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La naturaleza carece de agenda ideológica, pero sus sacudidas tienen la extraña virtud de desnudar todas las demás. Las imágenes que llegan tras los últimos sismos en Venezuela no son solo la crónica de una catástrofe humanitaria: son un espejo brutal que devuelve, sin filtros, el fracaso de un modelo político que convirtió la propaganda en estructura de Estado.
El mapa del desastre ha trazado una línea moral sobre el territorio: la destrucción ha golpeado con especial intensidad a las regiones donde el dogma bolivariano se implantó, se normalizó y se celebró durante décadas. No es casualidad. Es la consecuencia visible de un sistema que dedicó un cuarto de siglo a fabricar relatos mientras dejaba pudrir los cimientos reales de la nación. Bajo los escombros emerge la verdad: infraestructuras precarias, ausencia de protección civil y la quiebra total de un Estado que, llegado el momento crítico, solo ofrecía consignas.
Pero hay una dimensión aún más oscura que no puede ignorarse. Durante años, Venezuela fue —según múltiples informes y testimonios públicos— refugio para individuos vinculados a organizaciones violentas responsables de graves daños y violaciones de derechos humanos. Ese amparo político, esa impunidad prolongada, constituye una herida abierta en la memoria de España y en la dignidad de sus víctimas.
Mientras millones de venezolanos sufrían represión, pobreza extrema y desamparo institucional, una minoría acomodada —y ciertos fugitivos protegidos por el régimen— disfrutaban de una calma artificial construida sobre la injusticia. Esa fractura moral es el verdadero rostro del totalitarismo: la miseria como herramienta de control y la impunidad como privilegio de unos pocos.
Y entonces la tierra habló. En segundos, la naturaleza quebró ese falso paraíso y dejó al descubierto la fragilidad de quienes creyeron que podían blindarse para siempre. El temblor no derribó solo edificios: derribó la ficción. La justicia poética, cuando llega, no pide permiso.
Es la hipocresía de quienes confunden el Estado con su supervivencia política. Se llenan la boca con la palabra “pueblo” mientras levantan búnkeres —físicos y psicológicos— para aislarse de la realidad. Pero la realidad siempre encuentra la grieta. Y cuando lo hace, expone la codicia, la negligencia y la impunidad con una claridad que ningún relato puede maquillar.
Si esto ocurre sobre la tierra, ¿qué justicia espera a quienes nunca hicieron los deberes de la conciencia cuando llegue la hora final?
Las víctimas, al fin, reciben la solidaridad que durante décadas se negó a quienes huyeron del hambre, de la represión y del miedo. La pregunta queda suspendida en el aire: ¿Ha sido este temblor una advertencia de la justicia universal que nada deja sin respuesta?
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional Muck Rack, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en muchos medios de prensa escrita y digital como El Imparcial, Rambla Libre, Diario 16, Levante y ÑTV España entre otros, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores mundiales de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google con Google Knowledge Panel.
Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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