En el año 587 a.C., Nabucodonosor conquistó y devastó Palestina, destruyendo el Templo y deportando a la población a Babilonia. En el 538 a.C., Ciro revirtió la política de deportación, permitiendo a los judíos regresar a su tierra y reconstruir el Templo de Jerusalén.
Los persas cultos conocieron las creencias y las tradiciones judías y supieron que Yahvé, su Dios, les había prometido un Mesías que los liberaría de la esclavitud y del sometimiento a otros pueblos y dioses.
A finales del siglo I a.C., unos magos zoroástricos persas que dedicaban su vida a observar las estrellas y estudiar su disposición en el cielo, descubrieron una estrella nueva que les fascinó por su belleza y resplandor únicos —nunca antes habían contemplado algo así—. Se comunicaron entre ellos sobre el hallazgo y debatieron detenida y concienzudamente sobre su significado, llegando a la conclusión de que se trataba de la estrella que anunciaba el nacimiento del Mesías que esperaban los judíos. Y decidieron comenzar los preparativos para ponerse en camino a Judá, a fin de rendir homenaje al Rey de los Judíos, llevándole regalos representativos de su tierra y conforme a la dignidad del niño anunciado por la estrella: oro, como rey; incienso, como Dios; y mirra, como hombre.
En los días en que los sabios persas —siguiendo la tradición cristiana, los llamaremos Reyes Magos— habían visto la estrella en el cielo, en Nazaret, una hermosa y joven muchacha llamada María había recibido la visita del arcángel San Gabriel, con la Anunciación de que ella era la elegida por Dios para ser la Madre del Salvador. Vale la pena leer [San Lucas 1, 28-38] y asombrarnos meditando y profundizando en el diálogo que mantienen Gabriel y María, el cual resumimos a continuación.
Gabriel, tras tranquilizarla y ensalzarla con su saludo —«Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo»—, le dice su embajada: «Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo…»
María se turbó y preguntó: «No conozco varón. ¿De qué modo se hará esto?».
Respondió el ángel: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios».
Dijo entonces María: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».
Así, sin ruido y sin manifestación pública alguna, acaeció el acontecimiento cumbre de la historia de la humanidad: la Encarnación del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de la Virgen María (patente manifestación del infinito amor que Dios nos tiene). Y los Magos de Oriente —así les llama San Mateo en su Evangelio— tuvieron noticia de ello a mil quinientos kilómetros de distancia (hace más de dos mil años, sin internet, ni teléfono móvil, ni nada por el estilo).
Huida a Egipto de José con María y el Niño:
Los Magos llegaron a Jerusalén guiados por la estrella. Fijémonos en un detalle interesante: según nuestra observación, las estrellas se mueven de este a oeste invariablemente; pero la de los Magos también se desplazaba hacia el sur, pudiendo descender hasta posarse en una casa y desaparecer. Estas características, caso único en la historia de la astrología, eliminan cualquier duda respecto a que la finalidad de esta estrella fue guiar a los Reyes Magos. Y, ¿cuándo llegaron a la Ciudad Santa? Según estimaciones autorizadas, entre los debates científicos sobre qué debían hacer y los preparativos para un largo viaje, pasarían alrededor de cinco meses, y el viaje no debió durar menos de medio año; es decir, un año más o menos después de descubrir la estrella en los cielos de sus localidades. Pero ya en Jerusalén sufrieron una contrariedad inesperada: la estrella que les venía guiando desapareció de su vista, por lo que se vieron obligados a preguntar: «¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» [San Mateo 2, 1].
San Mateo nos cuenta al comienzo del segundo capítulo de su Evangelio que Herodes, para dar respuesta a sus huéspedes llegados de Oriente, interrogó a «los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo», quienes, tras indagar en las Escrituras, le informaron: «En Belén de Judá, pues así está escrito por medio del Profeta».
Herodes los encaminó a Belén y, al despedirse, les encargó: «Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarlo»; pero ellos, prevenidos en sueños de las crueles intenciones de Herodes, regresaron a su país por otro camino.
Cuando los Magos se hubieron marchado, «un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto».
Tres virtudes aparecen aquí de forma clara: 1. diligencia: (para ponerse en camino de inmediato para proteger al Niño de la amenaza de muerte de Herodes); 2. desprendimiento: (de los pocos bienes que habían traído en su viaje a Belén para empadronarse, y de los pocos o muchos que habían dejado esperándoles en Nazaret hasta su regreso); y todo ello con 3. paciencia (sin la más mínima queja al verse en una situación tan débil y vulnerable).
Estos sucesos ocurrieron pocos días después de la Presentación de Jesús en el Templo, que tuvo lugar cuarenta días después de su nacimiento. Ese día, Dios le concedió al anciano Simeón reconocer al Niño-Dios y, sosteniéndolo en sus brazos, profetizó dirigiéndose a María, su madre: «Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción, y a tu misma alma la traspasará una espada».
Es para nosotros evidente que cuando San José oyó las palabras de Simeón, también sintió, como su amada esposa, que una espada atravesaba su corazón, ya que el suyo es un solo corazón con ella —vivieron con perfección la unidad—.
Regreso de Egipto a Nazaret:
La Sagrada Familia permaneció en Egipto hasta la muerte de Herodes. Entonces, «un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; porque han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel» [San Mateo 2, 19-21].
