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Este texto forma parte del análisis completo del caso:
👉 https://ntvespana.com/27/04/2026/por-que-escribo-tras-xi-capitulos-el-caso-ignacio-escolar-por-ignacio-fernandez-candela/
Hoy en día la decencia periodística sucumbe ante el añadido de intereses carroñeros que han convertido la libre opinión en la palabra prostitu¡da. Una camarilla de interesados con la moral a precio de saldo escupen los exabruptos de la manipulación al alimón de la indecencia política. A ambos extremos de la dicotómica ideología que prevalece están los asalariados de la hipocresía prestos a comer la mejor parte del pastel del relativismo de la conciencia; esa que se destila, la mala conciencia, en función del botín que se obtenga para sembrar cizaña y normalizarla.
La verdad periodística es un pasquin con fecha de caducidad… En realidad caducó hace muchos años.
La verdad periodística no es un derecho adquirido, sino una conquista diaria que exige rigor, honestidad y una voluntad firme de no traicionar la realidad. Cada titular, cada frase y cada matiz son decisiones que pueden iluminar o deformar lo que ocurre, y cuando la realidad se deforma, las consecuencias no siempre recaen sobre quien las provoca, sino sobre quienes quedan atrapados en el eco de una información mal construida. No hablo de personas concretas, sino de un fenómeno que atraviesa a todos los medios, grandes y pequeños, porque la tentación de moldear la realidad para que encaje en un relato preconcebido es universal y, en tiempos de ruido, demasiado frecuente.
La historia reciente está llena de sentencias contra periódicos que publicaron informaciones sin verificar, de rectificaciones tardías, de indemnizaciones que han puesto en jaque a redacciones enteras y de figuras públicas que han anunciado acciones legales por sentirse difamadas. La piedra es siempre la misma: la prisa, el sesgo, la interpretación interesada o la omisión que altera el sentido de los hechos. El periodismo, cuando se aleja de la verdad, se convierte en un riesgo: un riesgo jurídico, un riesgo económico y, sobre todo, un riesgo moral. Ese riesgo no distingue entre nombres propios; alcanza a medios consolidados, a periodistas influyentes y también a autores que ven su palabra alterada por un titular que no escribieron.
Mi caso es solo un ejemplo más de esa fragilidad. Un texto lícito, protegido por la libertad de expresión, puede convertirse en un problema cuando la edición desplaza su sentido. Un titular ajeno puede desencadenar un conflicto que nadie buscó, y la justicia, en su frialdad, puede ignorar la intención del autor para centrarse en la apariencia del conjunto. Pero este artículo no es una acusación; es una advertencia. El periodismo no puede permitirse tropezar una y otra vez en la misma piedra, porque cada tropiezo erosiona la confianza pública, cada manipulación -voluntaria o no- abre la puerta a consecuencias imprevisibles y cada renuncia a la verdad deja una grieta por la que se cuela la desinformación.
Y luego está el añadido de las voluntades rubricadas con un sectarismo sangrante a sueldo del mejor postor. Y hoy en día ese mejor postor es tan oscurantista como la complacencia amoral de periodistas que parecen haber vendido el alma al diablo con tal de asomarse al banquete del amo para recoger las migas de un saqueo universal. Porque estos son tiempos de universalidad retorcida, de intenciones amañadas, de estrategias excluyentes y destructivas y de hipocresía como antesala de un mal aceptado pagado con la tragedia ajena. Y en esos lodazales de mierda me pringué los inmaculados zapatos al chocar con una maquinaria pagada con la facilidad de la distracción moral y la influencia manipulada.
En este paisaje, la responsabilidad editorial no es un trámite técnico, sino un compromiso moral que debería sostener la dignidad del oficio. Porque la palabra, una vez publicada, ya no es solo información: es destino. Y cuando ese destino se tuerce por descuido, por precipitación o por la tentación de fabricar impacto, el daño no se limita a un nombre o a un caso concreto; se extiende a la credibilidad del periodismo entero. La verdad periodística es una frontera que no se debe cruzar a la ligera, porque al otro lado no hay libertad de expresión, sino ruido, confusión y un terreno donde cualquiera puede ser víctima de una interpretación que jamás escribió.
Otra cuestión es la inspiración retorcida de quienes han convertido el periodismo en un lupanar de ideas; la mejor pagada por la indecencia amoral.
Para quien desee recorrer el conjunto de esta serie:
https://ntvespana.com/?s=el+caso+ignacio+escolar
Ignacio Fernández Candela
(Para quien desee seguir otras líneas de mi trabajo)
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Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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