14/10/2026 11:23
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Javier Martínez-Pinna (Alicante, 1974) es profesor de Historia, escritor y colaborador en las principales revistas de divulgación histórica. Sus artículos han sido publicados en Muy Historia, National Geographic, Clío Historia y Vive la Historia. Es uno de los miembros fundadores de Laus Hispaniae, revista de historia de España, y ha colaborado activamente en distintos medios de comunicación, como ABC Historia, 20minutos y el blog Lugares con Historia, así como en programas de radio como Ágora Historia, Luces en la Oscuridad, Herrera en COPE, Espacio en Blanco, La Rosa de los Vientos y Es la Mañana de EsRadio. Es autor de Lo que hicimos por el mundo y Muerte y religión en el mundo antiguo. Con Almuzara ha publicado Eso no estaba en mi libro de Historia de la Edad Media, Eso no estaba en mi libro de historia de la piratería, Iberismo. Hacia la unión de España y Portugal, Eso no estaba en mi libro de las guerras púnicas, Eso no estaba en mi libro de historia de la Iglesia católica y El libro de las órdenes monacales y religiosas.

En esta entrevista analiza su último libro La muerte no es fin.

¿Por qué la sociedad actual vive totalmente de espaldas a la muerte y la ha convertido en un tabú?

A lo largo de la historia, el hombre siempre se ha preguntado por la muerte y la posible existencia de una vida en el más allá. Decía san Agustín que el ser humano comenzaba a pensar en la muerte desde el mismo momento en el que empezaba a existir en el cuerpo. Resulta evidente que la actitud del hombre actual es radicalmente opuesta. En el mundo moderno predomina una visión que prescinde de la dimensión del misterio, lo que ha llevado a un inmanentismo que —creemos— reduce la visión integral de la naturaleza humana. Como dices, hoy la muerte se ha convertido en un tabú. Además, se ha impuesto la muerte técnica al morir humano, por lo que el hombre, a menudo por cobardía, prefiere no pensar en ella. A pesar de todo, de forma instintiva el ser humano siempre se cuestionará la realidad del fallecimiento; pero, al haber perdido la esperanza, siente una completa frustración que lo conduce a la angustia.

Al repasar los ritos de nuestros más lejanos antepasados, ¿qué idea común compartían sobre el más allá antes de la llegada del cristianismo?

Desde que el ser humano tomó conciencia de su propia finitud, se hizo una serie de preguntas que nos han acompañado a través de los siglos: ¿qué existe después?, ¿qué nos espera cuando el corazón deje de latir? Ante estas cuestiones, el hombre trató de ofrecer respuestas al misterio. Es cierto que, en general, siempre se consideró el fenómeno de la muerte no como el cese definitivo de la vida, sino como la separación del alma y del cuerpo para pasar a un nuevo tipo de existencia. De forma instintiva, se tuvo la sensación de que lo que desaparecía no era el ser en su totalidad.

También lo observamos desde los primeros rituales paleolíticos. Existen costumbres como enterrar al fallecido en posición fetal y orientado hacia el Oriente —el lugar por donde el sol nacía todos los días para iluminar el mundo de los vivos—, o junto a un rico ajuar funerario. Esto lo encontramos en yacimientos prehistóricos como la cueva de Tinshemet, en el centro de Israel, con una datación de unos 100 000 años. Curiosamente, algunas religiones históricas como la egipcia transmiten una visión de la otra vida con paralelismos evidentes respecto a la fe cristiana: la idea de que la muerte no extingue a la persona, la existencia de una responsabilidad moral objetiva, un juicio post mortem y la convicción de que el ser humano aspira a la plenitud en el más allá.

Frente a los mitos paganos del pasado, ¿cuál es la gran novedad que aporta la visión católica de la muerte?

Para el cristianismo, la muerte no tiene la última palabra. Con la resurrección de Cristo se abre una esperanza que no se limita a la supervivencia del alma, sino que alcanza al ser humano en su totalidad, a la historia y al cosmos entero. Desde el punto de vista de la doctrina católica, la muerte es la separación provisional del alma y nuestra realidad física, hasta que se haga efectiva la resurrección de los cuerpos tras la segunda venida de Cristo.

Además, frente a otros modos de entender la muerte propios de religiones orientales, con el cese de la existencia terrenal se produce el término definitivo de la única vida que tendremos en esta tierra. Está establecido que los hombres mueran solo una vez; por eso el Catecismo de la Iglesia afirma que la muerte es el fin de nuestra peregrinación terrena. Dicho esto, se sobreentiende que para el pensamiento cristiano son contrarias a la fe las ideas de reencarnación o transmigración de las almas. Esto es algo que no debe extrañarnos, pero que debemos recordar: en las últimas décadas el desconocimiento es tan grande que encontramos a no pocas personas que se consideran católicas y, al mismo tiempo, creen en la reencarnación. Y eso es una contradicción.

