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Sería necio negar el ingenio, la vasta erudición y la innegable aportación a la literatura y al periodismo cultural español de una figura de la talla de Fernando Sánchez Dragó. Su prosa torrencial, su capacidad para fabular y su condición de provocador nato le aseguraron un lugar destacado en las letras de nuestro país. Sin embargo, los grandes talentos no están exentos de profundos claroscuros; a menudo, tras la brillantez pública de la obra se esconde la sombra de la vanidad desmedida, el egocentrismo y las miserias del trato privado.

En 1995, con la determinación de un autor joven y un manuscrito de 120 folios bajo el brazo, acudí a un encuentro con el célebre escritor. Lo que debía ser un diálogo enriquecedor sobre la trascendencia, la muerte y la ontología derivó en un vodevil surrealista de egos, portazos literales en la cabeza y pretensiones de despacho convirtiendo al afamado literato en un personaje jocoso, bufonesco y de esperpento digno de D. Ramón María del Valle-Inclán o, modernamente, de un episodio de Mr Bean. Elijan ustedes.

(El siguiente fragmento está extraído de mi libro «La afilada navaja de Ockham I», publicado en el año 2009. El lector avispado pudo constatar durante su lectura a quién retrataba en estas páginas):

En una ocasión tuve la oportunidad de conocer a uno de esos personajes cultos y resabidos que pululan en el mundo literario y televisivo. Era un ser polifacético en cuanto a las muchas caras que el parásito puede mostrar para la defensa de sus intereses envenenados. Un ser de los que se mira el ombligo y toca los huevos ajenos, detestable por engreído pero dotado de una verborrea antinatural; como si las flatulencias le llegaran a la boca en un encadenamiento de palabras egotistas que anunciara permanentemente la diarrea mental que experimentaba. No obstante, era un individuo que presumía de haber consumido todo tipo de alucinógenos durante su dilatada existencia, por lo que era previsible que su laberíntica incontinencia verbal fuera a causa de una hemorroide cerebral por el uso de tanta inspiración drogada. Era, en fin, un esmerado constructor de ideas cagadas.

Uno se imagina a un personaje famoso de manera muy distinta a la que suele aparecer ante sus ojos cuando lo trata en persona. Es realmente desalentador conocer a quien disimula la estupidez que solo se comprueba en conversación privada.

Nos citamos en su casa ubicada en pleno Madrid antiguo. En la calle, mientras esperaba su llegada, contemplaba aquellas fachadas de estéticas modernistas, un alarde refinado de costumbrismo en claro contraste con otros edificios de más reciente construcción. Miraba las ventanas deliciosamente enmarcadas, los tejados de original concepción, las balconadas ornamentadas de vistosas flores, los ladrillos; pasaron los largos minutos y oteaba las perspectivas diferentes de la callejuela donde habíamos quedado. Veía pasar las gentes, los perros con sus dueños, los coches y remiraba las chicas bonitas, los niños encantadores, los perros, sus dueños, los ladrillos, las ventanas, el reloj, los tejados, las balconadas, el reloj; y veía las ventanas, las puertas, los ladrillos, las azoteas, las chicas, los niños, los viejos, los coches y el reloj.

Avistaba los niños arrastrados por las madres desquiciadas, los chuchos defecando en las aceras, los desconchones de los vetustos edificios, los aleros a punto de caer y defenestrar a alguien, el reloj; otra vez el reloj y el personaje en cuestión no aparecía. Percibí lo que ya había percibido hasta la saciedad y descubrí, al cabo de dos horas, la figura emergente del ser con el que me había citado después de ver, remirar, observar, escudriñar hasta la desesperación aquella calle horrenda donde todo parecía desentonado.

—Hola, tú debes de ser Ignacio; disculpa que llegue tarde, tenía asuntos importantes que resolver.

Colegí de inmediato que mi humilde persona le importaba un rábano, un pepino o un cojón ajeno, porque, como ya he dicho, era un consumado «toca pelotas».

Me estrechó enérgicamente la mano y acto seguido se dirigió hacia la cancela del portal. La puerta era de hierro forjado y compacta con apliques de lo que parecía ser plomo. Debía ser tan pesada como un cantamañanas y un toca huevos juntos y se adivinaba muy resistente. El personaje, ante mi asombro, metió la llave, giró la cerradura, empujó hacia delante el portón y se agachó a recoger su maletín en el suelo cuando la puerta por su peso regresó hacia su cabeza, que ofreció toda la base craneal para recibir un impacto que, de puro brutal, casi lo dejó sin sentido.

—Joder —dijo tambaleándose y con los ojos extraviados, bisojo y además con cara de alucinado.

—Lo siento mucho, de haber sabido que ibas a hacer eso te hubiera sujetado la puerta —acertée a decir con exagerada afectación que, en realidad, intentaba solapar torpemente un incipiente ataque de risa, porque el testarazo fue del todo cómico. Hay que ser gilipollas.

La subida por las escaleras contenía cierto aire kafkaiano porque el personaje que me precedía se bamboleaba medio desmayado, mascullando quejas ininteligibles y, para colmo de males, parecía ir a sobrepasar la barandilla y precipitarse en cualquier fatídico momento. Mientras, yo le seguía con las manos alzadas dispuesto a evitar la tragedia, moviéndome al ritmo del vaivén. Cualquiera diría que bailáramos un esperpéntico baile agarrados en fila india con el ritmo de un lamento flamenco que lastimosamente profería. «Ay, ayy ahhh» resonaba con el eco de la escalera. A medida que ascendimos temí que el famoso escritor de trapisonda fuera a arrojarse desde cualquier peldaño, demorando definitivamente una cita que ya intuía desastrosamente desangelada.

Al fin, llegamos y procuré disimular mi cara de congoja por el momento vivido. Se volvió lentamente y aún bizco en lo que parecía una mueca permanente de padecimiento extremo, dijo con un hilillo de voz: «Creo… creo que voy a vomitar».

Pensé que la experiencia sufrida en tan escaso lapso, con un personaje solo conocido a través de los medios de comunicación, me estaba deparando sorpresas demasiado grotescas y ridículas, rayanas en la impudicia y la absoluta ausencia del sentido común. Vigilé los movimientos desequilibrados del moribundo y entré en la casa deseando que el individuo estuviera allí a salvo de sí mismo…

Así pareció ser, puesto que no tropezó con ningún mueble hasta guiarme a una sala rodeada de librerías.

—Discúlpame, voy a refrescarme un poco y a tomar un analgésico.

(Continuará en la Parte II: La biblioteca diáfana, la irrupción de su joven esposa y la verdadera intención de la cita).

Ignacio Fernández Candela

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google.

Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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