En síntesis, el problema más acuciante de España, que es el deterioro o incluso la degeneración, puede ubicarse tres siglos atrás y tiene sus raíces en la decadencia acaecida tras doscientos años de esplendor universal. Y consiste precisamente en la antiespaña. Esas voces que, no asimilando la fugacidad de los imperios, los designios y las cosas, y dando rienda suelta a su decepción o a su inclinación al revanchismo y al resentimiento, tanto como a alancear al enemigo muerto, decidieron combatir una idea, en vez de actualizarla, renovándola.
Y así, muchos españoles decidieron traicionar a la patria y a su esencia, echándose en brazos de los enemigos extranjeros y amplificando falazmente de su mano la Leyenda Negra y sus contenidos, en su mayoría faltos de rigor y de ecuanimidad, hipócritas e insidiosos, utilizados para cubrir de oprobio a la grandeza envidiada y para atraer adeptos contra una simbología que, indirecta y espiritualmente, los acusaba.
Y si la invasión francesa vino a agudizar profundamente la cuestión, dividiendo de facto en dos mitades a la población española -especialmente a su oligarquía- la aparición del socialcomunismo acabó por crear nuevas circunstancias que no hicieron sino dificultar más aún una solución ya de por sí dudosa. Porque el socialcomunismo, dada su naturaleza teórica y práctica se ha mostrado decidido, desde su implantación en España, a acabar con su unidad y su esencia.
Y para ello, recogiendo las veleidades separatistas que se fueron forjando en las postrimerías del siglo XIX, se ha empeñado en dar matarile a todo atisbo de legalidad, de cultura intrínseca y de identidad nacional. Los síntomas de la descomposición se hallan en los planes que los enemigos de España, internos y externos, establecieron en las postrimerías del franquismo, con el socialcomunismo, el separatismo y el terrorismo como instrumentos inmediatos, activos y financiados.
Fuerzas desleales que, bajo una apariencia de aceptación constitucional encubren su objetivo minador, su índole antiespañola y su firme decisión de impedir todo principio de convivencia. Se fomenta, por ejemplo, la solidaridad con Gibraltar y con Marruecos y se dinamita la solidaridad entre las distintas regiones españolas, aprovechándose, entre otros muchos instrumentos, de la oportuna herramienta que ofrecen las nefastas autonomías. Los enemigos de España anhelan y provocan el guerracivilismo, realidad que no debe olvidarse nunca.
Actualmente, pues, el frentepopulismo es el problema, no la solución, como al parecer creen los españoles que lo siguen aceptando, defendiendo o votando. Pero sin el socialcomunismo, que es quien lo aglutina y vigoriza, el frentepopulismo sería una fuerza residual, fácil de descomponer, pues los nacionalismos con ínfulas centrífugas carecen de sustento histórico y de arraigo popular, y se disolverían en cuanto el Estado les igualara económicamente con el resto de territorios. Son sus privilegios económicos y las desaforadas e injustificadas concesiones culturales que se les hacen, agraviando a los demás españoles, lo que les hincha artificialmente.
Existen razones para fundamentar la historia criminal del socialcomunismo -y del PSOE en particular- en sus ansias de poder, pero sobre todas ellas destaca su índole delictiva y depredadora y su infinita capacidad para el odio, para la envidia y para la codicia. Pecados capitales que lucen en los cuarteles de su escudo como cifras de inconfundible y abyecta identidad. Una abyección que su impostada superioridad intelectual y moral transforma en solemne.
Son esas señas implícitas en su naturaleza las que marcan la falta de sentido crítico para asumir la propia historia y la consecuente responsabilidad, así como la impotencia moral ante el estruendoso fracaso histórico y la incapacidad de ofrecer al género humano una propuesta constructiva y una actitud prudente y noble. Son ellas las que hacen de su debilidad ética su fortaleza destructora. Las que logran, por emulación y fascinación, convencer con sus comportamientos y decisiones, a las muchedumbres morbosas o limitadas y de espíritu soez.
Aunque el socialcomunismo se empeña en negar la realidad o adaptarla a sus intereses, en afirmar sus engaños como si fueran verdades, en convencer al mundo con sus decisiones, movido siempre por un objetivo vil, no puede evitar la costra de corrupción y de odio que cubre su trayectoria personal y política. Y su estrategia consiste en acabar con la propiedad privada, las ideas y la vida de todos aquellos a los que considera sospechosos ideológicamente y peligrosos para sobrevivir.
Por lo tanto, éstos tendrán que defenderse, ajustándose a la legalidad si ello es posible, y acudiendo a cualquier medio moralmente justo cuando las garantías constitucionales o los derechos naturales hayan sido devastadas por la barbarie roja. Porque las crónicas, esa historia que el socialcomunismo ha teñido de sangre y de desolación u ocultado bajo balagueros de detritos, nos muestra que esta ideología siente un rechazo insuperable ante cualquier propuesta magnánima, ante todo brote de excelencia y, además, ante cualquier mecanismo que escape a su control.
De ahí su feroz pulsión por invadir las instituciones, degradándolas para servirse de ellas, y por la utilización de campañas difamatorias contra la verdad, o por desarrollar falsas teorías conspiratorias. En conclusión, por el bien de España y de la convivencia entre sus pobladores, esta índole ominosa y perversa, ocultada mediante la impostura ideológica, que no ha dejado de generar desde su origen toda clase de crímenes, horrores y errores, ha de ser vigilada, ilegalizada y denunciada hasta no dejar de ella piedra sobre piedra.
Autor
- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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Mientras la jerarquía de la Iglesia siga siendo un puñado de rojos y masones infiltrados y por consiguiente siga legitimando la destrucción del mundo católico (como ha sucedido desde el Concilio II), la causa española (católica) carece de punto de apoyo y no podrá regenerar la patria ni el mundo; el cuerpo siempre sigue a la cabeza.
Es duro pero es la verdad.
La cabeza de la Santa Iglesia Católica Apostólica es Jesucristo mismo. Los miembros son sus prelados, los sacerdotes y los fieles.
El engaño rojo y masón es evidente, o su influencia. Pero también hay engaño conservador, mercantil, empresarial, etc. Desgraciadamente se ha impuesto la herejía contra la que se viene luchando durante veinte siglos, la herejía de subordinar Iglesia a la política.
Por desgracia, la simonía no ha dejado de existir.
Los obispos deberían ser todos santos, en especial el colegio cardenalicio, que debería volver a ser de doce miembros, como los Apóstoles. Deberían ser santos, porque los elegidos de Dios, como los Doce, fueron santos. La Tradición Apostólica exige ya desde san Clemente Romano que los sucesores de los Apóstoles sean varones intachables, es decir, santos. Pero esto no conviene a los siervos del demonio, los políticos. Por eso vetan a cualquiera que no se ajuste a su política, de derechas o izquierdas. Por eso expulsaron al Prior Santiago Cantera del Valle de los Caídos, por pura simonía impuesta por el poder político, la lacra que sufre la Iglesia desde el primer siglo cristiano.
Pero la Santa Iglesia Católica Apostólica es imperecedera, nunca será destruida, porque la sostiene el Espíritu Santo y la promesa del Señor de que ni las puertas del infierno prevalecerán sobre ella. Los santos han de tener paciencia, como todos los que no lo somos.