Afortunadamente, la mañana fresca y luminosa invitaba a pasear. Para evitar el bullicio de los grupos organizados, habíamos previsto visitar la villa Farnesina[1] a primera hora. Lo cual significaba que, desde nuestro alojamiento en Porta Pía, teníamos que atravesar Roma de norte a sur hasta el otro lado del río, en el Trastevere. Descendiendo la Via Nazionale hasta Piazza Venezia, nos encaminamos en dirección suroeste hasta el Ponte Sisto –también llamado de Agrippa–, tomamos la Via di Ponte Sisto hasta la Via Dorotea, y ésta hasta la Via della Lungara, alcanzando nuestro destino a las nueve en punto.
El palacio y el hermoso jardín en el que se inscribe, diseñados por el arquitecto sienés Baldasarre Peruzzi, ofrecen una bellísima estampa a primera vista. Rodeándolo por el costado occidental –la entrada se halla en la cara norte–, la loggia o galería que recibe al visitante remite, por su altura y situación en el centro de la fachada, al Palazzo Medici. Esta galería recibe el nombre de Cupido y Psique, y lo primero que atrapa la atención del observador son los frescos que cubren su techo abovedado. Resulta muy entretenido –y útil para enderezar las cervicales– identificar los mitos, los personajes y la infinita variedad de pájaros allí representados, precisamente sobre nuestra cabeza, apreciando no sólo su forma y colorido sino también –merece apuntarse– el esfuerzo implicado en su excelente conservación.
La contigua Sala Galatea recibe su nombre por albergar el famoso Triunfo de Galatea, del gran Rafael Sanzio. Una hermosa luz baña la estancia mostrándonos el virtuosismo del artista de Urbino. Contemplamos el fresco absortos y como suspendidos, envueltos en un silencio absoluto, apenas roto o subrayado –según se mire– por los variados y agradables trinos de los pequeños residentes alados del jardín.
En la planta superior, el Salón de las perspectivas nos muestra en trampantojo unos paseos columnados que simulan la continuidad del espacio más allá de las paredes del cuarto. Los frescos, los suelos de mármol, el artesonado de los techos, los dinteles y marcos de las puertas, la chimenea, las lámparas… cada elemento es admirable y el conjunto, además, acogedor. En esta habitación se exhibe una copia en yeso del Arrotino[2], que perteneció a Agostino Chigi[3], constructor y primer habitante del palacio.
Por otra parte, podemos ver también un cuarto pompeyano del llamado “tercer estilo”[4] y algunas otras referencias a este período, por ejemplo, en las singularísimas contraventanas de madera –ningún par es igual a otro– decoradas con delicados candelieri pintados.
Desde dichas ventanas, los jardines colman la vista y tras visitar hasta el último rincón de la villa, lo recorremos sin prisa reparando en los tonos del gastado muro de ladrillo que lo separa del río, en la diversidad de los limoneros, en el trazado de los setos de boj, en las dimensiones de las calles y parterres, en los enormes “vasos” esféricos de barro cocido que enmarcan la fuente… y, de nuevo, en la magnífica luz y excelente temperatura que sin duda realzan la belleza del paraje fijándolo en la memoria. Envueltos por el sonido de las alondras, los gorriones y petirrojos, tomamos un apunte a lápiz y tinta, antes de proseguir nuestra marcha, echando un último vistazo al precioso conjunto desde la misma puerta.
Nos dirigimos en dirección a San Pedro siguiendo el curso del río por el paseo fluvial conocido como lungotevere. Las sombras proyectadas de los árboles y del puente Giuseppe Mazzini sobre el muro opuesto y sobre las aguas poco caudalosas del Tíber en esta época del año forman un ángulo exacto de cuarenta y cinco grados; la disposición preferida para el trazado de sombras en arquitectura. Son las once.
Un poco más adelante, el río gira a la derecha y al otro lado vemos alzarse la curiosa cúpula[5] de la Iglesia de San Juan Bautista de los florentinos[6]. Una construcción que por diferentes problemas[7] tardó más de dos siglos en terminarse (de 1519 a 1734) y en la que concurrieron en distintas fases –¡ahí es nada!– los arquitectos Jacopo Sansovino (1486-1570), Antonio da Sangallo el Joven (1484-1546), Miguel Ángel (1475-1564), Giacomo della Porta (1532-1602), Carlo Maderno (1556-1629), Pietro da Cortona (1596-1669), Francesco Borromini (1599-1667) y, finalmente, Alessandro Galilei[8] (1691-1737), que terminó la fachada en 1734. De hecho, Borromini[9] y Maderno están enterrados en esta iglesia.
