15/08/2026 08:09

El aprendizaje es algo inherente al desarrollo del ser humano. Todos tenemos algo que enseñar y mucho que aprender. Se pueden adquirir conocimientos sistemáticos que se imparten en estudios formalizados, cursos o carreras. También es origen del saber la experiencia de haber pasado por situaciones de las que se aprende más que de los libros, la vida misma es maestra.

En mi vida profesional, cuando algún alumno requería mi atención con un «se me ha ocurrido….» no ponía tanto interés como cuando decía » he venido observando…». Porque las ocurrencias pocas veces son geniales mientras que de la observación se pueden extraer conclusiones muy útiles para la vida.

Este es el momento de apelar a los observadores, a los que son capaces de extraer conclusiones de la realidad que nos circunda. Los que sean capaces de analizar lo que sucede alrededor podrán entender la deriva que llevamos y tomar posiciones más o menos seguras para mañana. Pero conviene antes hacer una advertencia importante: aclarar qué es eso de la realidad que nos circunda. Porque si su entorno se reduce a lo que le cuenta la televisión, el análisis que haga estará de inicio muy sesgado. Si todo el debate que usted lleve a cabo va a estar entre lo que dice una cadena de televisión u otra, un periódico u otro,… si sus fuentes de información son exclusivamente los medios de comunicación, probablemente su horizonte de observación es muy corto, aunque se le antoje diverso, porque no podrá ver más que lo que le quieran mostrar.

Los seres humanos vivimos encuadrados en un entorno de coordenadas espacio-tiempo. La amplitud de ese campo es lo que nos permitirá hacer una valoración más adecuada y útil para afrontar el futuro inmediato. Tan impropio es reducir el ámbito de mi interés en el espacio a la comunidad de vecinos como ampliar el horizonte espacial hasta la nebulosa de Orión. O pensar que la política de los Reyes Católicos tiene tanta repercusión en la sociedad actual como la de los últimos gobiernos. El conocimiento en general no deja de tener su utilidad en el encuadre global, de nuestra situación en el universo, pero no todos los conocimientos tienen la misma importancia práctica. Quizás ahora pueda ser más práctico conocer cómo fluctúa la cotización de los metales preciosos que analizar las estrategias bélicas de Zumalacárregui.

Predomina en la población general la mentalidad cortoplacista. La masa social tiende a olvidar pronto lo que en su momento se vivió con intensidad y angustia. Las riadas de Valencia en otoño o incluso el reciente apagón nacional, no dejan en la sociedad más que el temor de que puedan volver a pasar. Además suele existir dificultad para establecer nexos causales entre esas situaciones o su repercusión en el presente y, acaso, en el mañana. Así, reducido el horizonte temporal y acotado el universo de conocimientos a lo que cuentan los medios de comunicación, vamos fomentando una sociedad miope y apocada. Se atrofia cualquier afán emprendedor, y el ideal de buscar la verdad suscita una sonrisa irónica. Los nombres que ocupaban los titulares de la prensa no hace mucho (COVID, pandemia, Koldo, Delcy,…) cada vez dicen menos, como se va olvidando la persona de Miguel Ángel Blanco y se transforma a Franco en una figura tan mítica como el conde Drácula.

Observemos tan solo lo acontecido en la sociedad española en los últimos cinco años en el ámbito de la salud. Veremos que el eje pandemia-COVID-vacunas ha transformado la realidad sanitaria. Como ya hemos advertido en otros artículos, la comunidad médica reconoce que nos encontramos ante una nueva forma de enfermar que no conocíamos, desconcertante. Cada vez son más los sanitarios que lo reconocen abiertamente, y muchos más los no sanitarios que lo saben, porque lo padecen en sus carnes o en las de los familiares presentes o ausentes: nuestra salud, en términos generales, se ha deteriorado a consecuencia de la administración indiscriminada de productos experimentales. Ni siquiera abriendo el cajón de «COVID persistente» a más de doscientos síntomas podemos dejar de ver lo que son claramente efectos secundarios de las vacunas. Los médicos no hemos sabido poner freno al despropósito de esta medida de inyección masiva de productos nocivos, algunos abiertamente reconocidos por los propios laboratorios fabricantes como promotores de cáncer. Como colofón a nuestra desidia, con la clase médica noqueada, la OMS se arroga ahora pactar con los Estados un Tratado de Pandemias con la pretensión de que dejemos a los lobos cuidar al rebaño. Nuestros políticos, ignorantes de medicina y propensos a sobornos, entregan de nuevo nuestra salud a las multinacionales que financian la OMS. Ajenos a esta posible y grave injerencia, y descuidando el deber de salvaguardar la salud de los ciudadanos, nuestros colegios de médicos andan llorando por eso de que el Consejo de Ministros esté tras la aprobación de la Ley de los Medicamentos, que abre la posibilidad de prescribir fármacos a personal no médico. ¿Pero no es acaso lo que se lleva haciendo durante la pandemia? ¿O simplemente basta con decir que las vacunas no son medicamentos y que puede prescribirlos perico el de los palotes?

