
Aunque el ‘mainstream’, aviesamente propalado por la izquierda, es que Lorca fue asesinado por sus ideas políticas, a fin de convertirlo en un mártir laico de aquella ‘arcádica’ ll República, la exhaustiva investigación -lindando con lo detectivesco- llevada a cabo por Miguel Caballero en ‘Las trece últimas horas en la vida de Lorca’ -quien ya había abordado el asunto en un libro anterior escrito al alimón con Pilar Góngora-, revela, como si desbrozara un tupido bosque, lo que era un secreto a voces entre los lugareños de la zona: la implicación de sus primos, como consecuencia de viejas rencillas familiares, en el asesinato.
A diferencia de Rafael Alberti, afiliado al Partido Comunista, o de José Bergamín, que durante la Guerra Civil presidió la Alianza de lntelectuales Antifascistas, Lorca -sin que eso suponga que viviese instalado en una Torre de marfil- no se había significado políticamente, más allá de su inclinación por la República. Tenía amigos de todos los credos -como el mismo José Antonio Primo de Rivera, el poeta Luis Rosales o Ernesto Giménez Caballero- e incluso había acudido invitado a dar una conferencia sobre teatro a la Italia de Mussolini.
Pepín Bello, el ‘escritor ágrafo’ de la Generación del 27, íntimo amigo de Federico desde los tiempos de la Residencia de estudiantes, en el documental de Emilio Ruiz Barrachina ‘Lorca, el mar deja de moverse’ -título extraído de un verso del poema ‘Asesinato’, incluido en ‘Poeta en Nueva York’-, afirma: ‘A Federico no le interesaba nada la política. Vivía por y para la literatura’.
Pero sigamos el hilo de la enmarañada -y casi inextricable- madeja de la que tira Miguel Caballero.
A principios del siglo XX, los García Rodríguez, los Alba y los Roldán, eran las tres grandes familias de caciques de la próspera comarca de la Vega de Granada que abastecía de productos a toda la zona.
Aunque el retorcido árbol genealógico de estas tres familias, ligadas y divididas por predios, hunde sus raíces en el siglo XVIII, es a partir de la Guerra de la lndependencia de Cuba, en 1898 -curiosamente el mismo año que nació Federico, como si llevara escrito en la frente su destino trágico y fatal-, cuando se agravan los conflictos.
El padre de Lorca, Federico García Rodríguez, contrajo matrimonio con la hija de un adinerado agricultor de Granada de la que enviudó sin descendencia -testando a su favor-, lo que originó pleitos con la familia de su primera mujer, Matilde Palacios Ríos. En segundas nupcias se casó con Vicenta Lorca -la casa de la huerta de San Vicente se denominó así en su honor-, y tuvo cuatro hijos: Federico, el poeta; Concha, esposa del alcalde de Granada, Manuel Fernández Montesinos; Francisco, el diplomático, casado con Laura, hija de Fernando de los Ríos; e lsabel, la benjamina, que acabaría presidiendo la Fundación.
Tras la independencia de la isla, España deja de importar remolacha. En 1904, el avispado padre del poeta, entra como accionista de una azucarera en Pinos Puente.
Posteriormente, los Roldán -sus parientes- montan otra fábrica, pero el progenitor de Federico compra los terrenos adyacentes para frenar así su expansión.
La cadena de disputas no termina ahí.
En 1918, Federico García Rodríguez -que fue edil en el consistorio de Granada- logra anular el acta de concejal de un Roldán en el Ayuntamiento de Pinos Puente, acusándolo de pucherazo. El abogado de sus parientes es Juan Luis Trescastro, casado a su vez con una prima de la primera mujer del padre de Federico -Matilde Palacios Ríos-, con quien ya litigó por la herencia.
En 1931, Federico García Rodríguez denuncia otra vez a los Roldán por adulterar las aguas del río que riega sus tierras con vertidos contaminantes y les gana el pleito paralizando la producción de la fábrica.
Demasiadas humillaciones…
Por si fuera poco, Federico, semanas antes de que estallara la Guerra, había manifestado en la prensa de Madrid que la burguesía granadina era la peor de España y que acababa de concluir una obra sobre la sexualidad en Andalucía. Se refería a ‘La casa de Bernarda Alba’, que leyó en primicia a algunos amigos en Madrid -entre ellos Dámaso Alonso-, e hizo lo propio en un carmen al establecerse en Granada procedente de la capital en julio del 36.
Bernarda es un trasunto de Frasquita Alba, su despótica vecina de la Asquerosa, la pedanía -rebautizada en los años cincuenta como Valderrubio- en cuya casa transcurre la monumental obra, y donde tiene sometidas a sus hijas, que suspiran por ‘Pepe el Romano’, el personaje inspirado en José Benavides Peña, otro pariente de Federico.
Cuando la noticia llegó a oídos de sus primos y se vieron reflejados, enardecidos, comenzaron a afilar los cuchillos.