Para verla, cruzamos el puente del Príncipe Amadeo Saboya Aosta, situado justo a la altura del templo. Afortunadamente, está abierto, y su interior es un excelente muestrario del mejor arte barroco. Y es que hay que decir que aquí no sólo confluyeron los arquitectos más reputados de aquel período, sino también un notable elenco de escultores entre los que cabe citar a: Pietro Bernini (1562-1629), Alessandro Algardi (1595-1654), Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), Ercole Ferrata (1610-1686), Domenico Guidi (1625-1701), Antonio Raggi (1624-1686), Filippo della Valle (1698-1768) o Michel-Ange Slodtz[10] (1705-1764).
En lugar preeminente, en el altar principal diseñado por Borromini, destaca el Bautismo de Cristo realizado por Antonio Raggi (1624-1686), discípulo del gran Gian Lorenzo Bernini y desafortunadamente fallecido con apenas cuarenta y dos años. No podemos dejar de imaginar cuán inmenso habría sido su legado si la llama de su vida no se hubiera apagado en la madurez de su carrera, como sucedió con el antes citado Borromini y tantos otros artistas desaparecidos a edad temprana.
En esta iglesia, Raggi también elaboró el Sepulcro de Francesca Caldarini Pecori Riccardi (c. 1655); Alessandro Algardi nos dejó el busto del arzobispo Ottaviano Corsini (1641); su discípulo Ercole Ferrata realizó los Monumentos funerarios de Ottaviano Acciaiuoli (c. 1659) y del cardenal Lelio Falconieri (h.1660); y otro de sus pupilos, Domenico Guidi, ejecutó los cenotafios de Orazio Falconieri y Ottavia Sacchetti (1665-69), y el de Pietro Francesco de Rossi (c. 1673). A Gianlorenzo Bernini se debe el busto para el sepulcro de Antonio Barberini (c.1629); a Filippo della Valle (1698-1768), el de Girolamo Samminiati (1733) y a Michel-Ange Slodtz, el Monumento dedicado a Alessandro Gregorio Capponi (1746).
Cada una de estas piezas justifica por sí sola el viaje a Roma, pero cabe añadir, además, que en el museo de San Juan Bautista de los florentinos (contiguo a la iglesia) se guardan un San Juan Bautista niño de Miguel Ángel, un relieve de la Virgen con el Niño y Santa Ana de Pierini Da Vinci –discípulo de Miguel Ángel–; los bustos de mármol de Antonio Coppola[11] (1612), obra de Pietro Bernini, y los de Antonio Cepparelli[12] (1622-23) y Antonio Barberini (c.1629) tallados por su hijo Gianlorenzo.
Un conjunto de obras que, inexplicable pero afortunadamente, se hallan fuera del circuito turístico habitual y pueden ser disfrutadas en silencio.
Continuando nuestro recorrido en dirección a San Pedro, atravesamos el puente de Sant’Angelo para contemplar los ángeles de piedra recién restaurados que adornan su afamado pretil. He aquí reunido, también, otro nutrido grupo de escultores barrocos: Lazzaro Morelli[13] (1608-1690), Pietro Paolo Naldini[14] (1619-1691), Cosimo Fancelli[15] (1620-1688), Girolamo Lucenti[16] (1627-1698), Giulio Cartari[17], Antonio Giorgetti[18] (1635-1669) y los mencionados anteriormente Ercole Ferrata, Domenico Guidi y Antonio Raggi.
Un cielo azul intenso sirve de marco al paseo de estatuas, mientras el sol, en lo alto, alegra al paseante sin abrasar… Dejando a un lado la gigantesca mole del castello di Sant’Angelo ya alcanzamos a ver, al final de la Via della Conciliazione, la Basilica Papale di San Pietro.
NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO
[1] Debe su nombre a quien fue su más famoso propietario –tras adquirir la villa en 1580–, el poderoso cardenal Alessandro Farnese (1520-1589). Éste fue un entendido coleccionista de esculturas –recordemos sus colosales Hércules y Flora Farnese–, creó los famosos “jardines Farnese” en el monte Palatino (hoy casi desaparecidos) y levantó una preciosa villa en Caprarola (en las afueras de Roma, en el Lacio), muy elogiada por Montaigne. (Diario del viaje a Italia por Suiza y Alemania, Editorial Destino, Barcelona, 2021, pp. 346-47).
No debe confundirse con su abuelo, el cardenal Alejandro Farnese (1468-1549), posteriormente Papa Paulo III, ni con el ilustre general de Parma (1545-1592) al servicio de Carlos I y Felipe II.
