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Según Cayo Cornelio Tácito, gran historiador romano del primer siglo de nuestra era, Aurelia, la madre de Julio César, por su inteligencia, la pureza de sus costumbres y la nobleza de su carácter, mereció ser comparada con Cornelia, la madre de los Gracos. Al enviudar era madre de César, que contaba 15 años, y de una niña que había de ser abuela del emperador Augusto. Aurelia educó a uno y a otra, observando estrictamente los deberes que obligaban a la matrona romana: el orden irreprochable de su casa y la instrucción de sus hijos: tueri domun et inservire liberis.

Jerome Carcopino, en su libro «Julio César», de la editorial Rialp, nos describe cómo procedió Aurelia en el apartado de la educación:

“Tuvo ella buen cuidado de desarrollar, disciplinándola, la fuerza física de aquel hermoso muchacho de ojos negros y expresivos, de pálida piel y talla esbelta. Vigiló las diversiones del adolescente, reguló los juegos, que hicieron de él una especie de atleta, resistente y atrevido, vigoroso y sobrio. Al mismo tiempo, si debió resignarse, quizá con una secreta complacencia, a la coquetería, a las calaveradas y a la prodigalidad del joven César, no fue antes de haber amueblado y ornado un espíritu del que ella admiraba los dones y la juvenil expansión».

Recuerdo que en los tiempos de mi infancia, cuando un “mayor” te corregía por un comportamiento reprochable, los pequeños nos callábamos y procurábamos corregirnos. Y bastaba que el “mayor” tuviera sólo un par de años más que nosotros. Hoy en día, las mamás y los papás no pueden contar con ese tipo de ayudas en la calle para educar en virtudes a sus hijos, por lo que es muy importante que ellos sean fuertes y tengan las ideas muy claras para llevar a cabo esa tarea fundamental. Y lo mismo podríamos decir de maestros y educadores.

La cita anterior, que encontré en mis lecturas de verano, y mis recuerdos de infancia enmarcan bien los fines de nuestra sección de artículos sobre virtudes humanas, que aprovecho para recordar: aportar a padres y educadores orientaciones que les ayuden a desarrollar, desde la niñez hasta la juventud, una buena educación familiar, escolar y social. Y ahora, con el comienzo de curso, la retomamos con la virtud de la laboriosidad.

Laboriosidad

La palabra laboriosidad deriva del verbo latino labor, que significa esfuerzo para realizar algo; se identifica, por tanto, con diligencia y se opone a ociosidad o pereza. Por esta virtud nos sentimos inclinados al trabajo, a cumplir con nuestros deberes y a prestar los servicios -pequeños o grandes- en que se manifiesta el amor.

En tiempos donde la inmediatez y la búsqueda de gratificación instantánea parecen dominar gran parte de nuestras rutinas, desarrollar la virtud de la laboriosidad nos ayuda a organizarnos bien para llevar a cabo las tareas que se nos asignan, o que nos imponemos a nosotros mismos, dedicando el tiempo y el esfuerzo necesarios para realizarlas eficientemente. No obstante, contra lo que pudiera parecer a primera vista, no es laborioso quien se entrega ansiosamente a la búsqueda de resultados en el trabajo, convirtiéndolo en una actividad que ya no es un servicio, sino una esclavitud. Por el contrario, la laboriosidad también nos enseña a gestionar bien el tiempo y las prioridades, lo que nos permite alcanzar un equilibrio entre el trabajo y el descanso, evitando caer en los extremos del perfeccionismo o la pereza.

Mencionemos también una nueva actitud ante el trabajo conocida con el término anglosajón workaholic -adicción al trabajo-, que se caracteriza por una excesiva e incontrolable necesidad de trabajar constantemente y puede interferir negativamente en nuestra salud física y emocional, así como en nuestras relaciones sociales. Es evidente que esta actitud ante el trabajo no es compatible con el trabajo bien hecho.

Algunos famosos como referentes

Todos conocemos en nuestro entorno a muchas personas que son un buen ejemplo de laboriosidad. Aquí vamos a mencionar a algunos famosos que destacan por haber sido capaces de organizarse para compaginar el ejercicio de su actividad profesional con sus licenciaturas universitarias. Estos son buenos referentes para comprender, a partir de personas concretas, en qué consiste la laboriosidad.

José Antonio Sainz Alfaro es el director del Orfeón Donostiarra, en el que ingresó como barítono en 1974. Yo lo conocí un poco después, al coincidir en la misma promoción de Ciencias Físicas en la Universidad de Navarra, en el campus de San Sebastián (Guipúzcoa). Compaginó sus estudios universitarios —ambos alcanzamos la titulación de licenciados en Ciencias Físicas— con su vocación y afición musical, a la que también le dedicó muchísimo tiempo -estudio, ensayos, etc.-, en el Conservatorio de San Sebastián. Más tarde, completó su formación siguiendo distintos cursos de dirección coral en el extranjero. Fruto de todo ello es la moderna imagen del Orfeón Donostiarra, cada vez más conocido en España y en el extranjero.

Paula Belén Pareto, médica y judoca argentina, se convirtió en la primera mujer argentina en ser campeona olímpica y en la primera deportista argentina que ganó dos medallas olímpicas en disciplinas individuales. Compatibilizó su actividad deportiva con los estudios de Medicina.

José Martínez Sánchez, Pirri, jugó durante 16 temporadas en el Real Madrid. Ganó, entre otros títulos, la Copa de Europa 1965-66 y 10 Ligas. Se doctoró en Medicina y, tras su retirada en México, regresó al Real Madrid para formar parte del cuerpo médico del club durante 13 años. Actualmente, es el Presidente de Honor del Real Madrid.

