En el siglo I a.C. (hace más de dos mil años), Nazaret era una pequeña aldea de la comarca de Galilea, situada al norte de Palestina. La población de esta región se había fusionado con extranjeros no judíos, razón por la que los galileos no eran bien vistos por los judíos fervientes y se referían despectivamente a ellos como oriundos de la «Galilea de los gentiles».
En ese tiempo, vivían en Nazaret dos jóvenes, María y José, que protagonizaron una maravillosa historia de amor que seguimos celebrando en nuestros días. No sabemos a ciencia cierta dónde habían nacido (los estudiosos se decantan por Jerusalén y Belén como los lugares más probables para María y José, respectivamente, sin descartar Nazaret para ninguno de ellos). Sí estamos seguros de que vivieron en Nazaret desde su infancia y, como sucede en una aldea pequeña, podemos adivinar que allí jugaron y se divirtieron juntos.
María había sido elegida por Dios para ser la madre de Jesús [San Lucas 1, 26-35], quien, siendo desde siempre Hijo de Dios, había decidido hacerse hombre, conforme al plan ideado por la Trinidad Beatísima para redimir al género humano de la esclavitud del pecado y del demonio, tal como se prometió a Adán y Eva tras su pecado original: «El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita seas entre todos los animales (…) Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón»». [Génesis 3, 14-15]. Y también para José tenía Dios preparada una misión: ser el esposo de María, hacer de padre de Jesús, aunque no tuvo parte alguna en su generación en las entrañas de María y proteger a ambos. Así las cosas, parece razonable que el Espíritu Santo se las ingeniara para que ambos se eligieran entre sí para ser marido y mujer.
Un día, estando ambos invitados a una boda, seguramente en el mismo Nazaret o en la vecina ciudad de Caná, José, en un momento y lugar de más intimidad con María, le declaró que la amaba y que quería casarse con ella. A María la llenó de felicidad esta confidencia de José; no obstante, en un ejercicio de autodominio de sus sentimientos, le confesó su secreto mejor guardado: ella se había entregado ya por entero a Dios y había decidido no tener relaciones íntimas con varón alguno. Es fácil imaginar el desconcierto de José, ya que no era en absoluto normal que una mujer judía renunciase a ser madre y también a ser la madre del Mesías anunciado por los profetas. María sufría al ver que su respuesta había caído como un jarro de agua fría en su amado José. Pero él se rehízo pronto, recuperó su aplomo y le respondió a María que, también con esa condición, quería casarse con ella para tenerla siempre a su lado. Enseguida iniciaron los trámites de su casamiento.
Tanto María como José son ejemplos para nosotros de todas las virtudes. Ya han sido mencionadas, junto al amor humano, la castidad, la alegría, la sinceridad, la lealtad y la generosidad. En este artículo nos centramos en José porque es «de nuestra misma pasta». María también lo es, pero ella, por un privilegio singular, fue preservada del pecado original y nunca estuvo sometida al diablo (¡alégrate, llena de gracia! —saludó el arcángel San Gabriel—). En cambio, José no contó con esa ayuda extraordinaria para vivir y crecer en virtudes.
Es un hecho que en la Biblia se habla poco de José y no encontramos palabras suyas; es por ello que algunas escenas narradas aquí son fruto de la meditación y la imaginación (por ejemplo, la anteriormente narrada declaración de José a María).
Matrimonio de María y José.
En aquella época, el matrimonio judío seguía las costumbres del Antiguo Testamento, según la ley mosaica. Se celebraba en dos fases principales: la primera, «erusin» —compromiso o esponsales—, duraba unos 12 meses e incluía el «mohar» (el novio debía hacer un pago a la familia de la novia como parte de los arreglos legales que precedían a la unión); la pareja no convivía ni mantenía relaciones íntimas, pero el compromiso era vinculante, equivalente a matrimonio, y romperlo equivalía a divorcio, con consecuencias civiles. La segunda fase, «nissuin» —matrimonio consumado—, consistía en que la novia era acompañada en procesión desde su casa a la del novio con antorchas, música y amigos, y se celebraban varios días de alegres festejos con banquetes que simbolizaban la alegría divina.
Pocos días después de los esponsales de María y José, ocurre el gran acontecimiento de la historia de la humanidad: la Encarnación del Hijo de Dios, consubstancial con el Padre Eterno y con el Espíritu Santo [San Lucas 1, 26-35]. Y el Arcángel San Gabriel también le da una primicia a María:
«Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes».
«Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá». [San Lucas 1, 36; 39]
Sin duda, antes de ponerse en camino, le contó a José que sabía, por mediación de un mensajero, que su prima Isabel, ya anciana, estaba embarazada y se disponía a ir a su casa para ayudarla. José, que tenía un gran corazón, lo entendió enseguida y se ofreció a acompañarla, ya que el viaje requería varios días y no estaba exento de riesgos y peligros. Pero María, agradeciéndole su disponibilidad, le dijo que no era necesario, que viajaría con algunos del pueblo que también iban a Jerusalén y que era mejor que él se quedara en Nazaret atendiendo los muchos encargos que tenía en su taller de artesano.
En [San Lucas 1, 39-45] se pueden leer los hechos extraordinarios que acaecieron cuando María «entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel».
Perplejidad y generosidad de José. Respuesta de Dios.
Cuando María hubo cumplido su misión de ayudar a Isabel en la última fase de su embarazo y en las primeras semanas de vida de su hijo, Juan, que sería conocido como el Bautista, volvió a Nazaret. Habían pasado más o menos cuatro meses desde su partida y las señales de embarazo eran ya patentes. María guarda silencio ante José, al no saber cómo explicárselo y confiando en que Dios lo aclararía todo en su momento. José, sabiendo que no tenía parte en el niño que María había concebido y llevaba en su seno [San Mateo 1, 18], no alcanza a comprender qué ha pasado y se ve sumido en la perplejidad y oscuridad interior. Pero está seguro de la fidelidad de María, por lo que finalmente resuelve no denunciarla y decide apartarse para no perjudicar a su amada, evitando entrometerse en el misterio. Y es ahora cuando interviene Dios para aclarar sus dudas y exponerle la misión que tiene para él.
