15/08/2026 06:57

Si en España hubiera hoy un Petrarca redivivo, diría sin duda, tras el nauseabundo manifiesto de los parásitos genuflexos, agarrados a la teta del Estado y al deporte del saqueo, que nuestra patria ya no es una nación, sino una partida de larvas y de diablos, una horda de malhechores y de infames. No hay convicciones limpias ni respeto; nada justo, nada puro y elevado, nada humano, en esta sentina donde se acumulan todas las vilezas, en este infierno para los hombres libres y prudentes. Por doquier, actos insidiosos, voces falsas, un lugar en donde no hay sitio para la verdad ni para la razón. Ni luz, ni guía, sólo miseria. El Petrarca redivivo diría que España, hoy, no es un pueblo, sino una polvareda juguete del viento…

El rencor de las izquierdas visa-oro, de esos profesionales de las propinas millonarias y del despojo a la patria, de tantos hipócritas y fariseos destructores, que ni aman a España ni permiten que otros la amen, es incorregible. Y como sujetos irredimibles, a quienes es imposible traer al buen camino, tendrían que estar encadenados a los barrotes de la celda más oscura. Los farsantes no se cansan de defender a la democracia, a su democracia, es decir, a su pesebre.

  • Nosotros -dicen- defendemos a los desposeídos, luchamos por los humillados, nos solidarizamos con los que tienen hambre y sed de justicia…

  • Lo mismo que yo -respondería el poeta renacido.

  • ¿Entonces? ¿Por qué no militas en nuestras sectas y te unes a nuestros manifiestos y a nuestras concentraciones y protestas?

  • Porque para vosotros, los desfavorecidos, los privados de bienes y de recursos son los vagos, los criminales, los okupas, los separatistas, los terroristas… y para mí lo son sus víctimas, a las que, sin embargo, humilláis.

La casta partidocrática española, con sus bergantes y demás cochinos en hábito de seres humanos, se ha confabulado en estrecho contubernio para mantenerse en el poder aun a costa de destruir a España, a la que han convertido en una cueva de criminales en donde la sangre de sus víctimas es diariamente pisoteada. Son capaces -duchos en artimañas y celadas dialécticas por naturaleza- de engañar con tanto convencimiento, de disfrazar su perfidia con los ropajes de tan impostada indignación, que hasta ellos mismos parecen creerse sus falacias.

Estos rojos de buen vivir y buen lisonjear, tanto más halagadores con sus «putos amos» cuanto más canallas son éstos, pueden disfrutar apaciblemente de sus abundantes latrocinios y de sus henchidos privilegios gracias a que en España no existe el verdugo que precisan sus bellaquerías; o sea, no existe pueblo. Y no existe pueblo porque no existe justicia. Y ni república ni democracia pueden funcionar sin justicia. El pueblo es una sociedad fundada sobre derechos reconocidos y sobre una comunidad de intereses. Pero sin justicia no puede haber ninguna clase de derechos elevados.

Donde no hay verdadera justicia no puede darse verdadero derecho. No deben llamarse derecho las constituciones injustas de los hombres, puesto que ellos mismos dicen que el derecho mana de la fuente de la justicia y que es falsa la opinión de quienes sostienen torcidamente que es derecho lo que es útil al más fuerte. Por tanto, donde no existe verdadera justicia no puede existir comunidad de hombres fundada sobre derechos reconocidos, y, por tanto, tampoco pueblo. Y si no puede existir el pueblo, tampoco la cosa del pueblo ni el gobierno del pueblo, sino la de un conjunto de seres que no merece el nombre de pueblo.

Dios está del lado del derecho. La verdad y el derecho se mantienen unidos. La justicia, una de las virtudes base de la vida humana, es la virtud que da a cada uno lo suyo. Por tanto, cuando el fundamento de la justicia está destruido, al no haber justicia tampoco hay derecho, y sin derecho no hay pueblo; y si no existe pueblo, no pueden existir ni repúblicas ni democracias, sólo bandas de salteadores ocupando un territorio. Que es lo que ocurre en la España actual, bajo la bota de esta secta de antiespañoles -declarados y declarantes- en los que germina la cizaña del resentimiento y la calentura de la codicia.

Porque, ante sus falaces proclamas, ¿ quién que haya vivido durante la Farsa del 78 puede dudar de que los políticos que la dirigieron y dirigen sirvieron y sirven al crimen y fueron y son traidores a la patria, sino los tontos del ojo moreno o los disputadores desvergonzados y fanatizados? No hay cosa más villana e innoble que el perjurio, y perjuros son la inmensa mayoría de los políticos que han integrado e integran nuestra casta partidocrática contemporánea.

Lo cierto es que, España, dado que sus habitantes ignoran que la justicia no es un regalo, sino que hay que merecerla cada día, es hoy un territorio sin justicia. Y en tales condiciones es imposible cualquier progreso. Hasta que la informe multitud, mostrando al menos un atisbo de rebeldía y civismo, no deje de estrellarse contra el abuso y el odio de los frentepopulistas, y de sus mandarines y camastrones; hasta que no sea capaz de desprender la máscara de los fanáticos y de los delincuentes, transformándose en pueblo soberano, España seguirá su camino hacia el despeñadero. Una nación no puede estar a merced de forajidos y de su prolífica clientela de subvencionados, sin acabar su historia en el precipicio.

Esa es la labor del líder, del grupo de líderes o del partido político – ¿VOX? – que anhele pasar dignamente a la Historia de España en esta hora dramática: dotar a la amorfa multitud de orgullo ciudadano y de la consecuente y vigorosa insumisión contra los déspotas depredadores.

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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