversario sea una segunda oleada aún más agresiva. Se está pagando el peaje de la debilidad, y en geopolítica, la debilidad mostrada ante un desafío explícito siempre se paga con la pérdida irremediable de la soberanía.
Si se estrecha el embudo para destruir el Estado de Derecho, los únicos asfixiados deberían ser desalmados corruptos que están propiciando un desastre descomunal con toda sospecha de intención criminal. Nada de lo quer sucede de trágico, irregular y delictivo es casualidad desde el 2018.
RES NON VERBA
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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