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Si me dicen que un nuevo Nerón con rasgos psicopáticos ha incendiado Madrid, Segovia y Toledo, me lo creo sin pestañear, porque los antecedentes criminales que España padece como injusta víctima de auténticos hijos de Satanás permiten sospechar de cualquier atrocidad. Y si se plantea que estos pavorosos incendios han sido estratégicamente orquestados desde una agenda siniestra a largo, medio y corto plazo ya cumplido, también.
La navaja de Ockham no admite liturgias ni catecismos climáticos: corta donde debe cortar y deja al descubierto lo que tantos prefieren ocultar bajo la manta de la casualidad. Cuando Madrid aparece rodeada por incendios simultáneos, brotando en tres provincias distintas con la exactitud de un cerco que no conoce el azar, la explicación más simple, y por tanto la más verdadera, es que han sido provocados; no por el viento, que jamás ha tenido vocación de estratega, ni por la fatalidad, que nunca ha demostrado disciplina, sino por una mano muy negra cuya existencia se ha sospechado permanentemente. Lo inquietante no es la sospecha, sino la evidencia de que el fuego surge exactamente donde arder resulta útil para quienes jamás han pisado una ladera, pero siempre han sabido pisar un despacho. Un nuevo Nerón, sin lira pero con agenda.
Segovia, Guadalajara, Toledo: tres territorios distintos, tres ecosistemas distintos, tres focos que emergen casi simultáneamente, como si se hubiera dado un pistoletazo de salida; como si la naturaleza hubiera decidido practicar por sí misma geometría aplicada. Nos exigen creer que todo es casual, que el monte arde por capricho, que la sequedad y la mala suerte han decidido dibujar un arco alrededor de la capital con la precisión de un cartógrafo del desastre, cuando la ironía es que en este país la versión más absurda siempre es la que se intenta imponer como oficial mientras la lógica más elemental se trata como sospecha. Pero la casualidad no viaja en convoy, tampoco en los accidentes de Adamuz provocados por la falta generalizada de mantenimiento que estos ineptos criminales practican a propósito, y menos cuando los incendios aparecen con la exactitud de un mapa que alguien ya había imaginado antes de que ardiera la primera brizna de hierba. El fuego no improvisa sino que se ejecuta donde conviene. Nerón no toca música: toca territorio y lo arrasa.
La legislación permite expropiar un terreno forestal quemado para instalar paneles fotovoltaicos si se declara de utilidad pública o interés general, combinando los mecanismos de la Ley de Montes y la Ley de Expropiación Forzosa. La Ley de Montes, en su artículo 50.1, establece que un terreno incendiado no puede cambiar de uso durante treinta años, aunque esa prohibición queda condicionada por una excepción explícita que permite levantarla si una ley estatal posterior declara el proyecto como de interés general, convirtiendo la protección del suelo quemado en una garantía sujeta a la voluntad legislativa y no en un límite absoluto. A esa puerta se suma el régimen propio del sector eléctrico, que permite que determinadas instalaciones, como las plantas fotovoltaicas vinculadas a la transición energética, obtengan la declaración de utilidad pública, y esa declaración, concedida para facilitar infraestructuras consideradas estratégicas, otorga prevalencia al proyecto sobre las restricciones territoriales ordinarias. Cuando un proyecto recibe la declaración de interés general o de utilidad pública, ese interés prioritario desplaza la prohibición temporal de la Ley de Montes y permite intervenir sobre el terreno quemado, de modo que la protección de treinta años queda anulada en cuanto la Administración entiende que la actuación responde a un interés superior.
Así pues, la parte que quema más que las llamas, y que tantos prefieren ignorar, es la legislación que permite expropiar terrenos arrasados por el fuego, recalificarlos, transformarlos y convertirlos en lo que antes no podían ser. El incendio abre puertas que la ley mantiene cerradas en circunstancias normales, y las excepciones se tornan muy sospechosas. La ceniza se convierte en llave maestra, el desastre en oportunidad, y cuando el fuego abre puertas, aparece con la lógica de un sistema que ha aprendido a beneficiarse de aquello que debería prevenir. La navaja de Ockham no necesita más para dictar sentencia: si quemar un territorio facilita operaciones que antes no podían ejecutarse, quemarlo deja de ser casual. La ceniza es la firma convenida en oscurantistas despachos de especulación, seguramente gubernamentales. El silencio, la complicidad. La geometría del fuego, la confesión. Nerón sonríe sin necesidad de liras.
España vive atrapada en una paradoja obscena: la misma política que bloquea la gestión forestal es la que permite transformar el territorio cuando el territorio arde; la misma ideología que prohíbe limpiar el monte es la que autoriza recalificarlo cuando el monte se convierte en ceniza; la misma negligencia que acumula combustible vegetal es la que abre la puerta a proyectos que jamás habrían sobrevivido a la luz del día. El fuego no es el problema: el problema es la estructura que lo necesita e incendia a discreción.
Persiste en las sombras una estructura que se alimenta de la devastación y que, cuando se activa, deja un rastro que solo los ingenuos se empeñan en llamar casualidad. La casualidad es el disfraz del interesado. La ceniza, su rúbrica. El perímetro, su declaración de intenciones. El nuevo Nerón no incendia Roma: incendia Madrid.
El éxodo por los incendios me recuerda irremediablemente a los valencianos cuando no fueron avisados de la apertura de las compuertas de las presas para agravar los efectos de una gota fría. Así lo creo también. Se desalojan localidades enteras donde luego no se interviene contra el fuego, denuncian. ¿Qué es lo que está pasando?
La navaja de Ockham corta con una precisión que incomoda, porque la explicación más simple de los incendios simultáneos que cercan Madrid es que han sido provocados, y la legislación que permite expropiar terrenos quemados convierte esa hipótesis en sospecha estructural, en esa clase de verdad que nadie quiere mirar de frente porque obliga a reconocer que el fuego no siempre es hijo del azar, sino de la conveniencia. No hace falta inventar conspiraciones ni recurrir a la épica del desastre: basta con mirar el mapa, basta con leer la ley, basta con aplicar la navaja para comprender que el territorio arde donde arder resulta útil. El fuego dice más cuando arrasa sin explicación; en realidad siempre habla, pero lo difícil, lo verdaderamente difícil, es aceptar lo que dice cuando señala con claridad meridiana a quienes prefieren las brasas de una España catastrófica, cuando no por el agua, por la especulativa y discrecional estrategia del fuego.
Nerón no necesita tocar la lira: le basta con encender la mecha. Lo increíble es que todavía esté con las manos libres para hacerlo.
RES NON VERBA
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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