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Doctor José Cabrera Forneiro. Tras licenciarse en Medicina y Cirugía en 1979 y doctorarse en 1989 en la Universidad Complutense de Madrid, el Doctor se especializó en Psiquiatría (1985), Psiquiatría Militar (1987), Medicina Legal (2002), Criminología (1987) y Salud Pública (1985).
Como funcionario del Estado por oposición, ha ejercido como Médico Forense, Médico del Registro Civil y Médico Militar. En calidad de tal, ha estado destinado en una amplia variedad de localizaciones, entre las que destacan León, Valladolid, Plasencia, Toledo y Canarias, si bien en la actualidad se encuentra en situación de excedencia en todos los citados Cuerpos.
En su faceta como profesor en diversas universidades (Madrid, Valladolid, Burgos y la UNED, entre otras), ha impartido materias que van desde las disciplinas básicas —como Anatomía, Fisiología, Bioquímica, Biofísica y Bioestadística— hasta las áreas más especializadas de la Medicina Legal y la Psiquiatría, abarcando asimismo campos mixtos como la Psiquiatría Forense y la práctica médico-legal orientada a abogados.
A lo largo de su trayectoria vital y profesional, ha ostentado cargos de alta responsabilidad institucional, entre los que destacan: Jefe del Servicio de Toxicología del Instituto Nacional de Toxicología (Ministerio de Justicia), Psiquiatra Forense de los Juzgados de Plaza de Castilla en Madrid, Miembro de la Agencia Española del Medicamento, Miembro de la EMEA Europea, Director General de la Agencia Antidroga de la Comunidad de Madrid, Director de la Comisión Científica del Plan Nacional de Drogas del Ministerio del Interior, y Representante de España tanto en el Observatorio Europeo de Drogas como en diversas misiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), además de otras funciones análogas en distintas comisiones nacionales e internacionales.
Como ensayista y escritor en diferentes disciplinas, es autor único o colaborador en más de 60 libros y 100 trabajos científicos, además de numerosas monografías y artículos de diverso interés.
¿Por qué cree que hay tantas evidencias históricas de que el hombre es un ser religioso?
Se ha debatido mucho, y se seguirá haciendo, sobre el momento en el que el ser humano tuvo conciencia de su propia existencia. Es probable que surgiera en el mismo instante en que se dio cuenta de que un compañero había muerto y decidió enterrarlo; ese pudo ser el primer momento evolutivo en el que nació la conciencia. Por primera vez en la historia de este protohumano, existía un pensamiento reflexivo sobre sí mismo.
A partir de ese justo instante, comenzaron las preguntas en cascada: quién soy, qué hago aquí, adónde voy, por qué existo, qué sentido tiene la vida o qué pasa más allá de la muerte. Al hacerse estas preguntas, la necesidad de buscar respuestas se volvió imperiosa. Sin embargo, las respuestas no llegaban en la oscuridad de la noche, en la soledad de las cavernas, en el frío del invierno, en el calor del verano, en la tormenta, en la búsqueda de la caza ni en las peleas tribales; en definitiva, no llegaban en medio de la angustia.
La respuesta natural a todas esas incógnitas no pudo ser otra que: “si existo y estoy aquí, es por algo”. Entonces, aquel humano primitivo miró al cielo, vio la luna, el sol, la fuerza del mar y la violencia del viento, y necesitó entender que su existencia tenía un sentido más allá del día a día. Ahí, en mi opinión, nació la religiosidad, que se ha perpetuado a lo largo de la historia en todas las latitudes, razas y tiempos hasta nuestros días.
Algunos grandes pensadores nos han dicho que es precisamente esa angustia primordial la que el ser humano tuvo que mitigar inventándose dioses o seres sobrenaturales. Otros autores, también brillantes, sostienen que el sentimiento religioso no es más que un pensamiento neurótico para calmar las dudas, la ansiedad y la zozobra que sentimos en un universo que no alcanzamos a comprender. Y también hay grandes investigadores que han afirmado por activa y por pasiva que lo que somos, lo que fuimos, lo que seremos y lo que vemos es fruto del mero azar en un universo que tiende al caos.
Pero un servidor, desde la humildad en la que fue educado y el dolor y la tragedia en los que ha vivido a lo largo de su trayectoria profesional y personal, necesita otras respuestas. La historia de la humanidad está repleta de una búsqueda incesante de algo que explique nuestra existencia. Ya sea en forma de filosofía, religiones u otras alternativas que van más allá de la materia, esta búsqueda de la trascendencia es un imperativo histórico que ha dejado una huella imborrable.