[2] Afilador. Escultura romana copia de un original del período helenístico (siglo III-II a.C.) que formaba un conjunto con el sátiro Marsias. Marsias se enfrentó a Apolo retándole a dirimir quién era mejor músico. Según lo acordado, el vencedor podría castigar al perdedor a su antojo.
El mármol del Arrotino se conserva actualmente en la Tribuna de la Galería de los Uffizi y recordamos también una copia en bronce en la National Gallery de Dublín.
[3] Apodado el Magnífico, fue un famoso banquero y mecenas. Enterrado en la iglesia de Santa María del Popolo, la capilla que lleva su nombre contiene tres piezas de Gian Lorenzo Bernini: el clípeo con el busto de Agostino Chigi sobre su sepulcro, Jonás y un formidable conjunto titulado Habacuc y el ángel.
[4] Llamado “ornamental”. Se desarrolló a finales del siglo I a.C., en época imperial.
[5] El singular diámetro y altura del tambor y la cúpula diseñada por Carlo Maderno hacen que sea apodada por los romanos como “il confetto succhiato” o “el caramelo chupado” por su forma alargada.
[6] El peso de la comunidad florentina en Roma queda de manifiesto en el nombre de numerosos palacios asociados a apellidos ilustres como Medici, Barberini o Corsini. Y, naturalmente, los papas y cardenales florentinos ayudaron a los artistas de su tierra. Por ejemplo, es bien sabido que el cardenal Scipione Caffarelli Borghese, sobrino del papa Paulo V, protegió a Pietro Bernini (padre del gran Lorenzo) y le introdujo en los círculos de poder romanos, lo que le proporcionó numerosos encargos y facilitó que su hijo pudiera desarrollar su brillante carrera.
[7] Su ubicación y asentamiento en el lecho del río generó numerosos problemas de cimentación. Los principales impulsores de su construcción fueron tres papas florentinos: León X (1513-1521), Clemente VII (1523-1534) y Clemente XII (1730-1740). León X fue aliado de Carlos I y un destacado promotor de las artes. Clemente VII es recordado por el “saco de Roma” y el cisma anglicano bajo su mandato. Clemente XII fue un excelente gestor e impulsor de las artes, responsable de la construcción de la famosa Fontana de Trevi, de la apertura al público de los Museos Capitolinos en 1734 y de la fundación de la Calcografía Cameral (hoy Nacional) en 1738. Además, fue el primero en identificar y condenar oficialmente la masonería como enemiga del Catolicismo en la bula In eminenti apostolatus specula (1738).
[8] Aunque de todos los citados Alessandro Galilei seguramente sea el menos conocido por el gran público, recordemos que este arquitecto también fue el autor de la fachada de la archibasílica de San Juan de Letrán en 1731-32.
[9] Este caso es realmente interesante, pues Borromini se suicidó desesperado por la enfermedad que le torturaba y ninguna otra iglesia lo acogía.
[10] Poco conocido en España, cabe recordar que en 2015 se descubrió una valiosa y muy bien conservada pieza suya de terracota en la Quinta de Torre Arias, en Madrid. Titulada Diana y Endimión y datada hacia 1740, su versión en mármol pertenece a una colección particular en Ginebra.
[11] Cirujano y benefactor del hospital de San Giovanni Battista dei Fiorentini.
[12] Comerciante lorentino que donó gran parte de su fortuna al hospital de San Giovanni Battista dei Fiorentini.
[13] Responsable del ángel flagelante, bajo el que puede leerse la inscripción: “In flagella paratus sum”. Que, traducido, significa: “Estoy listo para la flagelación”.
[14] Autor de dos ángeles: el que porta las prendas y los dados y el que porta la corona de espinas. Este último es una versión del original de Bernini, guardado en la Iglesia de Sant’Andrea delle Fratte.
[15] Autor del ángel con el sudario bajo el que figura la leyenda: “Respici faciem Christi tui”. Es decir: “Mira el rostro de tu Cristo”.
[16] Autor del ángel con los clavos. En el plinto sobre el que se eleva se lee la siguiente inscripción: “Aspiciant ad me quem confixerunt”. Es decir: “Que vuelvan la mirada a mí a quien crucificaron”.
[17] Autor del ángel con el título de la Cruz, versión del original de Bernini, guardado en la Iglesia de Sant’Andrea delle Fratte.
[18] Responsable del ángel con la esponja de vinagre. En su pedestal puede leerse: “Potaverunt me aceto”. Esto es: “Me dieron a beber vinagre”.







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