Cinco años han bastado para destruir la autoridad de los médicos pese al repugnante lloriqueo de los Colegios de Médicos que no han sabido defender lo que rige en nuestro Código de Deontología. La población sufre las consecuencias. Y calla. Pero no olvida a los que tenían que haber aplicado su ciencia y su conciencia. No es una ocurrencia, es una observación.

Autor

Doctor Luis M. Benito
Doctor Luis M. Benito
Luis Miguel Benito de Benito, médico especialista de Aparato Digestivo desde 2000 y Doctor en Biología Celular. Licenciado en Filosofía. Máster en Dirección Médica y Gestión Clínica por el Instituto de Salud Carlos III y Experto Universitario en Derecho Sanitario y Ciencias Forenses por la UNED. Facultativo Especialista de Área del Hospital Universitario de El Escorial y Director Médico de la Clínica Dr. Benito de Benito desde 2011. Autor del libro "Coronavirus. Tras la vacuna" ISBN 978-84-9946-745-0
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Eduardo

Bonito y excelente artículo por su pragmático contenido.
La notoria diferencia entre la ocurrencia, sobre lo que ha ocurrido y la observación, sobre el descrédito de los Colegios Médicos a través de sus dirigentes tan penosa o más que los medios de comunicación porque todo está bajo control del enemigo

Javier

Estoy muy decepcionado con los médicos. Fui administrador de la base de datos de sanidad y analista de datos médicos. Desde el minuto 1, cuando dijeron que la mortalidad para personas menores de 80 era de 0,02% supe que no moriría nunca de covid.
Cada vez que cojo el coche tengo 0,9% de posibilidades de morir y voy con el coche hasta a por el pan. Explicale eso a un médico joven, que no lo entienden.
Tengo sanitarios en la familia y no entienden los datos, se quedan con la boca abierta cuando les paso informes de los daños de la vacuna, están pasmaos. Les falta que se les caiga la baba.
No hemos tenido una generación de sanitarios tan tontos en la historia, incapaces de reconocer el causa-efecto e incapaces de reconocer sus errores.
Da vergüenza y lo peor es que ahora desconfio de cada médico y hago lo posible para no acudir a uno, cosa que no hago desde 2020.

Gracias Dr. de Benito, usted siempre fue claro y se lo agradezco profundamente. Cuanto debe aprender el gremio de usted, gran persona y mejor profesional.
Muchas gracias, que Dios le bendiga.

Olegario

No puedo estar más de acuerdo con el artículo del Dr. De Benito. Muy certero y revelador.

Sonia

Escribo desde Lima. Cómo esperaba los martes por la noche para escuchar al Dr. de Benito, a 10,000 Kms me sostenía en medio de tantos que empujaban a obedecer. Años inolvidables. La persona más centrada, honrada e informada. Gracias doctor por tanta bondad y tanta verdad.

Alvar

Lo que se ordena arriba se obedece abajo, somos un mundo jerarquizado, totalitario. El sistema lleva décadas promocionando a los serviles y apartando a los críticos.
Todo se ha hecho para controlar a las masas, mientras se creen que son la quintaesencia de la libertad.
La gente idolatra al Estado y obedece a las «autoridades» como si sus órdenes fueran palabra de Dios.
Y quienes no se someten son aplastados de algún modo.
Pero esto es la consecuencia lógica de la revolución ilustrada: el hombre, sin Dios, que se endiosa a sí mismo, se emborracha de soberbia, e irremediablemente se destruye a sí mismo.

Hakenkreuz

No. Sólo hay un Maestro. Y su doctrina es la Verdad. Y no parece que en dos mil años haya cambiado la predisposición a aprender respecto a su tiempo entre nosotros. NO.

La primera conclusión de la «crisis covid» padecida desde 2020, es el insólito consentimiento que la población en general da a la mentira. Ya no es que se tolere la mentira generalizada, sino que ya es como un modo de vivir. Y ese es el peor diagnóstico que cabe observar, la constatación de la peor clase de cáncer, el cáncer del alma, porque la mentira conduce a la autodestrucción de toda persona en cuerpo, mente y alma. Mintieron unos y otros, y la gente confió de modo masivo en los mentirosos como los condenados confiaron en satanás. No hay solución para el que confía en la mentira, como no lo hubo para Eva y Adán. Esa es la primera y crucial conclusión covid, por supuesto que no medicinal o «científica», sino evidente y determinante para todo el que tenga ojos y vea.

