15/08/2026 05:43

Tal como anuncié en el artículo anterior, en esta segunda entrega sobre la amistad me inspiraré principalmente en Clive Staples Lewis. En su libro “Los cuatro amores” reflexiona sobre los cuatro tipos básicos del amor humano: el afecto, la amistad, el eros y la caridad. Apoyándose en la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles y en la tradición judeocristiana, asegura que la amistad (philia) es una forma de amor que sólo puede darse entre seres humanos, siendo una de las relaciones más valiosas que podemos tener y que fomenta el crecimiento personal y la comunión.

La amistad, relación humana con la que todos ganan.

Para crecer hasta lograr nuestro pleno desarrollo, todos necesitamos amistades con las que aprender y compartir nuestras alegrías, así como lidiar con mayor seguridad y confianza las dificultades de la vida. «Los amigos verdaderos son los que vienen a compartir nuestra felicidad cuando se les ruega, y nuestra desgracia sin ser llamados», escribió Juan Luis Vives, gran humanista y filósofo español.

Tal como enseña Aristóteles en su “Ética a Nicómaco”, la relación de amistad exige tres cualidades: beneficencia (hacer y desear el bien para el amigo), concordia (compartir vida, aficiones, objetivos, pasiones…) y buena voluntad (afecto interno), que son consecuencia del amor hacia el amigo, al cual tratamos como a nosotros mismos.

Tenemos sobrada experiencia de que en cualquier situación nos encanta la compañía de nuestros amigos. Pasar el rato con amigos nos permite relajarnos, reírnos abiertamente con las cosas más intrascendentes y disfrutar juntos de las aficiones comunes. A continuación, un texto de C. S. Lewis en el que, de forma magistral, poética y sencilla -muchos nos vemos retratados-, nos habla de esto:

«En una amistad perfecta, ese amor de apreciación es muchas veces tan grande y con una base tan firme que cada miembro del círculo, en lo íntimo de su corazón, se siente poca cosa ante todos los demás. A veces se pregunta qué pinta él allí entre los mejores. Tiene suerte, sin mérito alguno, de encontrarse en semejante compañía; especialmente cuando todo el grupo está reunido, y él toma lo mejor, lo más inteligente o lo más divertido que hay en todos los demás. Esas son las sesiones de oro: cuando cuatro o cinco de nosotros, después de un día de duro caminar, llegamos a nuestra posada, cuando nos hemos puesto las zapatillas, y tenemos los pies extendidos hacia el fuego y el vaso al alcance de la mano, cuando el mundo entero, y algo más allá del mundo, se abre a nuestra mente mientras hablamos, y nadie tiene ninguna querella ni responsabilidad alguna frente al otro, sino que todos somos libres e iguales, mientras nos envuelve un afecto que ha madurado con los años. La vida, la vida natural, no tiene don mejor que ofrecer. ¿Quién puede decir que lo ha merecido?»

Los amigos también nos sirven como aliviadero en nuestros momentos de bajón anímico. La confidencia íntima con ellos en esos momentos de desahogo, es la mejor terapia personal: nos ayudan a descansar y experimentamos felicidad y gratitud.

La amistad, el menos celoso de los amores.

«A los antiguos —afirma C. S. Lewis—, la amistad les parecía el más feliz y más plenamente humano de todos los amores: coronación de la vida y escuela de virtudes. El mundo moderno, en cambio, la ignora: pocos la valoran, porque son pocos los que la experimentan.

«Muy poca gente moderna piensa que la amistad es un amor de un valor comparable al eros o, simplemente, que sea un amor. No puedo recordar ningún poema ni novela alguna que la haya celebrado. Tristán e Isolda, Antonio y Cleopatra, Romeo y Julieta tienen innumerables imitaciones en la literatura; pero David y Jonatán, Pílades y Orestes, Rolando y Oliveros, Amis y Amiles no las tienen».

Hablando de esto mismo, el profeta Samuel nos cuenta cómo David llora la muerte de su gran amigo Jonatán, caído en batalla junto con su padre, el rey Saúl [2 Samuel 1, 25-27]:

«¡Jonatán!, en tu muerte he quedado sin consuelo; estoy angustiado por ti, hermano mío, Jonatán.

—Me eras carísimo.

—Tu amor era para mí más preciado que el amor de las mujeres.

—¡Cómo han caído los héroes, cómo han perecido los guerreros!».

En cuanto al número requerido de amigos, el dos no es el mejor: dos amigos se sentirán felices si se les une un tercero, y lo mismo cuando a tres se les une un cuarto —siempre que los recién llegados estén cualificados para ser verdaderos amigos—. Sucede con los amigos lo mismo que cuenta Dante de las ánimas benditas en la “Divina Comedia”: «Aquí llega uno que aumentará nuestro amor»; porque en este amor «compartir no es quitar».

Algunas cualidades de la relación de amistad.

