15/08/2026 08:33

El sueño más íntimo de Pedro Sánchez Pérez-Castejón, verdugo de España, hubiera querido reflejarse en aquella bienaventurada imagen expresada, hace ya casi diez siglos, por el poeta persa Omar Khayyam que, parafraseada, dice así: «Sultán: ¡tu glorioso destino estaba escrito en las constelaciones! Tu caballo de áureos cascos galopa entre los astros. Cuando pasas, un vértigo de estrellas te oculta a nuestros ojos».

Pero para su desgracia privada, la gloria de nuestro nefasto «doctor» se ha quedado en una libélula a la que en el infierno le cortaron las alas; es decir, en una guindilla.

Por mucho que lo niegue y que el asunto le resulte inaceptable, Sánchez ha llegado por fin al túnel de su realidad y, ante tal galería negra -como hacían las viejas locomotoras de mi infancia-, pita y pita y no deja de pitar para ahuyentar el miedo. Ni es sultán, ni su destino se halla escrito en las constelaciones; es sólo un pobre hombre, malvado y corrompido que se pasea por los umbrales de los frenopáticos, del mismo modo que los gatos nocturnos andan por los aleros de las azoteas y por los pretiles de los pozos; como si fuese sonámbulo.

Pedro Sánchez Pérez-Castejón está fuera de combate. Pero, ¡cuidado!, no me refiero a una derrota política, sino en cuanto a su andamiaje egocentrista, herido en la médula de su narcisismo, que es donde más le duele. Y sólo hay que pedir a la justicia poética, si es que existe, que destroce su autolatría tanto como él ha destrozado a España, que, aunque no le guste, es su patria, y a la que ha traicionado con miserable deslealtad. Y todo ello entre rejas y tras haber devuelto a los españoles la suma de sus expolios, más la de los suyos y demás cómplices.

Porque, administrativa o gubernamentalmente, a todos estos malvados metidos a políticos, que, presumiendo de sabios, sólo son forajidos, les llega ese angustioso momento de preocupación entre el infinito de su pasado y el de su porvenir. Y tratan de poner límite entre ambos infinitos y detenerse, segregando el agobio de la impotencia; es decir, escribiendo cartas de enamorados o de sectarios o de cobardes o de majaras, victimizándose en público durante su lectura y previa aclaración de que está enamorado de su esposa o de que son las 17 horas y aún no ha comido. Con lo que el personaje, con paralelismo aparentemente apolítico, está escribiendo, entre otras muchas abominaciones, su vil autorretrato.

Pero para olvidar o esconder dicha impotencia, estos sacos de arcaduces toman la contrahecha decisión de morir matando. Porque, como nuevo Sansón, si ha de morir, morirá abatiendo consigo las columnas del templo y sepultando a los heterodoxos bajo los escombros. Pues, para esta quimera faraónica, todos los españoles, sobre todo los que le cuestionan y denuncian, son renegados. Y en esas está nuestra falsa libélula, nuestro falso doctor, nuestro falso ser humano: en incendiar todo lo que se mueva.

Por otra parte, es bien sabido que el diablo, mejor aún que el príncipe de la materia, es la arrogancia del espíritu, la mentira turbia y perenne, la verdad fingida. El diablo es sombrío porque alimentado por el Mal, sabe adonde va, y siempre hacia el sitio del que procede. Y Sánchez -y los suyos-, como emblemático demonio e incorruptible narciso, vive en las tinieblas, y odia la luz.

Del mismo modo, es bien sabido que estas almas presidiarias, este tipo de púgiles sonados y expirantes, deambulan por la lona como zombis, balbuceando sus jacarandinas, y, salvo raras excepciones, no caen por sí solos; hay que empujarlos. Y no va a ser Bruselas (la UE, el NOM), de la que es su botones predilecto, quien lo empuje.

Y, en cuanto a lo doméstico, a lo que concierne a los españoles, ni a él ni a los suyos se les va a derribar con una moción de censura ni con unas elecciones, sino todo lo contrario. Si hace unos años esos recursos pudieron servir para algo, en la actualidad, con todos los diluvios que nos han caído encima, no son esas inutilidades, esos ardides del Sistema, las fórmulas idóneas para el empellón que se necesita.

Pero ni hay perspicacia política, ni perspectiva geoestratégica, ni patriotismo veraz, ni liderazgo convincente a la altura de las circunstancias en la España de hoy. Ni, tal vez, ganas de acabar de una vez con esta terrible maldición del socialcomunismo en nuestra patria.

 Y si esta última conjetura o desconfianza fuera cierta, ¿ qué más ejemplar y justo destino para las últimas cinco o seis generaciones de españoles que acabar soterrados bajo los cascotes del templo idolátrico o las inmundicias de las cloacas monclovitas?

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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