Esa memoria corta que en efecto se ve hoy día, no es sino la desesperación generalizada de una población que ya no cree en Dios, que ya no cree en la Verdad y que teme perder la vida porque no cree en la existencia de la Vida Eterna. Por eso corren desesperados hacia las inoculaciones o mienten para salvar sus negocios en China o aquí. Es una sociedad atea, que ha despreciado a Dios. Segunda consecuencia horrorosa, sobre cuerpos, mentes y almas. Y se empeñan con soberbia en no dar un golpe de timón en sus vidas, por miedo, por complejo, por prejuicio, por necedad o por soberbia. Van camino de la perdición. Si no se confía en el Señor, se está como oveja sin Pastor. Y el miedo hace presa de los que no siguen al Buen Pastor. Es algo elemental.

Tercera consecuencia. La idolatría. Ningún médico, por muy veraz, por muy profesional y por muy bueno que sea, supera al Señor en el cuidado de las personas, incluido el físico y mental. Lo malo, que muy pocos lo creen ya, incluso dentro de la Iglesia. Y así, los milagros no suceden. Y ningún médico hace milagros ni va a impedir la muerte y la enfermedad. Solo Dios puede. Pero la gente no cree ya. Es atea cerril y obstinada por la soberbia ciega que sienten. Idolatran la «ciencia» y la «ciencia» les ha fallado, les ha abandonado. La desesperación crece por momentos.

Hakenkreuz

La desgracia de la mayoría de las personas es que no les queda otro remedio, ante la falta de conocimiento, de tener que acudir a los centros de salud o a los hospitales, por ejemplo, cuando uno se rompe cualquier hueso, pues la mayoría no sabríamos como auto tratarnos, cómo volver a colocarnos los huesos y cómo escayolarnos, por poner solo un ejemplo simple. Y las personas mayores, temerosas de morir, acuden en masa ante cualquier síntoma, llenando cada vez más las atestadas salas de urgencias.
Y la sanidad de hoy es la sanidad del aborto y la eutanasia, lo que no contribuye en nada de nada a que la gente confíe en los galenos.

Todo concurre en lo mismo, la tolerancia indebida y la complicidad con la mentira generalizada durante mucho tiempo, la desconfianza de Dios, que es el mejor médico, el que cura lo que nadie puede curar, el que todo lo puede si se confía humildemente en Él, y la descristianización, el rechazo a Dios y la vida como si Dios no existiese, que lleva a la desesperación creciente, a andar a la gente como ovejas perdidas y sin pastor, como si no hubiese más vida que la corporal terrena, y, finalmente, la idolatría de la «ciencia», que no para de fallar y de decepcionar (incluso tras envenenar por saturación de fármacos a la población) y que ahora, reconocida su total impotencia y mentira, propone la eutanasia para rematar la faena. Conclusión: no se puede vivir sin Dios. Sin Dios nada se puede. Nosotros no somos más que sarmientos y solo tendremos fruto (salud), unidos a la Vid que es el Señor. Lo malo es que la mayoría cree que esto es mentira o cosa de locos. Y ahí está su autodestrucción, por soberbia ciega. No ponen la confianza en Dios y no viven milagro alguno en los que no creen ni aunque sean testigos de ellos.

Ahora bien, que nadie espere de ningún médico del mundo que, por ejemplo ante el mortal stress (fruto de las tres causas anteriores: mentira como modo de vida, idolatría de la «ciencia» fracasada y rechazo de Dios en las vidas de las personas por soberbia) se recomiende al paciente iniciar una vida de acercamiento a Jesucristo Nuestro Señor por medio de la lectura y meditación serena y en silencio de los Evangelios, la oración, el silencio, el ejercicio continuo en la humildad, el arrepentimiento, la penitencia, la conversión. NO. Lo que justamente puede salvar al paciente, eso, no se le recomendará por médico alguno, con toda seguridad. Incluso no se le recomendará por los médicos supuestamente católicos. No lo esperen de centro de salud u hospital alguno. El stress, por ejemplo, que es asesino silencioso de incontables personas, es justo el infierno contrario al sosiego y la paz interior de la que tanto se prodigan los santos en recomendarnos buscar. Pero piérdase toda esperanza que un médico recomiende una vida retirada y con pensamientos dirigidos a Dios con humildad. No. Eso no se espere. Así, da la impresión que la sanidad no está para curar a las personas, sino para otro tipo de experimentos. Y así se acrecienta la desconfianza, no por las «fake news», los «bulos», las «máquinas de fango» o los medios. Al árbol se le conoce por sus frutos. Y la «ciencia» humana (no el don del Espíritu Santo, verdadera ciencia), ha fracasado estrepitosamente, cuando no ha sido un brutal y criminal engaño. Y los «científicos» lo saben mejor que nadie.

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