Es San Mateo quien nos relata estos hechos en su primer capítulo, versículos 19 al 25. «José, su esposo, escribe Mateo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Considerando él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados»».
En el lenguaje de la Biblia, un hombre «justo» significa un hombre «fiel», un varón de virtudes, alguien que vive en contacto con la Palabra de Dios, «cuyo gozo está en la ley del Señor». A José, el ángel sólo se le apareció en sueños, pero él comprendió que esos sueños le revelaban realidades sobrenaturales y le cambiaron la vida. Y al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y recibió a su esposa, a la que amó más que nunca, sabiendo que iba a ser la Madre del Salvador. Y sin que la hubiera conocido, ella dio a luz un hijo y le puso por nombre Jesús.
Junto a la fe en Dios, otra de las virtudes que más brilla en la vida de José es la fidelidad a su amada. En las horas de oscuridad interior y perplejidad, al no encontrar una explicación humana al embarazo de su esposa y amada María, se mantiene fiel a ella y no duda de su fidelidad a su esposo. Dios premia su recta conducta y le envía un ángel para que le explique que el hijo de María es obra del Espíritu Santo, que ningún varón ha tenido participación alguna, y también para comunicarle la dignísima misión que le encarga a él. Entonces, José se fía de Dios, deja atrás todas sus dudas y decide dedicar su vida a la misión que el mensajero divino le ha señalado. Y Dios le premia con sus dones más amados: le encarga ser el custodio y protector de su Hijo, que ya es carne en el seno de María, siendo el esposo de la mujer que más ama y que ya es la Madre de Dios. Dios le constituye en depositario del misterio escondido desde siglos (cfr. Ef 3, 9), y llevar a cabo esa magna tarea será desde entonces la única razón de su vida.
Así mismo, hemos de destacar en este momento la virtud de la castidad. Explicada en términos coloquiales, esta virtud pone orden en la sexualidad, integrando esta facultad humana de manera justa en la relación entre las personas, conforme al poder procreador con el que Dios dota al género humano. Vivirla requiere la adquisición del dominio de sí mismo, un requisito imprescindible para ser libre y estar capacitado para entregarse a sí mismo, bien sea a Dios o en matrimonio.
Nacimiento de Jesús en Belén.
El emperador romano César Augusto promulgó un edicto obligando a todo el mundo a empadronarse, cada uno en su ciudad. Subieron José y María desde Nazaret a Belén, pues ambos eran de la casa y familia de David. En el viaje, de varias jornadas de duración, no faltaron las penalidades, sobre todo para María, que viajaba en avanzado estado de gestación; penalidades que ambos sobrellevaron con buen humor.
Llegados a Belén, viendo José que a María le llega la hora de dar a luz, se afana por encontrar una casa en la que alojarse; allí tiene familiares y conocidos, pero todos le cierran sus puertas: un misterio difícil de comprender. José, contando con los ánimos de María, decide dirigirse a un lugar que conoce a las afueras del pueblo, donde sabe que hay cuevas de pastores. Allí encuentran una gruta que les parece la más adecuada y se esmeran en acondicionarla lo mejor posible para que nazca el Niño, que es el Creador y Señor de todo el universo.
Queda patente el espíritu de servicio de José, así como su fortaleza para sobreponerse con paciencia a las dificultades y su humildad para no protestar por esa situación de extrema pobreza. Todo para proteger y servir a María y a Jesús, que es lo que Dios le ha encomendado.
A María «le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento» [San Lucas 2, 6-7]. Entonces gozaron de inmensa alegría viendo al Niño-Dios en los brazos de su Madre; también cuando llegaron los pastores con regalos y contaron lo que habían escuchado a los ángeles; y cuando, días más tarde, aparecieron los Magos de Oriente con sus cofres llenos de regalos, narrando animadas anécdotas de su largo viaje desde Persia.
Consideraciones finales
Además de la fidelidad, fortaleza, generosidad, humildad y castidad, de modo sencillo y claro se nos muestran algunos rasgos esenciales de la figura de José: su finura para percibir lo divino (fe en Dios) y su prontitud para aceptar la misión que Dios le encomienda (obediencia; de inmediato se pone «manos a la obra»). Con razón podemos adentrarnos en su vida cotidiana, que es para nosotros cercana y un modelo alcanzable de virtudes. También podemos pedirle que sea nuestro maestro y nos ayude.
En otros artículos publicados en esta misma sección, se ofrecen abundantes orientaciones que pueden ayudar en el desarrollo personal de tales virtudes. Respecto a la castidad, al no estar todavía tratada en otro artículo aparte, aportamos una breve explicación.
Para crecer en la virtud de la castidad, además de ejercitarnos en el autodominio de nuestras inclinaciones desordenadas (que fortalece la voluntad para comportarnos al dictado de la razón y no por la imposición de las pasiones), contamos con la ayuda de la gracia de Dios —la castidad también es uno de los frutos del Espíritu Santo. Es decir, tenemos que esforzarnos con la mortificación y la renuncia a los placeres, sí; pero también contamos con la ayuda de los sacramentos y la oración. El amor es entrega y crecer en la virtud de la castidad es un entrenamiento necesario para vivir con plenitud el amar—.
Lectura recomendada:
Carta Apostólica Patris corde: Papa Francisco, 8 de diciembre de 2020.
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