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La escena es reveladora sobre la estulticia y frivolidad y chabacanería de toda una familia sospechosa de corrupción. No por la ramplonería del gesto, sino por las grietas que destapa. Una periodista pregunta, cumple sin más con su oficio, y la familia del presidente reacciona con la virulencia histriónica de quien confunde el periodismo con una agresión y la fiscalización con un desacato. No es un exabrupto espontáneo. Es algo mucho peor: es atmosférico. Es el eco doméstico, estrafalario, de un poder que lleva años confundiendo la verdad con la traición.
¿Qué hacen los padres y familia de Pedro Sánchez con gastos pagados de vacaciones en La Mareta? Mientras España se desangra de traición, la crítica se encaja como una afrenta porque el líder ha sustituido la política por un melodrama de agravio continuo parasitando de España. Cuando la legitimidad del cargo se sostiene sobre la victimización perpetua, la familia termina encarnando el papel de guardia de corps emocional. El poder es un ácido que lo liquida todo; contamina la institución y degrada el espacio íntimo que debería haber quedado al margen de las miserias del pesebre político. Así va España: sobrecogida por una manada de sinvergüenzas que protestan encendidos cuando se les señala por ser lo más pervertido del panorama institucional.
La democracia madura traza un muro infranqueable entre lo público y lo privado; la democracia en descomposición los tritura en el mismo túrmix. La familia del presidente jamás debería ejercer de matón ni de parapeto contra la prensa. Pero cuando el líder señala a los medios como enemigos del pueblo, su entorno más próximo muta en escudo de carne. No argumentan ni defienden ideas. Viven de la superchería de un honor que no ostentan salvo en la apariencia, esa puta apariencia que pagan todos los españoles. No defienden principios: defienden un dogma sectario. Y ese dogma ha borrado definitivamente la frontera entre la interpelación legítima y la paranoia institucionalizada.
Patético es ver a la madre del sátrapa apuntando con el teléfono móvil a la periodista. ¿Con qué intención maliciosa? Es paradójico que ha tenido el mismo comportamiento de quienes después han terminado en prisión. ¿Qué hayde las investigaciones sobre la presunta corrupción del Playbol y demás? ¿Han sido presuntamente paradas por las cloacas del PSOE hoy juzgadas? A mi parecer, cuando veo esas caras no barrunto nada bueno de los protagonistas de las noticias que hubo en su momento.
Lo verdaderamente trágico no es el exabrupto de sobremesa, servido con esa autosuficiencia que solo otorga el dinero público mal gestionado. Lo trágico es la deformación moral que lo tolera y lo aplaude. La pregunta incómoda se vive como una amenaza; la discrepancia, como un delito de majestad. El poder ha sustituido la realidad por el narcisismo del líder, y ese narcisismo ha terminado por envenenar la casa, la mesa y el apellido. Claro que los orígenes prostibularios de una carrera política basada en el oportunismo y el sucio chantaje, solo pueden dar los frutos que contemplamos por generaciones emponzoñadas.
Cuando la familia replica con altanería el libreto del autócrata, la degradación trasciende lo político y se convierte en una carcoma cultural. La sociedad aprende la lección más ruin: que fiscalizar es agredir, que la verdad es un peligro y que la prensa es el enemigo a batir. El servicio público perece y solo queda la tribu. Una tribu que se comporta con la impunidad de quien cree que la historia le pertenece, mientras la verdadera España despierta.
¿Dice la tal Ainhoa, hija de sus padres, que es «penoso» el trabajo de una periodista? Penoso no es el oficio de quien busca la verdad. Penoso es que el poder haya envilecido a los suyos hasta convertirlos en tristes portavoces de su propia decadencia. Penoso es que la dignidad se subaste para proteger un relato insostenible. España no merece este espectáculo de corte absolutista. Merece instituciones que no pudran a las familias, un poder que respete la libertad y, por encima de todo, verdad frente a tanta mentira fabricada.
Afortunadamente, queda la esperanza de la Justicia para bajar los humos de quienes disfrutan de las arcas del Estado como parásitos en evidencia ante el Pueblo español. Todo a su tiempo.
RES NON VERBA
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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