La pregunta que se desprende de lo dicho por Donald Trump incomoda porque obliga a mirar la política como lo que es y no como lo que nos gustaría que fuera. No como una escena moral donde los justos esperan turno para gobernar, sino como un mecanismo primario de administración del poder y contención del caos. El malentendido comienza cuando confundimos legitimidad con control y voluntad popular con capacidad operativa. En momentos normales esa confusión es tolerable; en momentos de quiebre, es letal.
En toda transición real —no en las narradas por activistas ni en las soñadas por redes sociales— la primera pregunta nunca es quién tiene razón, sino quién puede incendiar la habitación y quién puede evitar que lo haga. La política no se organiza alrededor de la verdad, sino alrededor del riesgo. Y hoy en Venezuela el riesgo no está distribuido de manera equitativa. El monopolio efectivo de la fuerza, de las armas, de las cadenas de mando y de la violencia organizada no reside en la oposición civil, sino en el chavismo armado.
Negar eso puede ser moralmente reconfortante, pero estratégicamente es una forma de infantilismo.
Desde ahí se entiende —aunque no se celebre— por qué figuras como Delcy Rodríguez aparecen en mesas de negociación que indignan a buena parte de la opinión pública. No porque representen valores compartidos ni porque encarnen una transición deseable, sino porque concentran funciones que, en una fase de alto voltaje, resultan indispensables: continuidad administrativa en un Estado hipercentralizado, conexión directa con el poder duro y capacidad de entregar cosas concretas que se cumplan. La política internacional no trabaja con declaraciones de intención, sino con garantías mínimas de ejecución. No se sientan aliados; se sientan operadores.
El error común es leer esa presencia como una traición moral, cuando en realidad es una constatación técnica: no se negocia con quien tiene razón, sino con quien tiene capacidad de daño. La razón puede esperar; el daño, no. En escenarios de ruptura, primero se desactiva la bomba y después se discute quién debe tener las llaves del edificio.
Ese mismo realismo explica la ausencia —dolorosa para muchos— de María Corina Machado en la fase inicial. No porque carezca de legitimidad, apoyo popular o claridad política, sino precisamente porque su figura opera en otro plano. María Corina no controla armas, no controla territorio, no controla estructuras coercitivas ni puede garantizar que una transición abrupta no derive en violencia inmediata. Y en una fase de choque, eso pesa más que los votos, más que la épica y más que la verdad moral.
Hay además un elemento que rara vez se dice sin rodeos: para el chavismo duro ella no es una interlocutora posible, sino una amenaza existencial. Introducirla en la etapa de contención no acelera el proceso; lo congela. La política real no premia el coraje simbólico cuando este bloquea la salida del laberinto.
Algo similar ocurre con Edmundo González, cuya función es frecuentemente malinterpretada. Edmundo representa consenso civil, institucionalidad futura, una figura presentable para la normalización. Pero no es un operador del poder efectivo. No está para apagar incendios, sino para ordenar la casa cuando el fuego ya no avanza. Confundir símbolo con palanca es uno de los errores más persistentes de las oposiciones morales.
La historia reciente —en América Latina, en Europa del Este, en Medio Oriente— repite siempre el mismo patrón: primero se negocia con quienes pueden desatar el caos, luego se reacomoda el poder con actores civiles y técnicos, y solo al final se construye legitimidad democrática. Pretender invertir ese orden no es valentía ni pureza; es desconocer cómo funcionan las transiciones cuando el Estado aún conserva dientes.
El venezolano suele caer en un autoengaño comprensible pero peligroso: creer que la caída de una figura implica automáticamente el ascenso de “los buenos”. No es así. Primero gobiernan los que pueden evitar que el país se queme. Después los que pueden administrarlo. Y solo al final los que pueden representarlo simbólicamente. La moral no desaparece del proceso, pero tampoco dirige la primera jugada.
Nada de esto implica que María Corina Machado esté fuera del tablero. Implica algo más incómodo de aceptar: no es la carta de esta mano, sino de la siguiente. Forzar su entrada ahora sería como convocar elecciones en medio de un incendio forestal: un gesto noble, inútil y potencialmente devastador. Si la transición avanza, su rol será el de legitimadora y probablemente el de capitalizadora política. Si, en cambio, se la elimina por completo del horizonte, entonces sí habría razones reales para hablar de cierre y no de transición.
La conclusión, aunque despojada de épica, es simple: hoy se habla con quienes controlan la fuerza; mañana con quienes pueden gobernar; y pasado mañana con el país. La historia nunca empieza donde uno quiere, sino donde el poder lo permite. Entender eso no te vuelve cínico. Te vuelve adulto en un mundo que castiga duramente a quienes confunden la política con un juicio moral.
Autor
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De su madre, Laura Arenas Green, perteneciente a una familia aristócrata y aficionada a las Artes, hereda el de verbalizar y hacer visible la realidad.
Hay que recordar que es sobrina de Luis Arenas Ladislao, conocido fotógrafo cuyo legado diera a la belleza de Sevilla proyección internacional, incluso la Sevilla secreta de la más estricta clausura en e Sevilla oculta, Sevilla eterna y Semana Santa en Sevilla.
Su tatarabuelo, Isauro López-Ochoa y Lasso de la Vega, fue un periodista perseguido por sus ideas liberales; fundador de la revista El Avisador, que contaba con la colaboración de Javier Lasso de la Vega, José Gestoso, Luis Montoto, Antonio Machado y José de Velilla, entre otros.
El ambiente familiar propició el trato desde niña con personajes destacados de las Artes, recibiendo una formación esmerada en el estudio de la Historia, Literatura, Música y Pintura, faceta que perfeccionó en la escuela de Artes Aplicadas y oficios artísticos de Sevilla.
También fue alumna de José María de Mena en la escuela de Arte dramático, llegando a interpretar y dirigir obras como Cinco horas con Mario, La vida es sueño, Don Juan Tenorio y La casa de Bernarda Alba.
Su primera novela, “La Cala de San Antonio” refleja su particular visión de la vida en todas sus facetas: el dolor, el sufrimiento, la alegría y la magia de estar vivo, porque la principal temática de sus escritos ligeros se centra en el comportamiento humano.
Para estudiarlo no ha dudado en introducirse en distintos ambientes sociales, incluso marginales. Aunque reconoce que “habría podido evitar conocer a algunas personas, he aprendido la importancia de los valores viendo las consecuencias que sufren quienes viven sin ellos”.
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