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Hay trances en la vida en los que el ser humano se ve despojado de sus certezas cotidianas y entregado, con la fragilidad de quien se sabe vulnerable, a manos ajenas. Son momentos de penumbra física en los que la técnica médica es crucial, pero donde el verdadero milagro opera en una dimensión superior: la del alma. Quien esto escribe ya conoció en el pasado el rigor y la humanidad extrema de la sanidad pública en circunstancias verdaderamente terribles, cuando el zarpazo imprevisto del destino —en forma de un brutal ataque de nuestro pit bull— nos situó al borde del abismo. Entonces, el Hospital Universitario de Guadalajara se erigió como un faro de excelencia en sus nueve plantas, salvando mucho más que los tejidos dañados. Hoy, tras cruzar nuevamente el umbral del quirófano por una intervención programada, la historia de gratitud moral e institucional se repite de manera incontestable.
Como tampoco olvido, en este transitar por el filo de la navaja, a los grandes profesionales del Centro Ambulatorio de El Casar, que con una presteza providencial me salvaron la vida cuando sufrí un infarto fulminante como efecto secundario de un Naproxeno. La vida continúa hoy gracias a su intervención heroica, y es ese mismo corazón —salvado y remendado con persistente fuerza en el Hospital de Guadalajara por los cirujanos cardiólogos que me devolvieron a la vida— el que late ahora con fuerza para seguir batallando frente a las oscuridades de nuestro tiempo. Una penumbra política y moral que pretende reemplazar esa luz humana capaz de irradiarse a través de unos sanitarios excepcionales; hombres y mujeres que merecen un reconocimiento infinito, muy alejado de la corrupción ministerial que los castiga y asfixia por el mero delito de ser la verdadera sanidad que la mediocridad política intenta enterrar.
Se habla con excesiva ligereza en las tertulias políticas y en los despachos ministeriales de las huelgas y las reivindicaciones laborales del sector sanitario, a menudo reduciéndolas a fríos guarismos presupuestarios o disputas partidistas. Qué enorme miopía. Desde la autoridad moral que otorga el haber sido paciente en la trinchera del dolor, proclamo que sus protestas no solo son legítimas, sino de una estricta justicia social. Lejos de la queja insolidaria, sus demandas defienden la dignidad de un sistema que ellos sostienen con su propio sudor. Por ello, manifiesto mi absoluto orgullo y encanto por haber contribuido, con la obligada demora de mi propia operación, a blindar los derechos de unos trabajadores colosales. Esperar el turno bajo el amparo de profesionales de esta categoría no es un perjuicio; es un honor cívico que dignifica la virtud pura del sistema sanitario español.
El talento humano que atesora el Hospital de Guadalajara transciende el mero cumplimiento del deber. En el frío escenario de un quirófano, cuando la conciencia se desvanece, lo mejor de la humanidad se transparenta en gestos que no se pagan con dinero. El rigor milimétrico de los cirujanos de guardia y el celo clínico de los doctores Ludovica Gorini y Daniel Alejandro Díaz Candelas, sumados a la precisión providencial de la anestesista doctora Alicia Moya Sánchez, configuran una arquitectura médica impecable. Pero es en el cuidado del espíritu donde la sanidad del Hospital Universitario de Guadalajara alcanza la categoría de obra de arte. El recuerdo imborrable de Sandra, enfermera providencial que atesora la memoria del afecto, y de todo el equipo de enfermería en quirófano que me arropó con caricias, mimos y palabras de aliento desde el primer instante hasta el minuto exacto de mi marcha, constata que en ese centro no se tratan patologías: se cuidan personas.
Frente a la deshumanización que asola tantas estructuras de nuestra sociedad contemporánea, estos magníficos profesionales y personas encomiables demuestran que el cuidado físico del paciente es indisoluble del amparo de su alma. Es en el Hospital Universitario de Guadalajara donde la excelencia médica se funde con la nobleza del espíritu, recordándonos que, en mitad de la tormenta, el prójimo sigue existiendo con su luz más pura. A todos ellos, mi más rendida admiración, mi respeto imperecedero y el abrazo eterno de quien se sabe, una vez más, salvado y bendecido por sus manos.
Ignacio Fernández Candela
Hospital Universitario de Guadalajara: Excelencia en nueve plantas. Por Ignacio Fernández Candela
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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Ignacio muchísimas gracias por sus palabras, ha sido una grata sorpresa cuando me ha llegado este mensaje por azar. Me encargaré personalmente de informar al resto del equipo.
A. Moya.
Muchísimas gracias! Todo un placer haberle atendido. Transmitiremos tan bonitas palabras a todo el equipo.
Muchas gracias, Dra. Moya.
Qué alegría me da que este texto haya llegado hasta Usted por esas carambolas de internet. En momentos en los que uno se siente vulnerable, cruzarse con profesionales que además de una precisión impecable tienen esa calidez humana es el mejor regalo.
Por favor, traslade mi agradecimiento profundo a todo el Equipo; hicieron que todo fuera muchísimo más fácil.
El placer ha sido mío, Dr. Díaz!
La destreza técnica de ustedes es extraordinaria, como extraordinario es el trato humano y el cariño con el que arropan al paciente en el quirófano: no tiene precio ni remuneración justa.
Este texto es solo un pequeño homenaje al gigantesco trabajo que hacen cada día.
Me siento privilegiado por tanto que llega de Ustedes: excelencia personal y profesional.
Un saludo muy afectuoso para Usted, para la doctora Gorini y para todo el Equipazo.