¿Se podría decir que el anhelo de inmortalidad es algo connatural al ser humano, que ama la existencia y quiere que nunca se acabe?
No queremos morir; de ninguna manera queremos dejar esta vida a la que estamos tan acostumbrados y que tan bien conocemos. A lo largo de mi trayectoria profesional como médico forense y psiquiatra, he vivido tal cantidad de tragedias y he acompañado a tantas personas en su dolor que, a estas alturas, me resulta absolutamente obvio afirmar que tenemos una necesidad innata de sobrevivir a lo material, de encontrar “algo más”.
Todo el mundo se empeña en dejar algún recuerdo en la memoria de los que se quedan, ya sea en forma de hijos, legados, obras, libros, artículos o cualquier muestra de que pasamos en algún momento por esta vida. Esta necesidad no es mera biología; es algo muy profundo que llevamos injertado en lo más hondo de nuestro inconsciente. Es la certeza de que, cuando ya no estemos en este mundo, alguien se acordará de nosotros o, dicho de otra forma, de que nuestra vida habrá tenido un sentido para los que se quedan.
En el fondo, creo sinceramente que tenemos un ansia de inmortalidad. Luchamos constantemente por alargar la vida y por poner límites al deterioro del cuerpo, algo que se refleja en los escritos de cualquier época histórica desde que el ser humano aprendió a hablar y a escribir. Esa necesidad de trascendencia forma parte de todos nosotros, aun cuando algunos intenten racionalizarla con objetivos meramente sociales o eludan las explicaciones religiosas en pos del progreso social.
La especie humana necesita morir para renovar a los individuos, es algo nuclear en la evolución natural. Sin embargo, desde el punto de vista puramente psíquico, nos resistimos a este dogma inalterable porque alguien grita por la inmortalidad desde el fondo de nuestro ser, y sus ecos siempre resuenan angustiosos: ¡no queremos morir!
Si tradicionalmente lo que ha definido al hombre ha sido la unión sustancial de cuerpo y alma, ¿al negar el alma en la modernidad se niega la propia esencia del hombre?
Desde siempre, a lo largo de las distintas culturas y en los lugares más dispares del mundo, se ha considerado que el ser humano consta de dos componentes básicos: el cuerpo material y el alma inmaterial. Es muy difícil explicar cómo de una simple mezcla de células en un órgano llamado cerebro pueden surgir actos tan prodigiosos como los que han nacido a lo largo de la historia, sin buscar una explicación más allá de lo físico, en el mundo de lo inmaterial.
Cada religión, cultura, tribu o momento histórico ha dado una explicación especial a esta alma. Para algunos, no es otra cosa que el mero pensamiento que surge del cerebro, el cual, unido a los sentimientos, se disolvería una vez que el cuerpo muere. No obstante, el alma no es equiparable a una simple explicación psicológica; va mucho más allá. Puede afirmarse que no se ve, que no existen pruebas científicas de su existencia, que es un invento conveniente para determinados intereses culturales o incluso una forma de consolar a quienes pasan por esta vida rodeados de desgracias.
Pero lo cierto es que el sentimiento de que hay un ente inmaterial que conforma lo que no vemos —y que, por ser inmaterial, es necesariamente inmortal— es algo muy profundo. Por esa razón, la modernidad trata de negar el alma. En los tiempos actuales, el alma es peligrosa, no interesa y no debe existir, porque si existiera, el ser humano tendría un valor trascendental, algo incompatible con los intereses modernos.
Si matamos el alma, destruimos al ser humano o, lo que es peor, lo convertimos en un objeto material con un principio y un fin. Y si es un objeto material, deja de ser importante: se vuelve algo meramente renovable y sustituible. Hablar hoy del alma no está de moda; suena a iglesias antiguas llenas de personas mayores que están cerca de abandonar este mundo y se agarran a la religión. Y, sin embargo, privar al hombre de su alma es la primera fase para poder manipularle. Sería volver otra vez al mono que estaba tranquilamente subido a la copa de los árboles.
La ciencia constata que el cuerpo muere y se descompone, pero la Teología nos enseña que el alma no se somete a la corrupción de la materia y es inmortal…
A los biólogos nos cuesta mucho hablar de inmortalidad porque estamos acostumbrados, por experiencia directa y educación, a que las células que conforman nuestro organismo tengan un principio y un final. De hecho, sabemos experimentalmente que, salvo algunas células cancerosas, las células normales tienen un número limitado de replicaciones. A lo largo de este proceso, los errores que se van sumando en su componente genético (el ADN) acaban destruyéndolas. Por eso nos resulta más fácil hablar de lo material, del final de la vida, de las enfermedades y de todo aquello que nos limita.