¿Cree que el auge del esoterismo y las sectas actuales es el resultado directo de haber perdido la fe en la Resurrección?

Este es uno de los motivos por los que escribí el libro. En nuestros días, ante la pregunta de la vida después de la muerte, encontramos tres posibles respuestas. La primera es la de aquellos que niegan categóricamente su existencia: la vida sería únicamente un espacio entre dos nadas, aquella de la que venimos y aquella hacia la que nos dirigimos. Una segunda actitud es la de quienes creen en una vida eterna, pero han olvidado sus tradiciones y se han dejado seducir por extrañas corrientes esotéricas o por prácticas mágicas relacionadas con la Nueva Era. Todos sabemos que, ante la crisis de valores que sacude al mundo occidental, en ciertos sectores se han asumido como propias creencias relacionadas con el budismo o el reiki. Nosotros, con este libro, lo que queremos es recuperar la visión de la vida eterna que la secularización ha ido relegando al olvido. Frente al esoterismo y las sectas actuales, buscamos mostrar al lector las enseñanzas de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

Muchos cristianos olvidan la resurrección de la carne y se quedan solo en la supervivencia del alma. ¿Por qué es un error?

Porque para los cristianos, la persona humana solo puede comprenderse como la unión de su parte física y su parte espiritual. Tal y como decía el padre Carreira, si el alma nunca muere, la resurrección tiene que ser, obligatoriamente, la de nuestra parte corpórea. Los griegos, por ejemplo, pensaban que después de la muerte física se producía una separación entre el cuerpo —que quedaba depositado en la tumba— y el alma inmortal. Esta última viajaba hasta el Hades para permanecer, sin ningún tipo de esperanza, con una apariencia fantasmagórica; un estado de languidez, sin sustancia y sin reconocer a los seres queridos.

El cristianismo es distinto porque asume que la salvación afecta a la persona entera. No hace falta insistir en que cuando Cristo se apareció a los apóstoles después de su resurrección, lo hizo de forma corpórea, y habló y comió con ellos. Por la lectura del Evangelio de san Juan entendemos que habrá una continuidad entre nuestro cuerpo físico y nuestro cuerpo resucitado. Será un cuerpo celestial y glorificado, no un instrumento del pecado, como decía san Pablo. Santo Tomás de Aquino, en su Suma contra los gentiles, afirmó que ninguno de los principios constitutivos del hombre se reducía a la nada con la muerte. Según él, el alma racional permanecía, pero también la materia que estuvo sujeta a la forma, y con las mismas dimensiones que la hacían ser materia individual.

Hoy la muerte se ve solo como un drama biológico. ¿Cómo debemos afrontarla desde el punto de vista de la fe? ¿Es posible argumentar racionalmente la resurrección de Cristo?

Algunos filósofos como Heidegger consideraban que la muerte era un elemento necesario que permitía al hombre, con su aceptación, conquistar la totalidad de la vida plena. Pero, a pesar de estos artificios del pensamiento condenados al fracaso, hoy la muerte se nos presenta como un drama cuando la esperanza ha desaparecido. Para el creyente cristiano, con la muerte de Jesús en la cruz, las tinieblas quedaron iluminadas. A partir de ese momento supimos qué se escondía detrás de ese umbral que todos tendremos que atravesar.

Eso es lo que nos dice la fe, pero los cristianos sabemos que Dios nos ha hecho libres y racionales, por lo que tenemos que buscar argumentos que nos ayuden a justificarla. Esto es precisamente lo que hacemos en el libro: recordar el pensamiento de grandes teólogos como Manuel Carreira y José Antonio Sayés. Ellos, en su momento, trataron de dar razones mediante la teología, la filología o la física de la resurrección de Jesús como un hecho histórico, producido en un momento preciso y en un lugar concreto.

En definitiva, ¿por qué la certeza de que Cristo resucitó es la única respuesta válida frente al vacío y al nihilismo moderno?

Porque frente al nihilismo moderno que nos vacía espiritualmente, la certeza de que Cristo resucitó nos llena de esperanza. El Magisterio de la Iglesia defiende que, después del juicio final, al mismo tiempo que se producirá la liberación definitiva del pecado con la resurrección de nuestros cuerpos glorificados, se vivirá también una restauración del mundo, que no será aniquilado, sino transformado en gloria.

Según la constitución Gaudium et spes, nuestras acciones en el mundo tendrán su continuidad en esa nueva realidad que aún no logramos comprender, pero que imaginamos en algunos momentos de nuestra existencia, como cuando contemplamos la felicidad de nuestros hijos o ante la belleza de la creación. Muy probablemente, en la nueva tierra que nos espera en el más allá podremos reconocer y revivir esos momentos especiales que nos llenaron de gozo, porque ninguna de las acciones bellas que realizamos en vida se habrá perdido para siempre.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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