15/08/2026 06:55

Hablar de cuidados paliativos es hablar de dignidad, de humanidad, de ese tramo final del camino en que la medicina no puede ya curar, pero sí —y con fuerza— aliviar, acompañar y cuidar. España ha avanzado en las dos últimas décadas en este terreno, pero el avance sigue siendo desigual, insuficiente y, en muchos casos, tardío. Lo confirman los datos, lo denuncian los profesionales y lo padecen los pacientes.

En 2010 se aprobó una Estrategia Nacional de Cuidados Paliativos que pretendía coordinar y racionalizar los recursos disponibles. Fue evaluada en 2020, y desde entonces los esfuerzos institucionales han sido más tímidos que decisivos. No fue hasta el 23 de junio de 2025 cuando se aprobó una nueva Ley de garantías y derechos sanitarios que define claramente la atención paliativa como un servicio integral e interdisciplinar. A pesar de ello, la realidad asistencial no ha cambiado al ritmo de las declaraciones legislativas.

Uno de los datos más preocupantes es que apenas entre el 40 % y el 50 % de las personas que necesitan cuidados paliativos en nuestro país los reciben efectivamente. Esto implica que decenas de miles de ciudadanos mueren cada año en condiciones de sufrimiento evitable, sin apoyo emocional adecuado, sin el acompañamiento profesional que garantice un tránsito final digno. Las cifras no engañan: España cuenta con 0,6 unidades de cuidados paliativos por cada 100.000 habitantes, cuando la media europea es de 0,8 y el mínimo recomendado es de 2. Estamos a un tercio de lo necesario.

Las desigualdades territoriales agravan el panorama. Comunidades como Madrid y Cataluña presentan mejores dotaciones —aunque también con deficiencias—, mientras que otras, como Canarias, Asturias o ciertas zonas rurales, viven en un auténtico desierto asistencial. La equidad en el acceso a cuidados paliativos se convierte así en una cuestión de código postal, más que de derechos.

La escasez de recursos no se limita a la cantidad de unidades. Faltan equipos domiciliarios, especialistas en medicina paliativa, apoyo psicológico, trabajadores sociales y, sobre todo, una coordinación real entre Atención Primaria, hospitales y servicios sociales. De hecho, menos del 50 % de los pacientes en situación terminal recibe apoyo psicológico, a pesar de que el sufrimiento emocional suele ser tan devastador como el físico.

El caso de los cuidados paliativos pediátricos es especialmente sangrante: sólo tres comunidades autónomas —Madrid, Cataluña y Murcia— ofrecen servicios 24/7. El resto del país carece de cobertura continuada para niños con enfermedades terminales. Esto no solo es inaceptable desde el punto de vista médico, sino también desde cualquier mínimo principio de justicia social.

Por otra parte, la formación en cuidados paliativos sigue siendo una asignatura pendiente en las facultades de Medicina. Apenas la mitad de ellas incluye esta disciplina en sus planes de estudio, y todavía no se ha creado una especialidad MIR propia. Es decir, seguimos formando médicos sin enseñarles cómo acompañar la muerte. Seguimos preparando a los profesionales para salvar vidas, pero no para cuidar en el último tramo.

Y sin embargo, no todo es desolador. Existen iniciativas valiosas como el programa “Pallium” de la Universidad de Navarra o los esfuerzos de la Fundación Dignia y SECPAL, que impulsan formación, conciencia y propuestas concretas. Desde el Ministerio de Sanidad también se ha anunciado la inminente actualización de la estrategia nacional, aunque la experiencia obliga a esperar antes de celebrar.

Las recomendaciones son claras y reiteradas: aumentar el número de unidades, garantizar la cobertura territorial, incluir el apoyo psicosocial como parte estructural de la atención, formar especialistas, crear una especialidad MIR, y establecer protocolos integrados que eviten duplicidades y omisiones. No hablamos de ciencia ficción: hablamos de voluntad política, de planificación sanitaria y de dignidad humana.

Los cuidados paliativos no deben ser una opción marginal, sino un derecho garantizado. Lo exige la ética profesional, lo demanda el sentido común y lo espera una ciudadanía que sabe —aunque no siempre quiera reconocerlo— que todos, absolutamente todos, llegaremos un día a ese punto en el camino donde lo que más necesitamos no es una quimioterapia más, sino alguien que sepa estar, escuchar y aliviar.

Cuidar no es rendirse. Es todo lo contrario: es resistir desde la compasión, desde el respeto y desde una medicina que no abandona. España aún tiene recorrido para estar a la altura de esa medicina.


Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra

Colaborador de Enraizados

Autor

Fundación Enraizados
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Surreal

Desgraciadamente la bestialo ley de la eutanasia que Sánchez coló de urgencia cuando la plandemia está «resolviendo» este problema

Hakenkreuz

«No hablamos de ciencia ficción: hablamos de voluntad política, de planificación sanitaria y de dignidad humana

NO SEÑORES. De eso nada. Me parece que somos millones los que tenemos o hemos tenido familiares con necesidad de cuidados paliativos y hemos salido adelante como buenamente hemos podido, como siempre salieron las familias adelante en este sentido, cuando unos familiares se ocupaban de otros, como Dios manda, como era normal en las familias de Dios de toda la vida. Claro que, ahora no hay familias, ahora lo que hay es agrupaciones de sujetos soberbios y envanecidos que no miran más que por sí mismos y ya no atienden ni a padre, ni a madre, ni a hermanos, ni a hermanas, ni a esposa, ni a esposo, ni a hijos, y encima delegan la caridad cristiana en el Estado a cargo de un partido político que gane las elecciones. Eso mientras no caigan bajo Juicio de Dios con su hipocresía farisea judía de la «voluntad política». Entonces serán menos farrucos.

NO es cuestión de hipócrita y farisea «voluntad política». Ahí está el ERROR. No se puede solucionar con fariseísmo este problema, como tantos. NO se puede delegar o dejar la caridad en manos de Pedro Sánchez o de los gobiernos que vengan o anteriores. La caridad es cosa de hombres y mujeres, que no de partidos políticos.
Lo que tiene que prevalecer, como prevalece en la mayoría de los casos, es la cristiana caridad a la que todos estamos obligados. CARIDAD, que no «voluntad política». De lo contrario, la «voluntad política» llevará tantas almas al destino de Caifás y los sumos sacerdotes ya anunciada en Mt 23, 33.

¿Se les ha ocurrido a ustedes, los políticos o partidarios de la satánica política, abrir una cuenta bancaria y publicitar su código IBAN para que la población ingrese donativos, incluso anónimos (para que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha) para cuidados paliativos o publicar un anuncio solicitando voluntarios para asistir a las personas que necesiten estos cuidados mediante la compañía de personas que animen al paciente y le den esperanza?
¿O prefieren ustedes remitirlo a un partido político que saque rédito electoral con una buena obra cual fariseos plantados en medio de las plazas que todo lo hacen para ser vistos por los demás?
Pretender resolver este problema familiar y humano con política para aquellos que no tienen familiares o cuyos familiares se desentienden de los pacientes, no es más que hipocresía farisea. Caridad, señores, caridad. Caridad, o al infierno, por hipócrita o por impío. Que nadie vive si no es por la Caridad de nuestro Creador. Que a nadie le late el corazón «por casualidad». CARIDAD. Eso es lo cristiano, no la «voluntad política», siempre judía farisea e hipócrita.

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