A lo largo de la historia, muchas filosofías y religiones han intentado explicar la inmortalidad del alma. Sería un craso error exigirle lo mismo a la fe: solo los científicos, físicos, químicos y matemáticos tienen la obligación de demostrar lo que dicen, porque manejan elementos físicos, objetivables y evidentes. Nadie está obligado a demostrar sus sentimientos, su fe o su creencia en lo que no se ve pero sí se siente. Esto no es necesario demostrarlo, simplemente hay que vivirlo; «jugamos en otra liga».
En las religiones reveladas, y en particular en el cristianismo que conforma la cultura occidental, la teología nos ha explicado que el alma nace directamente de la infinitud de Dios como Ser Supremo, y que vuelve a Él cuando el cuerpo ya no existe. Esto puede sonar a broma o a relato de cómic para algunos, pero vuelvo a insistir en que no tenemos por qué justificarlo, explicarlo ni defenderlo: simplemente hay que vivirlo.
¿Cuando la religiosidad era algo ambiental y muy arraigado en cada familia era más fácil creer en las verdades que nos enseña la Iglesia?
Cuando lo religioso impregna una sociedad y no hay dudas al respecto, apenas existen planteamientos alternativos; todo se hace por y para un Bien Superior. Naturalmente, cuando esas mismas sociedades evolucionan —como hemos visto en Europa y en otras latitudes— y el sentimiento religioso se desvanece, pasa a un segundo término o es contestado por explicaciones más racionales, las cosas cambian. En ese punto, defender lo que uno siente o cree se convierte en una tarea titánica.
El simple hecho de decir que eres creyente se transforma en un estigma, en una especie de debilidad o incluso en una limitación para pensar con un raciocinio adecuado. En estas sociedades donde los tiempos modernos imponen criterios laicos, científicos, fríos o exclusivamente materiales, la religión se convierte en algo muy personal e individual, relegado a la vida íntima.
Es verdad, en cierta manera, que los estados modernos deben mantenerse al margen de consideraciones religiosas para evitar problemas sociales, de los cuales la historia está plagada. Pero también es cierto que si se ataca exclusivamente la dimensión religiosa del ser humano en pos de una supuesta modernidad progresista, se priva a los niños y jóvenes de una alternativa de pensamiento. Se intenta sustituir esta religiosidad por visiones filosóficas o por criterios internacionales impulsados por organismos como las Naciones Unidas (el bien común, la sociedad internacional, etc.).
Los tiempos actuales en relación con lo religioso son más duros, pero también más auténticos. Quien hoy se mantiene firme en sus creencias sigue encontrando en la fe la fuerza que antaño otorgaba este sentimiento a su propia vida. Es, sin duda, un valor. Por eso creo que no debemos avergonzarnos de nuestros sentimientos religiosos. No se trata de pregonarlos ni de construir un búnker con ellos, sino de enseñar con el ejemplo que existen alternativas de vida que no tienen por qué seguir el aparente bien común que nace de consensos internacionales en organismos fríos, donde ponerse de acuerdo es verdaderamente imposible.
¿Ha reflexionado como médico sobre la complejidad del ser humano (ya sea en la estructura del ADN, en la composición de la célula o la función de cada órgano) y cómo repugnaría a la razón que ese diseño tan complejo fuese fruto del azar?
Creo que nadie como los médicos, que estamos siempre en contacto con el ser humano en la enfermedad, los trastornos o, en mi caso, en la muerte, está en mejor posición para reflexionar sobre la maravillosa estructura química y biológica de nuestro organismo. Es un diseño que jamás deja de sorprendernos con nuevos hallazgos.
Cada vez que uno medita sobre el mecanismo íntimo del metabolismo, la bioquímica celular, la procreación, la integridad del sistema genético, los mecanismos moleculares del cáncer o el funcionamiento de la neurona, se siente extasiado, arrobado por un pudor y una especie de humildad a ultranza ante lo que tenemos entre las manos.
Para mí, no es posible imaginar que todo lo que conforma nuestro organismo sea fruto del azar en la mera evolución del universo. Pensar por un momento que la vida surgió por una casualidad termodinámica en un remoto confín del universo, como este planeta Tierra, es, en mi opinión, un insulto a la inteligencia.