En el viaje de regreso, José preguntó a otros viajeros por el nuevo rey y le contaron que Arquelao era igual de ambicioso y cruel que Herodes, su padre, por lo que temió ir allí; y, avisado en sueños, siguieron caminando hasta la región de Galilea para volver a establecerse en Nazaret, de donde habían salido unos años atrás, cuando se realizó el censo de César Augusto. Así se cumplieron las profecías: «Será llamado nazareno» [San Mateo 2, 23].
En este episodio, descubrimos cómo era la obediencia de nuestro protagonista, además de diligente para cumplir los planes de Dios, es también inteligente, ya que tiene la prudencia de informarse sobre Arquelao y, ante la posible amenaza para la vida del Niño, de acuerdo con María, deciden prolongar varias jornadas su viaje hasta llegar a Nazaret, donde no se extendía su influencia. Obediencia, desprendimiento de sus bienes materiales, prudencia para evitar posibles amenazas y también reciedumbre, que es la virtud que nos anima a resistir en las dificultades para alcanzar el bien que buscamos.
Jesús perdido y hallado en el Templo:
En San Lucas 2, 41-50 leemos que, al llegar Jesús a la edad de 12 años, sus padres decidieron que el muchacho les acompañara a Jerusalén para la Fiesta de Pascua, a la que ellos subían todos los años. Terminada la Fiesta, en el viaje de regreso a casa, según la costumbre, las mujeres y los hombres hacían cada jornada por separado y se reunían cada noche en el lugar de acampada. Al reunirse las familias tras la primera jornada, María y José buscaron a Jesús entre los parientes y conocidos, pero no lo encontraron. Habían hecho la jornada tan tranquilos, suponiendo cada uno de ellos que el chico viajaría en la otra parte con sus amigos. Pero Jesús se había quedado en Jerusalén sin que lo advirtieran sus padres.
Los padres, desolados, volvieron a Jerusalén en su busca. Al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, debatiendo con ellos, y cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Ellos se maravillaron al verlo. Su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te buscábamos». Él les dijo: «¿Es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?». Ellos no comprendieron esa respuesta —humildad para aceptar sin protestar que no pueden entenderlo todo—.
Sufrir con paciencia los reveses que nos sobrevienen es otra virtud muy importante que descubrimos en la vida de San José. Y si las circunstancias lo requieren, humildad para desandar el camino andado y corregir lo que sea preciso.
La paternidad de José:
Tras el encuentro en el Templo, «bajó con ellos, vino a Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» [San Lucas 2, 51].
En lo poco que los Evangelios nos cuentan de José, queda claramente de manifiesto su actuación pública como esposo de María y como padre de Jesús. Ciertamente, recalquémoslo una vez más: la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad fue obra del Espíritu Santo y José no tuvo parte alguna en ello (recordemos que había renunciado al natural amor conyugal —ejemplo de castidad—, respetando y compartiendo la entrega virginal de su esposa). Al mismo tiempo, sin embargo, Dios le hizo partícipe del misterio como ninguna otra persona, a excepción de María, desde que el ángel le encarga imponer el nombre al Hijo que nacerá de María, su esposa.
San Pablo VI, en la Homilía del 19 marzo de 1966, afirma:
Su paternidad se manifestó concretamente «al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber utilizado la autoridad legal que le correspondía en la Sagrada Familia para hacer de ella un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo; al haber convertido su vocación humana de amor doméstico en la oblación sobrehumana de sí mismo, de su corazón y de toda capacidad en el amor puesto al servicio del Mesías nacido en su casa».
Durante muchos años, al igual que María, también José fue maestro de Jesús. Dios, que todo lo hace bien, quiso que quien iba a ser su maestro en muchas cosas humanas fuese un hombre virtuoso, un hombre de quien los demás se podían fiar: sincero y leal con los amigos, con los clientes y con quienes tenía a su alrededor; honrado en la realización de su trabajo —cobrando lo justo y realizando a conciencia los encargos que recibía— y laborioso, esmerándose por realizar sus tareas con orden y por terminarlas en el plazo fijado de antemano.
San Josemaría Escrivá de Balaguer, gran devoto de San José, enseña en la homilía «En el taller de José»:
José amó a Jesús como un padre ama a su hijo, le trató dándole todo lo mejor que tenía. José, cuidando de aquel Niño, como le había sido ordenado, hizo de Jesús un artesano: le transmitió su oficio. Por eso, los vecinos de Nazaret hablarán de Jesús, llamándole indistintamente: artesano e hijo del artesano. Jesús trabajó en el taller de José y junto a José.
Consideraciones finales:
Pienso que, para nuestras entendederas, la vida de San José sólo puede explicarse desde la óptica de las virtudes teologales —dones sobrenaturales y desarrollo personal—: fe, esperanza y amor. Fe para fiarse de Dios, poniendo su vida al servicio del plan trazado para él; esperanza, que confía en que ese plan se va a cumplir, aunque él no sepa cómo se realizará; y el amor a Dios, a su esposa y a «su» hijo, que es de donde saca las energías para permanecer fiel a su misión.
«Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres» [San Lucas 2, 52]. Tal crecimiento se desarrolla en el ámbito de la Sagrada Familia. A José le correspondía la alta misión de «criarle», esto es, alimentar, vestir e instruir a Jesús en la Ley y en un oficio, deberes propios del padre en la tradición judía. Él llevó a cabo con perfección todas estas tareas. Trabajó jornada tras jornada, desarrolló habilidades y se ganó la vida con el sudor de su frente (una vida corriente, como la mayoría de nosotros).
Lectura recomendada:
Exhortación Apostólica Redemptoris Custos. Papa San Juan Pablo II, 15 de agosto de 1989.
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