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En la dantesca arquitectura del vacío que sostiene al sanchismo, las piezas más cotizadas no son los políticos de primera línea -meros figurantes de una función agotada-, sino los operadores del relato. Esos «periodistas» de gesto adusto y apariencia de rigor técnico que han convertido el micrófono en una alcoba de conveniencia, donde prostituyen la verdad por una nómina de partido. El último acto de este naufragio moral lo protagoniza Javier Ruiz, el comentarista que ha hecho del sesgo su única bandera y de la mentira su modus vivendi.
La aparición de las grabaciones del comisario Villarejo ha dejado a Ruiz en una evidencia tan cruda que produce sonrojo ajeno. Allí donde él negó contactos con la soberbia del que se cree impune bajo el paraguas de una organización criminal, la realidad implacable, grabada y eterna le ha devuelto un reflejo de mendicidad profesional. No es solo que mintiera; es que lo hizo con la desfachatez del que utiliza el Estado como su cortijo particular, creyendo que el silencio se puede comprar con la misma facilidad con la que se adquiere una lealtad en un plató de televisión.
Los saltimbanquis de la mentira involucionan en esta pista de circo sanchista como payasos del infierno, marionetas de la ridícula entrega ciega al diablo de las ambiciones y vanidades más sucias. Es repugnante ver cómo reaccionan con sorpresa cuando se deja en evidencia la bajeza que practican sin el menos atisbo de ridículo, para seguir caminando al poco con la cabeza alta perdida toda dignidad pública y privada, allí donde deberían salir con ella encajada en el más bajo cerebelo. Asco de íncubos y súcubos.
Pero este esperpento no camina solo. En esta selva de arribismo, proliferan figuras de generación espontánea, como esa Sarah Santaolalla y otros tantos rostros de manual woke que aparecen en el escenario nacional como surge una plaga: de la noche a la mañana, financiados por la sombra y sin más origen conocido que la necesidad del poder de crear «hologramas» de opinión. Son las lacras de la modernidad, actores de un casting de la infamia que ebulle la sangre de cualquier ciudadano de bien. Ver a esta gentuza ganar dinero a manos llenas a base de engañar a un país es la prueba definitiva del estado de putrefacción de nuestra esfera pública.
¿Qué credibilidad le queda al carroñero del micrófono cuando su propia voz le desmiente desde el pasado? Ninguna. Javier Ruiz y su estirpe representan esa gentuza de cariz servil que anestesia la conciencia de un pueblo al que, en el fondo, desprecian profundamente. Son sicarios de la información, «destapadores masivos» de una mentira institucionalizada que se venden por el salario de la infamia mientras España se desangra en una crisis de valores sin precedentes.
Como bien recordé una vez ante un tribunal de justicia, y sostengo hoy con más fuerza que nunca: «la conducta es la única prueba de la sinceridad de nuestro corazón». Y la conducta de estos bustos parlantes es la de la traición sistemática a los principios más elementales de la dignidad humana. Mientras ellos se reparten las migajas en el banquete del poder, el pueblo español contempla con aborrecimiento cómo estos personajes prostituyen su alma por una cuota de pantalla. Pero el tiempo, ese juez insobornable que no entiende de nóminas de Ferraz, terminará por situar a cada cual en su lugar de ignominia. La verdad no se adorna, y la mentira, por mucho que se grite desde el pesebre sanchista, tiene las patas muy cortas; como los cerebelos gratificados de la manipulación más nauseabunda.
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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