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O el arte de convertir una escoba en varita mágica… siempre que la ideología lo permita.
Pocos espectáculos resultan tan penosos —y tan intelectualmente deshonestos— como ver a ciertos sectores intentando justificar el aborto recurriendo a “la ciencia”. Como si el bisturí que mata pudiera camuflarse entre microscopios, y la verdad objetiva se doblase al antojo del consenso ideológico. Pero, por más que se repita el mantra de la “libertad de decidir”, el embrión humano sigue siendo un ser humano en sus primeras fases, lo diga Juan Ramón Lacadena o lo niegue el último comité de ginecología de la OMS.
Porque sí, desde el momento de la fecundación, hay un nuevo organismo, autónomo en lo genético, con un telos propio, con una biografía en marcha. No es una uña, ni una célula del hígado, ni el brazo de la madre. Es un ser humano. Pequeñito, sí. Dependiente, por supuesto (como un recién nacido, por cierto). Pero indiscutiblemente humano. ¿Qué más se necesita para concederle la dignidad y los derechos inherentes a cualquier miembro de nuestra especie?
Ah, pero entonces llegan los mitos. Verdaderas leyendas urbanas en bata blanca. El primero: que la vida humana no es lo mismo que un ser humano. Y claro, de ahí al argumento de que los embriones son “vida humana” pero no “seres humanos” va un paso… un paso que convenientemente lleva al cubo de residuos biológicos de las clínicas abortistas.
Se invoca también el mito del “amasijo de células”. Como si lo que no tiene forma visible no tuviera valor. Como si el desarrollo epigenético del embrión no estuviera ya perfectamente organizado desde el primer instante. Como si la complejidad estructural fuese una condición ética para no ser eliminado. Si lo llevamos a su lógica, los adultos con demencia o los enfermos en coma tampoco tendrían estructura reconocible. ¿Procedemos con ellos también?
Otro clásico: que el embarazo comienza con la anidación. Cita la OMS, el informe Warnock, y cualquier otro organismo dispuesto a redefinir biología con tal de dar cobertura legal a prácticas inconfesables. Pero incluso el propio informe Warnock admite que no hay un estadio privilegiado en el desarrollo: todo es un proceso continuo, sin solución de continuidad. Es decir, el ser humano está ahí desde el principio, aunque algunos prefieran mirar a otro lado… con el pretexto de que aún no se ha “pegado” a la pared uterina.
No olvidemos la joya de la corona: el preembrión. Ese eufemismo fabricado en despachos y laboratorios que pretendía eliminar al sujeto para facilitar su manipulación. Porque, claro, si no es embrión, no es humano. Y si no es humano, se puede experimentar, desechar o extirpar. Qué útil. Qué higiénico. Qué cobarde.
Y luego está la falacia de la falta de individualidad por la posibilidad de gemelación. Como si la mera posibilidad de dividirse impidiera ser uno. En ese caso, más nos valdría negar la identidad a todos los que alguna vez fueron candidatos a gemelos… o a todas las células madre, ya que también pueden diferenciarse. Absurdo tras absurdo. Pero útil para adormecer conciencias.
Todo esto no es ciencia. Es ideología envuelta en bata blanca. La ciencia —la de verdad— no tiene miedo de llamar al cigoto por su nombre: nuevo organismo humano. Desde la singamia hasta la muerte natural, cada fase del ser humano es tan válida como las demás. No existe un punto mágico que convierta la materia en persona. Porque la persona ya está ahí desde el principio, aunque moleste.
Lo trágico no es que estos mitos existan. Lo trágico es que se enseñen, se legislen y se aplaudan. Que se utilicen como justificación para quitar vidas humanas bajo la coartada de la libertad o la salud. Que se financien con dinero público mientras se clausuran maternidades y se desprecian alternativas reales al aborto.
Ya basta de escudarse en la ignorancia o el relativismo para justificar lo que, en el fondo, todos saben. Que matar a un ser humano en sus primeras etapas de desarrollo no se vuelve ético porque lo diga una comisión o lo avale una ley. La verdad biológica no se negocia. Y la dignidad humana no se fragmenta por tamaño, forma o dependencia.
¿Queremos hablar de ciencia? Perfecto. Pero sin cuentos. Sin mitos. Sin trampas. Y sin cobardía.
Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra
Colaborador de Enraizados
Autor
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