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La Evangelización en el Nuevo Mundo

Los seguidores de la Leyenda Negra aseguran que la evangelización en el Nuevo Mundo fue utilizada como pretexto por España para justificar y encubrir su verdadero objetivo: la apropiación de las Indias, la expansión territorial y la obtención de metales preciosos. Esta visión de la historia de la Hispanidad está ampliamente desmentida por muchos estudiosos independientes, basándose principalmente en las leyes emanadas por la Corona hispánica y por los hechos.

Los Reyes Católicos, conocedores de que al otro lado del océano había un mundo poblado de infieles, dispusieron que cada expedición fuera acompañada de dos clérigos. No les movía la codicia de apropiarse de los metales preciosos; sí, en cambio, lo que afirma Isabel en su testamento —fundamental para conocer el sentido de la presencia de España en América—: «Cuando nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las Islas, y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue (…) de procurar inducir, y traer los pueblos dellas, y los convertir a nuestra Santa Fe Católica». La evangelización de los indígenas fue el objetivo primordial de la ocupación de las Américas por España. Y la Corona española lo llevó a cabo merced a un colosal esfuerzo, tanto en recursos humanos como económicos.

Muchos frailes franciscanos, mercedarios y dominicos se embarcaron hacia América con la ilusión de llevar a las gentes del Nuevo Mundo el ejemplo de vida y el mensaje de Jesucristo. Al principio parecía que los nativos aceptaban la nueva religión y se bautizaron muchos, pero pronto comprobaron que muchos de los recién bautizados no abandonaban sus ídolos (observaron, por ejemplo, que con motivo de la construcción de nuevos templos, los indios escondían sus ídolos entre los sillares; así, al acudir a los rezos y arrodillarse, en realidad se postraban ante sus viejos ídolos).

Comprendieron los frailes que, para lograr la conversión sincera de los indios a la fe de Cristo, había que llegar al fondo del alma, lo que hacía imprescindible aprender sus lenguas y comprender su manera de pensar. Y no se limitaron a aprender el náhuatl, el quechua, el aymara, el guaraní, etc., sino que escribieron sus gramáticas, de modo que al poco tiempo se comunicaban con ellos en sus propias lenguas, lo que les sirvió también para traducir los textos evangélicos e incluso para conocer y transcribir las costumbres indígenas. Gracias a este heroico esfuerzo, ha llegado hasta nosotros una buena parte del acervo cultural de los pueblos prehispánicos. También este hecho da fe de cuál era el objetivo primordial de la Corona española en América, pues el sustento de los frailes corría a cargo de la Corona. Sin embargo, tampoco este acercamiento de los frailes hacia la mentalidad y las costumbres de los naturales aportó un crecimiento significativo en el número de bautizados sinceros.

Pero lo que determinó el despegue hacia los grandes números de bautismos y conversiones indígenas sinceras fue una gran fiesta que, con ocasión de una celebración cristiana, organizó fray Pedro de Gante (franciscano de origen flamenco) y a la que invitaron a los principales de los pueblos vecinos; en ella se les permitió cantar y danzar según sus culturas y tradiciones. Los indios vieron con sus propios ojos que la nueva religión, además de liberarlos de los sacrificios humanos, también admitía las danzas y los cánticos, igual que en sus ritos ancestrales. Este hecho marcó un antes y un después en la evangelización de México.

A partir de este feliz descubrimiento, Pedro de Gante puso en marcha una escuela con el doble objetivo de instruir en la fe cristiana a los niños más sobresalientes de la sociedad indígena y formar con ellos un grupo misionero que fuera la vanguardia en la evangelización, pues algunos misioneros no se sentían aún seguros en el manejo del idioma para la predicación. «Durante el día enseño a leer, escribir y cantar; por la noche, doctrina cristiana y sermones». Esta tarea se vio favorecida gracias al gusto de los nativos por participar en los autos sacramentales, en las escenificaciones de los misterios de la religión, en coros, entonando villancicos y recitando poemas. Además, su gran disposición natural hacia estas artes les facilitó ir asimilando la nueva doctrina de una forma amena y eficaz. Fray Pedro de Gante, quizá sin pretenderlo, fijó un sistema misional-educativo que se extendería por toda América.

La realización de esta magna empresa es un buen ejemplo de la importancia de las virtudes que toca tratar hoy: optimismo y alegría. Grandioso fue el optimismo de los Reyes Católicos, principalmente el de Isabel, para embarcarse en dicha empresa, al igual que el de las órdenes religiosas, que asumieron la responsabilidad, y el de los frailes que, renunciando a sus comodidades y arriesgando sus vidas, decidieron implicarse en tal misión. Y nos queda también patente la importancia de la alegría para alcanzar el bien: sin duda fue la alegría que transmitían los frailes apóstoles y la que se transmite con la música, las danzas, los coros… la que movió a los indios —primero a los niños y luego a sus padres— a aceptar de forma sincera y leal la religión católica.

La alegría

La alegría, en cuanto virtud, es el hábito de mantener el ánimo contento, independientemente de las circunstancias exteriores. Hay diferentes formas de entender o sentir la alegría:

  • Falsa o dañina: popularmente calificamos de «vida alegre» a los comportamientos juerguistas, condimentados con alcohol, sexo y drogas; pero ese estilo de vida termina en tristeza, decepción y adicción, que nada tienen de alegría.
  • Superficial: es la de aquellos que se ríen de todo y por todo, que a nada dan importancia y nada quieren saber de problemas. Parecen alegres, pero en un mundo que no es el real.
  • Sentimental: consiste en estar o sentirse satisfecho: uno se encuentra bien, las cosas le salen como había planeado y se dice «estoy bien, estoy contento». Pero esta alegría es transitoria. Por supuesto, están bien los éxitos y el bienestar, que nos permiten estar alegres, pero debemos buscar ser alegres. De una persona alegre se dice que es una «persona vitamina», pues allá donde se encuentra contribuye a que se sientan mejor quienes le rodean.
  • Alegría-virtud: es el hábito de mantener el ánimo contento, con independencia de las circunstancias exteriores. Esta cualidad no está supeditada a ingerir alcohol u otras sustancias, ni a los sentimientos, sino que es una fuerza que brota del interior.

