En la ladera del monte Quirinal, el rione di Trevi es un barrio universalmente conocido por su emblemática fontana[1], aunque, más allá de ésta, aquí encontramos muchos otros focos de interés cargados de historia y belleza. Así, el Palacio Barberini y su célebre escalera helicoidal diseñada por Borromini; el Palacio Colonna, con sus frescos conmemorando la victoria en Lepanto[2] y su hermoso jardín escalonado; el solemne Palacio del Quirinal, antigua residencia de los papas[3], o la Fuente del Tritón obra de Bernini. En Trevi se hallan también la recoleta Chiesa di San Carlo alle Quattro Fontane; Santa Maria in Trivio; San Vicenzo y Anastasio[4]; San Marcello al Corso[5]; la Basílica de los Santos Apóstoles[6] y el Oratorio del Santísimo Crucifijo… una joya diminuta y en apariencia insignificante entre los grandes monumentos, palacios y templos de Roma, que pasa desapercibida al turista, pero en la que merece la pena detenerse. Porque esta pequeña construcción de fachada sobria, sin esculturas, ni relieves, ni grandes columnas flanqueando la entrada, sita en la intersección de la Via dell’Umiltà y la Via di San Marcello, encierra un espacio único, donde el tiempo se detiene y el espíritu se calma.
Construido por el deseo y merced a la financiación de los cardenales Ranuccio (1530-1565) y Alessandro Farnese (150-1589), nietos del Papa Pablo III y miembros ilustres de la cofradía del Santísimo Crucifijo, el Oratorio se levantó entre 1562 y 1568 bajo la dirección del célebre arquitecto Giacomo della Porta (c.1532-1602), discípulo de Vignola y colaborador de Miguel Ángel. Aunque no es éste el único vínculo del Oratorio con el autor de la Capilla Sixtina, pues toda la estancia evidencia el influjo del gran genio de la Toscana en la manera y el colorido de los notables frescos que lo decoran.
Por contraste con la claridad de la calle, los ojos tardan un poco en acostumbrarse a la penumbra del interior, descubriendo, una vez acomodados, una amplia nave de unos veinte metros de profundidad, piso de mármol y altos techos rematados con un precioso artesonado. A la izquierda, nada más entrar, una empinada escalera asciende hasta el órgano; de frente, la estancia se halla ocupada por filas de bancos de madera; al fondo se aprecia un altar muy sencillo presidido por una imagen barroca de Cristo Crucificado; y, envolviéndolo todo, las paredes decoradas de arriba abajo con pinturas al fresco, desigualmente iluminadas por la luz natural que entra por los elevados ventanales de la fachada y dos pares de ventanas laterales. Una intensa luz blanca se proyecta oblicua sobre el muro, cegando las formas de los primeros paneles, mas, incidiendo rasante en los centrales, nos revela los trazos incisos sobre el mortero que guiaron la mano del artista. O, mejor dicho, los artistas, ya que fueron varios los implicados en la decoración del oratorio. Pues, si bien el programa iconográfico fue concebido y diseñado por Tommaso de’ Cavalieri (1509-1587), dibujante, coleccionista, literato y amigo de Miguel Ángel, en colaboración con el pintor manierista Girolamo Muziano (1528-1592), los frescos fueron ejecutados por Niccolò Circignani (c. 1517-1596), Giovanni de’ Vecchi (c. 1536-1614), Cesare Nebbia (1536-1614), Paris Nogari (c. 1536-1601), Cristoforo Roncalli (1552-1626) y Baldassarre Croce (1558-1628).
En las paredes laterales contemplamos la “Historia de la Vera Cruz”, inspirada en la Legenda Aurea (1298) del dominico Jacopo da Varazze (c. 1230-1298), y en la contrafachada se ilustra la historia de la cofradía del Santísimo Crucifijo. Unas pinturas que, como apuntábamos más arriba, muestran una inequívoca influencia de Miguel Ángel en su factura y colorido.
Así mismo, el Oratorio del Santísimo Crucifijo fue un marco privilegiado para las composiciones polifónicas de los maestros Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594) y Orlando di Lasso (1532-1594), pudiéndose imaginar el efecto mágico de sus motetes y misas cantadas entre aquellos muros. Y, sin embargo, es en la soledad y el silencio, envueltos en su luz serena, cuando apreciamos mejor la atmósfera dulce y acogedora de un espacio impregnado de espiritualidad y belleza, magno y familiar a un tiempo, cargado con el sabor de lo eterno.
NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO
[1] En la fachada del Palacio Poli Diseñada en 1739 por el escultor Nicola Salvi (1697-1751) fue terminada a su muerte por Pietro Bracci (1700-1773), autor de la figura central: Océano. Muy cerca, en el Palacio Colonna, en la Sala del Baldacchino del Padiglione Pío podemos disfrutar de otra obra de Bracci: un magnífico busto del papa Benedico XIV (c. 1755) en mármol de Carrara.
[2] En la que tan alto papel jugó Marco Antonio II Colonna (1535-1584), almirante de la flota pontificia. El fresco que decora la bóveda de la Sala Grande es obra de Giovanni Coli (1636-1681), Filippo Gherardi (1643-1704) y Johann Paul Schor (1615-1674), este último a cargo del trampantojo arquitectónico que enmarca el fresco. El fresco de la Sala de los Paisajes fue realizado por Luca Giordano (1634-1705) y Sebastiano Ricci (1659-1734); y el de la Sala de la Columna Bélica lo ejecutó Giuseppe Bartolomeo Chiari (1654-1727).
[3] Desde 1609 (bajo el mandato de Paulo V) hasta 1870, cuando, con la unificación italiana, pasó a ser residencia real y, más tarde, desde 1946, sede de la Jefatura del Estado. Por cierto, dicho palacio contiene una escalera helicoidal diseñada por Ottaviano Mascherino (1536-1606), anterior y muy similar a la diseñada por Francesco Borromini (1599-1667) para el Palacio Barberini.
[4] Conocida por su imponente fachada de mármol travertino y por albergar los llamados “precordi” u órganos de los papas difuntos, extraídos antes de su embalsamamiento. De ahí el sobrenombre de la iglesia, llamada popularmente “delle frattaglie” o “delle budelli” (de las entrañas).
Sobre el particular, puede leerse: https://www.eldebate.com/religion/iglesia/20241225/esta-iglesia-roma-robo-corazon-25-papas_254149.html
[5] Conocida por su fachada, obra de Carlo Fontana, decorada con relieves de Antonio Raggi. En su interior destacan los frescos de Taddeo Zuccari, Francesco Salviati, Perin del Vaga y Danielle da Volterra, así como el Sepulcro del cardenal Giovanni Michiel y su nieto Antonio Orso, obra de Jacopo Sansovino, junto con los bustos de Roberto, Lelio y Muzio Frangipane, realizados por Alessandro Algardi.
[6] Donde puede admirarse el fresco de la bóveda titulado Triunfo de la Orden Franciscana (1672-85), de Giovanni Battista Gaulli, il Baciccia (1639-1709) –autor, asimismo, de la La Veneración del Santo Nombre de Jesús, en el techo de la famosa Iglesia del Gesù–, y la Caída de los ángeles rebeldes (1709), de Giovanni Odazzi (1663-1731). Esta gran iglesia alberga también el sepulcro del Papa Clemente XIV (1787) y la estela funeraria en memoria del grabador Giovanni Volpato (1807), obras ambas del escultor Antonio Canova (1757-1822).



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