Aunque su madre y su hermano le pidieron encarecidamente que modificara los nombres de algunos personajes para no levantar ampollas, el poeta se negó en redondo.
¿Por qué lo hizo?
Federico no era precisamente un materialista ni un dinerómano.
Era un soñador. Las lindes, las tierras, los pleitos, los litigios, la política…no eran asuntos de su incumbencia. O, al menos, no tanto como para ‘señalar’ a sus primos en una obra de teatro.
¿Por qué estaba tan dolido? ¿Qué subyacía en ese feroz ataque a los Alba, los Roldán, los Benavides?¿Acaso se trataba de alguna afrenta relacionada con su orientación sexual?
Con este caldo de cultivo, sus parientes fueron macerando la venganza, espigando motivos para denunciarlo y convertirlo así en el chivo expiatorio de su vendetta: su amistad con Fernando de los Ríos, su simpatía por la República, su homosexualidad…conformaron el ‘pliego de cargos’.
De modo que cuando -tras la toma de la ciudad nazarí por los nacionales-, el 20 de julio del 36, el nuevo gobernador civil de Granada -Valdés Guzmán- encargó la formación de las ‘escuadras negras’ -una patrulla paramilitar- a los hermanos Roldán -Horacio y Miguel, primos de Lorca-, éstos hallaron una oportunidad pintiparada para resarcirse, valiéndose de la impunidad que les proporcionaba la guerra.
El 9 de agosto, los Roldán forman parte del registro llevado a cabo en la huerta de San Vicente, acompañados por otro pariente de Federico, José Benavides Peña -el ‘Pepe el Romano’ de ‘La casa de Bernarda Alba’-.
En realidad, iban tras los pasos de los hermanos del arrendador de la casa, Gabriel Perea -para ajustar cuentas- pero se topan con Federico a quien insultan y empujan escaleras abajo, según el testimonio de la criada de su hermana Concha, Angelita Cordobilla.
Federico, asustado, se refugia en casa de sus amigos falangistas, los Rosales, creyendo inocentemente que ahí estaría a salvo, y se instala en la planta de arriba, donde pasa las horas leyendo y tocando el piano.
Pero una mañana imprudentemente sale a comprar tabaco, alguien lo reconoce y da un chivatazo; si bien otra versión apunta a que es su propia hermana Concha, en un posterior registro en la huerta de San Vicente quien cuando preguntan por Federico, temiendo que al no encontrarse allí, hicieran daño a su padre o lo detuviesen como represalia, les dice que ha ido a ver a sus amigos falangistas los Rosales, creyendo que así los disuadiría.
Sin embargo, el 16 de agosto, alrededor de la una de la tarde, arrancan -según las pesquisas de Miguel Caballero- ‘las trece últimas horas en la vida de Lorca’.
Tras rodear la casa de los Rosales con un gran dispositivo policial y guardias apostados en las azoteas, un contingente encabezado por Ramón Ruiz Alonso -estrechamente vinculado a los Roldán- pregunta por Federico, con quien se ceba el mal fario:
En ese momento no se encuentra en la vivienda -considerada en Granada el cuartel general de Falange- ninguno de los hermanos Rosales.
Solo su madre, Esperanza Camacho, y no puede impedir que se lo lleven al Gobierno Civil en un vehículo que le aguarda en la puerta con el motor encendido.
Se trata de un Oukland, y al volante se halla un viejo conocido de la familia García Lorca: Juan Luis Trescastro, el abogado de los Roldán en el contencioso del Ayuntamiento de Pinos Puente, y también pariente del padre del poeta, por quien siente una profunda aversión.
La suerte de Federico está echada.
Manuel de Falla, gran amigo de la familia, trata de interceder por él infructuosamente y también su amigo Luis Rosales.
Aprovechando la ausencia del Gobernador Civil -Valdés Guzmán-, sustituido esos días por Velasco Simarro, los acontecimientos se precipitan.
Esa misma noche lo llevan al cobertizo la Colonia -la antesala de la muerte-, donde la Parca ya blande su guadaña.
Autor
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Miguel Espinosa García de Oteyza es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha desarrollado su actividad profesional en la Bolsa, la Banca y la Empresa.
Hijo del que fuera ministro de Hacienda de Franco, Juan José Espinosa San Martín, Miguel es también autor de tres libros. El más reciente, "Mi tío robó los diarios de Azaña y otras historias familiares".
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Hay una frase en este interesante artículo:
Tras la independencia de Cuba, España deja de importar
remolacha.Creo que no es remolacha, sino caña, lo que se dejó de traer de Cuba por su independencia, sustituida a partir de entonces por la remolacha azucarera, que se cultivaba en la Vega de Granada. Así lo dice otro articulo mas extenso del mismo autor y mismo tema, fechado en este medio el 30dic2020