La Farsa del 78 pasará a la historia como un tiempo de progreso en el que España fue destruida por las leyes y designios progresistas.
Además de abundantes gestos, clichés, consignas y lugares comunes reñidos con la estética más elemental, la democrática Farsa del 78 ha producido sobre todo innumerables vicios, escándalos y delitos; y multitud de perezosos desinteresados en analizar verazmente la situación de dicha época infausta, así como la de sus víctimas.
Con lo cual se ha dejado sin castigar, y a menudo sin descubrir, lo que se ha ocultado y se sigue ocultando tras las celadas, las máscaras y los crímenes. De los rojos, sobre todo, pero también de esa derecha camuflada tras las palabras «Dios» y «Patria», pero que, como la sevicia frentepopulista, sólo tiene como objetivo final los propios intereses, ajenos a la gloria y al progreso de España.
Los muñidores de la comedia han utilizado a millones de sectarios y de tontos útiles para confundir los buenos sentimientos con el buenismo, sustituir la objetividad por el relativismo y transformar la democracia en tiranía. Y así, ignorando metódicamente la realidad indeseada, convertir a la masa en avalista de sus abusos y demagogias.
Mientras arraigaba la pérdida de valores y la desafección ciudadana, infinitos rebeldes sociales impostados, pacifistas de salón e intelectuales a la violeta se han solazado y se solazan confortablemente instalados en la placerosa y falsaria civilización globalista. Un progreso que desprecia la religiosidad, la educación y la justicia.
Una culturización integrada por arribistas capaces de nadar y guardar la ropa, de pescar en todas las aguas, en todos los gobiernos y regímenes. Tertulianos y columnistas progres, politicólogos y pensadores áulicos que viven gracias al prestigio sociopolítico alcanzado por mor de comentarios o soflamas amoldables a cada casuística.
Mixtificadores que manipulan hechos, conceptos o noticias al hilo de un particular manual de oportunismo donde cada caso tiene su discurso prefabricado. Cómplices todos ellos de una nauseabunda casta partidocrática -o integrados en ella- de políticos ladrones, traidores y fulleros, a quienes la impunidad les facilita salir siempre indemnes de la variedad de situaciones concretas que trampean.
Esta basca ha conseguido descomponer el Estado de derecho, desguazándolo mediante el desarme moral de sus instituciones. Y en dichas circunstancias, con España agonizante, dicha chusma política, junto con sus pesebristas nominales, sus militantes y sus electores, todos ellos odiadores de lo noble y de lo bello, se han estado divirtiendo más que un mono con mar alta en una barca llena de plátanos.
Porque los brutos no piensan, bestializan. Y no sólo dañan con sus gracias fraudulentas y perversoras, sino que además quieren mal a quien por capricho o negocio han causado algún daño. Y porque en la tierra de los necios y de los fanáticos los locos son reyes o validos.
El caso, como digo, es que de los dos filósofos griegos: Heráclito, que postulaba el llanto, y Demócrito, que sostenía la risa, como actitud ante la vida, la Farsa del 78 nos ha dejado sólo el sistema del primero de ellos. Un tiempo acre y aflictivo en el que, como decía el padre (boticario, al parecer) del lúcido periodista Manuel Martin Ferrand, parece habérsele añadido genciana a la cuasia. Que es una mezcla demasiado amarga.
Época acerba, en efecto, que es obligado revertir urgentemente, restableciendo el sentido común, la dignidad y la honradez en la vida pública. No sé ni cómo ni cuándo, porque mi poder es menor que el de una brizna de hierba, pero sí sé que sigue siendo perentorio -como lo vienen haciendo desde hace años los escasos resistentes al crimen mafioso que somete a España- elevar una propuesta de regeneración, no solo política, sino cultural y espiritual.
Una reivindicación de la prosperidad, del saber, de la virtud pública, del servicio, del ejemplo… Todo ello, claro está, previo juicio y encadenamiento de los desleales y de los malhechores, a quienes el pueblo ha de tenerlos a merced, como hace el halcón con las zarcetas. Porque nada hay tan desmoralizador para una patria como la impunidad.
Ahora, ante el primer traspiés judicial, con el fiscal general muy venialmente condenado (veremos si esta condena es el principio del fin, como auguran las derechas blanditas o una pena sin mayores consecuencias, como es de temer y ha venido ocurriendo durante la Farsa del 78), estas hienas cebadas con la sangre y el esfuerzo de los trabajadores patriotas, vienen llamando al amotinamiento y al desorden.
Porque su estrategia les impele al victimismo falaz y su instinto incendiario les induce al abuso, al tumulto y al estrago, ítem más si del incendio depende la conservación de su capacidad depredadora y de su copioso pesebre. De modo que siguen fijando la vista en las alturas de su impunidad y riéndose de las Moiras, las diosas del destino, sin entender que quien mira mucho para arriba corre el riesgo de quebrarse la nuca.
De las muchas razones exponibles para impedir que las sanguijuelas se aprovechen de una permisividad definitiva a punto de alcanzar, diré sólo tres: la primera, porque la pena ha de ir tras el delito, como la sombra y el cuerpo; la segunda, porque no hay que dejar esta vida -ni sus ciclos- sin concluir las cosas, y la tercera, porque no es posible que la razón pueda forjarse con sinrazones.
Y sinrazón, fracaso e injusticia sería que los penantes no fueran capaces de aherrojar a los culpables, esos conjurados causantes del sufrimiento que llevan saqueando a España y a los españoles de bien casi cincuenta años. Y que lo llevan haciendo, además, con todas las agravantes imaginables, pues su traición a España se ha llevado a cabo de manera alevosa, premeditada y ventajista.
Lo cierto, y que conviene recordar, es que si los seres humanos ven salir el sol cada mañana en libertad y progreso es porque hay hombres de buena voluntad que resisten al diablo y lo mantienen alejado. A lo imposible nadie está obligado; pero sí a lo posible. «No he venido -dijo el Señor- a traer la paz a la tierra, sino la espada». Y una espada de dos filos es la palabra de Dios; es decir, la verdad, la belleza, la excelencia.
Manténgase, pues, la espada descubierta y vigorosa hasta que fluyan la paz y la justicia de la incorrupción y de la verdad, y se derramen libres y abundantes sobre los espíritus francos, sobre las gentes de bien.
Autor
- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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