La auténtica alegría es una virtud cristiana, fruto de nuestra filiación divina, que recibimos con el bautismo: «ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por gracia de Dios» -San Pablo, [Gálatas 4, 7]. Esto, nos enseñó S. Josemaría, transforma la vida del cristiano en una relación de confianza y amor filial hacia el Padre.

Muchos pasajes del Evangelio nos dejan claro que con Jesucristo siempre nace y renace la alegría:

Cuando María, pocas semanas después de la Anunciación y Encarnación de Jesús, llegó a Ein Karim para ayudar a Isabel en su embarazo, esta la saludó exclamando: «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno.» [Lc 1, 42-45]

Los pastores supieron del nacimiento de Jesús en Belén por el anuncio del ángel: «No temáis. Mirad, voy a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor». [Lc 2, 11].

Los Magos, al volver a ver la estrella que les había guiado hasta Jerusalén, «se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron» [Mt 2, 10-11]

Cuando los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús, se dijeron uno a otro: «—¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén. [Lc 24, 32-33]

Sirvan estas pocas escenas, elegidas entre otras muchas posibles, para que comprendamos que la verdadera alegría, la que permanece también en los días duros, cuando se hacen presentes el sufrimiento, la decepción y el dolor, la encontramos en el trato y el seguimiento de Jesús: «El Señor me ha enseñado que quien pisa donde pisa Cristo, encuentra la alegría» (San Josemaría).

Ideas para desarrollar la virtud de la alegría.

Hemos de conjuntar medios humanos —esfuerzo y sacrificio en la repetición de actos que la fomentan— y sobrenaturales: la oración y los sacramentos.

Pedirla a Dios y a la Virgen, nuestra Madre. «Tú has llenado mi corazón de mayor júbilo, que cuando abunda su trigo y vino nuevo» [Salmo 4, 7].

Leer y meditar el Evangelio para conocer la vida y la predicación de Jesús; leer y meditar textos de santos sobre la alegría, etc.

Acudir a la confesión: «En este maravilloso sacramento, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría y de fuerza para no desmayar en tu pelea», dice san Josemaría en La esperanza del cristiano.

Hacer por amor pequeños sacrificios que nos facilitan realizar mejor nuestras obligaciones y nos fortalecen para no dejarnos arrastrar por la pereza u otras tentaciones que nos apartan de Dios y del bien que buscamos. Estas victorias, pequeñas o grandes, nos dejan alegres y contentos.

Ofrecer a Dios los sinsabores, molestias, sufrimientos, etc., previstos o inesperados, esforzándonos por sobrellevarlos con buen humor, nos ayuda a no perder la paz y la alegría cuando vienen «mal dadas».

Esforzarnos por sonreír sinceramente nos ayuda a elevar nuestro estado de ánimo y nos deja contentos. Pensemos en el enigmático poder de la sonrisa de un niño. Contemplar una sonrisa nos cambia la vida, nos llena de serenidad y de gozo.

Realizar actos de gratitud, además de la alegría que supone para el destinatario, nos predispone para ser personas alegres.

Ejercitarnos en actos de servicio al prójimo. Siendo amables creamos a nuestro alrededor un ambiente de optimismo y alegría y hacemos felices a los demás. «Mayor felicidad hay en dar que en recibir» [Hechos 20, 35].

Procurar ser realistas en las metas que nos proponemos alcanzar. No es posible hacer todo con perfección. A lo que podemos y debemos aspirar es a luchar por hacernos mejores poco a poco. Ejercitemos la humildad de moderar nuestros objetivos cuando nos vemos superados.

Otras ayudas para estar contentos son: dormir lo suficiente, una lectura agradable, escuchar música, pasear, excursiones o deporte, reunirse con los amigos, visitar un museo, etc.

Consideraciones finales

A todos nos reconforta y anima ver caras alegres a nuestro alrededor. Que, en nuestro día a día, nos inspire el lema que daba título a un programa juvenil de televisión y a un libro cuya lectura recomiendo: «Siempre alegres para hacer felices a los demás».

Hemos de cultivar el buen humor y el optimismo cristiano, fundamentado en que Dios es nuestro Padre y quiere siempre nuestro bien. Así lo explicaba Santo Tomás Moro a su hija Margaret desde su prisión en la Torre de Londres: «Hija queridísima, nunca se turbe tu alma por cualquier cosa que pueda ocurrirme en este mundo. Nada puede ocurrir sino lo que Dios quiere. Y yo estoy muy seguro de que, sea lo que sea, por muy malo que parezca, será de verdad lo mejor».

Luchemos también para erradicar de nuestro interior las malas hierbas de la pasión opuesta a la alegría, la tristeza, «que tiene su origen en el amor desordenado de sí mismo, que no es vicio especial, sino como la raíz común de todos los vicios», afirma Santo Tomás de Aquino.

Película recomendada: Prefiero el paraíso, 2010, Giacomo Campiotti. Encantadora. Vida de San Felipe Neri, el santo de la alegría.

Autor

Fundación Enraizados
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