La amistad, según la describe Lewis, es como un lazo que nace cuando dos personas descubren que comparten una pasión o visión del mundo, como un viaje común o el amor por la verdad. Suele ocurrir que uno piensa ser el único en poseer cierto “tesoro” o cierta cruz, y de repente cae en la cuenta: «¡Anda, éste me comprende! ¡Pensaba que era yo el único!»; esta expresión puede ser el comienzo de una amistad.

Quede claro, sin embargo, que el camino a recorrer para consolidar una amistad es largo y supone ejercitar muchas virtudes (compañerismo, espíritu de servicio, constancia, etc.). Enseña Aristóteles, en su “Ética a Nicómaco”, que la amistad –tan necesaria como bella para el ser humano– no reside en un mero sentimiento, sino que se trata más bien de una virtud práctica que ordena la vida humana hacia el bien común.

Entre amigos, cada uno busca el bien del otro; ellos se ayudan a crecer, facilitando verse a sí mismos con claridad. Esta conducta exige humildad, honestidad y sinceridad.

En la relación de amistad, uno no busca aprovecharse de los bienes, o la posición de su amigo: esa relación debe ser desinteresada y recíproca, pues se basa en el respeto mutuo y en la lealtad.

Jesús es el mejor ejemplo de amigo.

Tratándose del “ELOGIO DE LA AMISTAD”, considero obligado hacer mención del inmenso amor de Jesús hacia sus amigos. Aunque en los Evangelios encontramos numerosas escenas muy elocuentes de esa amistad, nos centraremos ahora en algunos pasajes de la Última Cena.

Cuando llegó la hora suprema de aceptar su Pasión y Muerte en la Cruz, quiso celebrar su última Pascua con sus amigos; “se puso a la mesa y los Apóstoles con Él. Y les dijo”: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» [Lc 22,14-15]. El Señor abre su Corazón a sus amigos para expresarles su íntimo deseo de compartir con ellos las últimas horas antes de su Pasión, y les confía el sentido de su muerte en la Cruz: «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos»; y «A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer» [Jn 15, 13 y 15]. Jesús les ha entregado —también a nosotros, que queremos ser sus amigos— todo lo que había recibido del Padre. Todo por amor: “Los amó hasta el extremo” [Jn 13, 1].

Después de cenar, quiere estar en compañía de sus amigos en Getsemaní, donde, tras aceptar voluntariamente llevar a término la Voluntad del Padre, va a ser apresado por la guardia del Sanedrín, guiada por Judas Iscariote, que le traicionó. Todo esto está magistralmente escenificado en los primeros 20 minutos de la película “La Pasión de Cristo”, de Mel Gibson.

Habiendo tenido el privilegio de peregrinar a Tierra Santa en el pasado mes de septiembre y visitar estos sagrados lugares, lo cual es muy, muy conmovedor, desearía tener la capacidad de contar estos hechos con la máxima viveza; he intentado hacerlo.

Es muy propio de la amistad acercar a los amigos al mejor Amigo, a Jesús. Así lo hicieron los primeros: Juan con su hermano Santiago; Andrés con su hermano Pedro y con su amigo Felipe; y Felipe con su amigo Natanael.

Parafraseando a San Josemaría Escrivá, quien predicó y escribió extensamente sobre el apostolado de la amistad, ser un verdadero amigo de nuestros amigos implica ayudarles a través del ejemplo de nuestra conducta, de nuestros consejos y del ascendiente que proporciona la intimidad [Cf. Surco, nº 731]. De esta manera, para un cristiano, la amistad se transforma en una “luz divina que da calor” [Cf. Forja 565].

Reflexiones finales.

Al interactuar con los amigos, nos vemos expuestos a ideas, perspectivas y experiencias diferentes; se amplían nuestros horizontes, adquirimos nuevas habilidades y conocimientos y nos facilita momentos de descanso, diversión y alegría… El sentido de pertenencia y conexión social que nos proporciona el trato con los amigos aumenta nuestra autoestima, promueve nuestro crecimiento personal y mejora nuestra salud mental y afectiva, brindándonos un apoyo emocional que reduce el riesgo de depresión o de ansiedad.

Y esto lo necesitamos todos, tanto mujeres como hombres, tanto niños y jóvenes como mayores. La amistad es un bien indispensable en todas las etapas de la vida de una persona y para toda comunidad humana. No es deseable para nadie una vida sin amigos, por más rica que pueda ser en otros bienes. Existen otros tipos de relaciones –basadas en el placer o en la conveniencia, en la voluntad mutua de obsequiarse o de alcanzar un objetivo…– pero la relación de verdadera amistad es la más duradera y la que tiene efectos más beneficiosos.

Como dice el proverbio popular, en esta vida: “si quieres ir rápido en tu camino, ve solo, pero si quieres ir seguro, es mejor que vayas acompañado de un amigo”.

Lectura recomendada:

Título: Libros VIII – IX de «Ética a Nicómaco». Autor: Aristóteles

Editorial: Acantilado.

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