Naturalmente, hay otros pensadores, investigadores y filósofos que defienden a ultranza el azar y la casualidad para explicar que el ser humano es como es por un mero albur cósmico. Son investigadores respetables a los que hay que leer para entender su punto de vista, aunque algunos de ellos, al llegar el momento de morir, tuvieron la lucidez necesaria para dudar de su propia postura.
No quisiera entrar en nombres propios, escuelas ni tendencias políticas conocidas para explicar el convencimiento personal que tengo de que, tal y como decía Albert Einstein, Dios no juega a los dados con el ser humano.
También la fe y la experiencia nos enseñan que el pensamiento y la conciencia son algo que trasciende a la mera materia.
En realidad, no existe ningún ser humano sobre la faz de la Tierra que no viva de la fe. Todo el mundo necesita fe: fe en sus seres queridos, en que el sol saldrá mañana, en que debe comer para subsistir o en que sus amigos no lo traicionarán; es decir, en todas las pequeñas cosas cotidianas.
Esta sería la fe con minúscula, pero al fin y al cabo fe. Sabemos que el aire existe aunque no lo vemos, y nos aseguran que existen los átomos sin haberlos visto jamás. De igual modo, nadie nos ha demostrado físicamente lo que es la lealtad, la nobleza o el amor, y sin embargo sabemos que existen y son fuerzas que nos ayudan, por encima de todo, a vivir cada día.
Y luego está la Fe con mayúscula. La Fe en un Dios, en un Ser Superior que nos ha creado, que nos quiere, del cual nacimos y al cual volveremos.
Yo particularmente soy un hombre de poca fe, apenas la que me inspiraron mis padres con sus enseñanzas, su educación y, sobre todo, su ejemplo. Pero esta poca fe que tengo la voy a defender a capa y espada, porque estoy seguro y tengo la certeza de que será lo único que me consuele ante la adversidad, el sufrimiento, las decisiones difíciles, la ausencia de los seres queridos y mi propia muerte.
¿Se puede vivir sin fe? Sí, se puede. Cada cual se agarra a algún sentimiento para justificarse y sentirse parte del grupo humano. Pero si hay una hipótesis por encima de todas las demás que para mí resulta la más plausible y consoladora, es siempre la fe: esa creencia de que no existe la casualidad, de que el destino está escrito y de que debemos vivir con nobleza, ayudar a quienes podamos y, sobre todo, amar a los que nos rodean y a la humanidad en general. Sin estos sentimientos se puede vivir, sí, pero se vive diferente; en mi opinión, es una vida más triste y desconsolada.
¿Cómo la perfecta armonía del universo y la complejidad del mundo cuántico nos deben llevar al Creador?
Al Creador se puede llegar de muchas formas y maneras, unas más intensas que otras, pero cualquier camino es maravilloso para ese encuentro. Yo personalmente no creo que la complejidad del mundo, la maravilla de la biología, la armonía del cosmos o un campo en flor —si bien son buenos indicadores— lleven inexorablemente a la creencia en Dios. Nos han enseñado que la Fe con mayúscula es un don, un talento que nos dan desde arriba y que hay que utilizar con sabiduría.
He visto y compartido experiencias con mucha gente buena y de gran corazón que no creía en Dios y, lamentablemente, me ha ocurrido lo contrario: he tenido relaciones tóxicas con personas creyentes. Esta discrepancia y dilema errático que tanto duele me ha llevado a la convicción de que llegar a Dios es algo extremadamente personal e íntimo. Solo se consigue en un acto extremo de humildad y autoconciencia y, si se logra, es sinceramente maravilloso; un tesoro que merece la pena desde cualquier punto de vista.
¿Qué otros motivos tiene en su vida que le ayuden a afianzar su fe frente al sinsentido del nihilismo?
El nihilismo, es decir, la doctrina de la nada, es un sinsentido y un despropósito. Es la desesperanza llevada al extremo, un camino sin objetivo y un abandono a las fuerzas de la naturaleza sin oponer resistencia. Y lo que es peor, es una postura muy egoísta y cruel para las personas que nos acompañan en el viaje de la vida, una vida demasiado corta que no puede desperdiciarse.
Para mí, con mi poca fe, puedo ver a Dios en cualquier detalle: en un amanecer, un crepúsculo, un cielo azul, la sonrisa de un niño, el sonido de la naturaleza, el verdor de un bosque, la mirada de confianza de un amigo, una mano tendida, un abrazo o un libro lleno de esperanza. Todos son caminos hacia ese Dios que, si no existiera, yo me lo inventaría.
Autor
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Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.
Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.
Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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