Mediante el trabajo, colaboramos con la obra de Dios

Hay una íntima relación entre laboriosidad y trabajo bien hecho. Dios creó al hombre ut operaretur, para que trabajara:

«Tomó, pues, Yahvé Dios al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivase y lo guardase.» [Génesis 2, 15]

El trabajo es, por tanto, una actividad digna y noble, mediante la cual el mismo Dios, contando con las cualidades y dotes que cada uno hemos recibido, nos ofrece la apasionante tarea de colaborar con Él y completar la Creación.

Y contamos sobre todo con el ejemplo de Jesús, que se pasó la mayor parte de su vida trabajando, primero aprendiendo el oficio de artesano en el taller de José; y después, cuando seguramente José ya había muerto, llevando Él el taller, tal como relata San Marcos:

«¿No es éste el artesano, el hijo de María…?» [Mc 6, 3]

Jesús, siendo Dios, se hizo hombre para liberarnos de la esclavitud del pecado, y esa Redención la obró durante toda su vida, también con su trabajo. Durante sus años de trabajo en Nazaret, Nuestro Señor Jesucristo puso de relieve dos realidades fundamentales: que el hombre, con su trabajo, participa en la obra creadora de Dios, y que Dios cuenta con nuestro trabajo bien hecho para completar la redención del género humano.

Un trabajo bien hecho –que mejora el mundo y perfecciona a las personas– necesita de cada uno algo más que buena voluntad: requiere, por un lado, competencia profesional –poseer los conocimientos y las técnicas idóneas– y dedicación del tiempo y esfuerzo necesarios para realizarlo eficientemente; y, por otro, que manifieste una intención amorosa: hacerlo por amor a Dios y con deseos de servicio a los demás.

No se trata de trabajar sin más, ni tampoco mucho, sino, sobre todo, de trabajar con atención al detalle, con la voluntad de ofrecer lo mejor de uno mismo en cada tarea, grande o pequeña. El poeta castellano, Antonio Machado, lo expresó de forma concisa y bella: «Despacito y buena letra: el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas.»

Orientaciones prácticas

El trabajo bien hecho, con la mayor perfección que nos sea posible, se manifiesta en muchos detalles concretos, como son:

  • Terminar las tareas en los plazos establecidos, manteniendo hasta el final el mismo interés y ánimo con que se empezaron. Sólo las cosas bien terminadas sirven para su fin propio: esas son las que valen y nos impulsan a seguir trabajando con ilusión.
  • Tener un horario o plan de trabajo exigente y realista para cada día, y seguirlo, sabiendo que el éxito final depende en gran medida del esfuerzo diario.
  • Procurar evitar siempre la chapuza, en el sentido de “trabajo mal hecho o sucio”.
  • Estar atento y ayudar a los demás, para que también hagan bien su trabajo.

«Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes.

«—¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!»

San Josemaría Escrivá (Camino, 440)

Esforzarse por realizarlo con una intención recta; es decir, que agrade a Dios, sea un servicio a la sociedad y sea respetuoso con el medio ambiente.

En el estudio

Para los estudiantes, el estudio es su trabajo profesional, y realizarlo bien también precisa de ciertas cualidades, como por ejemplo, orden, intensidad y profundidad, que se aprenden y se desarrollan con dedicación de tiempo, constancia y esfuerzo. A continuación, algunas sugerencias sobre las actitudes que favorecerán un buen rendimiento en el estudio:

  • Interesarse por adquirir técnicas de estudio eficaces, además de las destrezas y los hábitos necesarios: mejorar la rapidez y comprensión lectora, la capacidad para redactar, el uso correcto de las técnicas del subrayado, de hacer resúmenes, etc.
  • Realizarlo con interés, sabiendo que es nuestra profesión, vivir el orden cumpliendo el horario previsto sin retrasos y evitar las distracciones que impiden la necesaria concentración.
  • Contar con un lugar adecuado para estudiar y dormir las horas necesarias.

Lo importante en el estudio no son las notas, que casi siempre son el resultado de nuestro esfuerzo personal diario por hacer bien las actividades escolares (atender en las clases, tareas para casa, estudio de los temas, preparación de exámenes…): eso es lo primordial. La laboriosidad es una ayuda importante para lograr estos objetivos.

En conclusión, laboriosidad y trabajo bien hecho son dos caras de la misma moneda. Trabajar bien es el resultado natural del compromiso de dedicar el tiempo, el esfuerzo y la atención necesarios a cada tarea. Cultivar esta relación mejora nuestro desempeño profesional, a la par que enriquece nuestra vida personal al encontrar un sentido más profundo en lo que hacemos, fomentando una cultura del esfuerzo que beneficia a toda la sociedad. Y también aprenderemos a sacar tiempo para descansar y ocuparnos de los demás. Así estaremos alegres y con la conciencia tranquila.

Mediante esta virtud, aprendemos a valorar el esfuerzo necesario para lograr objetivos a largo plazo, evitando caer en el desánimo ante las dificultades. Además, trabajar con esmero y dedicación genera una satisfacción profunda, resultado de un reconocimiento interno de haber hecho todo lo posible, de haber dado lo mejor de nosotros mismos y que hemos contribuido al bien común. Sólo las obras bien realizadas permanecen, mientras que las realizadas con poco esfuerzo, sin interés y sin cuidar lo pequeño, dejan pronto de servir. Este sentimiento de logro es duradero y refuerza nuestra autoestima.

Además, las obras bien hechas y bien acabadas, siendo finitas, adquieren valor infinito si las ofrecemos a Dios, que le agradan y nos premia. Así cooperamos con Dios a completar la Creación y participamos en la Redención obrada por Jesucristo.

Lectura recomendada:

«LIDERAZGO VIRTUOSO». Alexandre Havard. Ediciones Palabra.

Autor

Fundación Enraizados
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