15/08/2026 04:00
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Hay momentos en los que decir la verdad deja de ser un mero gesto moral para convertirse en un desafío directo. En un golpe seco. Con El Caso Ignacio Escolar desafié la sentencia de quien mintió adjudicándome un rastrero ataque contra Escolar  usando el asesinato de un niño: jamás dije que Escolar justificase un crimen abyecto y sí, como él admitió, que defendió, ergo justificó, a la asesina por sus condiciones personales.

Una declaración de guerra por la dignoidad contra la comodidad generalizada. Vivimos rodeados de una fauna que ha hecho de la farsa su refugio predilecto, de la tibieza su única identidad reconocible y de la apariencia un oficio muy rentable. En semejante ecosistema, cuando uno decide hablar claro —aunque sea por pura higiene—, descubre de inmediato que la claridad es un lujo que la mediocridad no se puede permitir.

La vida me puso en un espacio prohibido donde otear con claridad meridiana la hipócrita condición de un país soberano de la envidia y la mezquindad cuanso se consiente el saqueo del inocente a propósito de beneficiarse del botín. Y con el silencio, con la omisión de la denuncia comprobar que esos excelsos personajes de dignidad son en realidad parásitos que se guardan mucho de expresarse en contra de la injusticia si con ello se lucran de la corrupción.

La verdad no es amable ni ha nacido para el consenso. Entra en las salas de redacción y en los despachos como un puñetazo en una habitación llena de gente que preferiría seguir durmiendo su siesta ética. Por eso tantos la evitan con pánico: porque la verdad obliga a mirarse al espejo sin el filtro de las redes sociales, a asumir responsabilidades que nadie quiere cargar. La mentira, en cambio, es ese colchón mullido donde los cobardes se acomodan a rumiar su insignificancia.

Hoy la red padece una peste de opinadores profesionales: estómagos agradecidos y analistas de diseño que no piensan, pero balbucean; que lo ignoran todo, pero sentencian; que apenas sobreviven en su sumisión, pero pontifican. Son los sumisos sacerdotes del ruido. Y en ese mercado de saldos de voces huecas, la verdad es un arma peligrosa. No porque destruya,

sino por algo mucho peor para el hipócrita: porque revela. Y revelar las costuras del poder y de la falsa disidencia, en tiempos de impostura institucionalizada, es el único acto verdaderamente subversivo.

El escritor —el auténtico, no el que busca la palmadita en la espalda del comisario político de turno— no está aquí para adornar el paisaje, sino para desnudarlo. Su oficio no es entretener al rebaño, sino incomodar al pastor. El escritor que sostiene la pluma con verdad se convierte automáticamente en una amenaza para los que han edificado sus vidas sobre un andamio de falsedades. Por eso ensayan el manual del cobarde: intentan silenciarlo, ridiculizarlo o, con ese patetismo tan propio de los bajos fondos digitales, minimizarlo. No soportan la verticalidad de quien se niega a arrodillarse.

Esa valentía no se aprende en las facultades ni se adquiere con subvenciones: se paga. Se liquida al contado en forma de soledad, ataques histéricos e incomprensión gremial. Pero el recibo viene sellado con la única moneda que no pueden devaluar: la libertad absoluta. Quien dice la verdad no asume favores, no extiende explicaciones ni firma fidelidades a las siglas del momento. La mentira es una esclavitud de cuotas diarias; la verdad libera de golpe. Y la libertad, en este corral de obedientes y aplaudidores, es la mayor de las rebeldías.

Suelen repetir esos relativistas de salón que cada uno tiene su verdad. Es el mantra favorito de los que carecen de la espina dorsal necesaria para enfrentarse a los hechos. La verdad no es un juguete emocional para el desahogo de analfabetos funcionales; es una línea recta que no se dobla para complacer al personal. Quien la sostiene, aunque le tiemble el pulso por el desgaste o le sangren las manos de sostener el muro, se transforma en el principal problema de los ingenieros de la manipulación.

La verdad no necesita el histerismo del grito. Su fuerza reside en su precisión de cirujano. En su filo. En esa capacidad casi física para rebanar la máscara de los que se ocultan tras discursos hueros y ensaladas de siglas. La mentira necesita el ruido para tapar su vacío; la verdad opera en el silencio. Y en ese silencio sepulcral, muchos quedan patéticamente desnudos.

Escribir con verdad es entrar en combate cuerpo a cuerpo. No contra el tonto útil de turno, sino contra la cobardía estructural, la mediocridad ambiental y la impostura de los falsos maestros. Es firmar un acta notarial que dice: “Aquí estoy. No cotizo en vuestro mercado. No me callo. No me doblo”.

Cuando uno escribe desde ese reducto, conociendo por las visisitudes de la vida las entrañas más podridas de la denominada élite social, comprende al fin que la literatura no es una carrera de vanidades, sino una trinchera inexpugnable. El último territorio que no han podido, ni podrán jamás conquistar porque todo mal es relativo pero no la denuncia. No se busca despertar conciencias porque las conciencias dormidas a conveniencia están destinada a revolverse en la tumba. Yo solo recuerdo a los insensibles, a los hipócritas sin remisión, a los podesoos desfondados con la expectativa del exterminio natural, que polvo somos y en polvo nos convertimos, por mucho que fastidie los planes eternos de los que serán devorados por los gusanos. En ese trance todo es lo que parece, y es imposible no ser después de portar la máscara colectiva de una hipocresía que en España es descomunal.

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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